Opinión Nacional

El referéndum del 29-J

La concentración oficialista del sábado tiene un profundo significado. No se dejen engañar.

Las expectativas de Bernal y de Maduro eran reunir un millón de manifestantes. Para ello contaban con un Estado manirroto que suministraría los recursos, aunque Diosdado diga otra cosa. Se les exigiría a los alcaldes y a los gobernadores suministrar autobuses o costearlos. Para ello, según dice, se recurriría, de ser necesario a la empresa privada, a los proveedores del Estado, a quienes se les adeudan sumas cuantiosas. Si querían cobrar, tendrían que cooperar. Y así lo hicieron. Porque alquilar buses no es barato. Movilizar gente desde todos los confines del país cuesta un ojo de la cara. Si además se necesita convencer a muchos compañeros no tan duros con algún incentivo en metálico, la cuenta se hace generosa. Y yo sé de muchos manifestantes que vinieron sólo por viajar gratis a la capital u obtener ese beneficio. Pero todo resultó un desaguisado.

Los números de la Bolívar

Hace años, durante la campaña de Jaime Lusinchi, escribía para El Diario de Caracas. Para realizar uno de mis entonces fulminantes artículos, me tocó calcular la superficie de la avenida Bolívar, con el objeto de constatar el número de asistentes a un mitin de Caldera. Pues bien, desde su inicio en el Milton hasta su final, el comienzo del túnel bajo las llamadas torres acostadas, media una distancia de 1.100 metros. La calzada junto con las aceras tiene un ancho de 37 metros, pero como en algunos sitios hay pequeños parques, digamos que el ancho sea de 40 metros a todo lo largo. Ello significa que la superficie del área a llenar con manifestantes es de 44 mil metros cuadrados. Ahora bien, lo máximo que se puede colocar en cada metro cuadrado son 4 personas y eso bien pegaditas. Nada de espacios como el de los soldados en los Próceres durante las paradas. Esto quiere decir que la capacidad máxima de la avenida Bolívar es de 176 mil manifestantes.

Quienes observamos la manifestación en las pantallas de televisión o nos dimos una vueltita por allá para mirar, nos pudimos dar cuenta de que, si bien al principio de la concentración, la multitud se encontraba bien apiñada, era cosa distinta al irse aproximando a su final. Con razón el corresponsal de la BBC en Caracas situó la concentración en alrededor de 100 mil personas. Si tomamos en cuenta que por lo menos la mitad llegó del interior en buses, nos daremos cuenta de que en Caracas la simpatía del jefe del Estado no es la que se nos quiere hacer ver. Este es el llamado chavismo duro y quizás hasta el “light”, si se tiene en cuenta de que se trataba de un sábado y no había excusa alguna para no participar. O sea que en Caracas, en una ciudad con al menos 2 millones y medio de adultos, el presidente ya no cuenta ni con 50 mil simpatizantes. Y no es para menos. A ningún venezolano le gustan los que tiran la piedra y esconden la mano. Todavía está muy cercana la masacre de Miraflores y todos los venezolanos saben quienes dieron las órdenes. Pero, además, al venezolano le disgustas sobre manera los cobardes y ya sabemos todos que llegado a la chiquiticas, el tercio abandona y se rinde. Algunos le habían concedido el beneficio de la duda, luego del espectáculo del Museo Militar el 4-F, pero luego de lo ocurrido en la noche del 11-A ya nadie tiene dudas. Si le hubieran dado lo que pedía, a estas alturas se encontraría en Varadero, la playa de su “mar de la felicidad”. Y el pueblo venezolano no perdona.

Las encuestas

Sin embargo, hay más. Mucho más. La gente toda, desde el más pobre hasta el más rico, ha comenzado a darse cuenta de que este individuo es una copia mala de los peores líderes adecos del 45. Que las promesas de la campaña electoral fueron puro engaño, demagogia barata. Que la corrupción es ahora mayor, pero que se reparte menos, mucho menos. Que ahora los ladrones o visten uniforme o lo vistieron antes, aunque unos cuantos son civiles que se hacen la vista gorda. Por otra parte, también aprecian que para el jefe no vale mérito alguno. Su vara de medir es la lealtad para con su persona, no su subordinación a la Constitución y las leyes. Así como lo intentó con la gerencia de PDVSA, y fracasó, ahora comienza a meter sus narices en la oficialidad de la Fuerza Armada. Y para los venezolanos estos dos son los pilares fundamentales en que se asienta la Patria.

Así que no es extraño ver el derrumbe de su simpatía en las encuestas. Por ahí anda un estudio muy completo al respecto y si se observa con detenimiento la caída de la curva, uno se da cuenta de que para el próximo año, rondará el 20 por ciento. Eso en las circunstancias en que se tomaron las muestras. Actualmente, la situación es distinta. Y la culpa es de Chávez y de Giordani. O ¿Es que no fueron los dos quienes dilapidaron más de 85 mil millones de dólares? El último por aconsejar mal; por no escuchar a quienes le demostraban que el aparato productivo se hacía cada día más endeble con el anclaje del dólar. El primero, por su codicia en acumular popularidad a corto plazo, sabiendo como sabía que los errores se pagan. Y la popularidad se le vino a pique.

Si la concentración del 29-J era un referéndum, Chávez lo perdió y también perdió la calle. Le quedan, quizás, los dos mil duros de Bernal y Lina, pero éstos se disuelven al escuchar la primera descarga de una .30 de un Dragoon.

El maxipaquete Chávez

“Todo se derrumbó”, la casa con malos cimientos se les vino abajo. Se quiera o no, no les queda otro remedio que recurrir a ese tan odiado Fondo Monetario Internacional. En peores circunstancias que todos los gobiernos de la Cuarta República. Lo que se nos viene encima es eneas.

Sólo para demostrar nuestras buenas intenciones y suscribir la susodicha carta, habrá que aumentar el IVA a 16 por ciento y aplicárselo a casi todo. Habrá que aumentar el precio de la gasolina bajo el engaño de la reestructuración de los octanajes. Y se subirá también el impuesto al débito bancario. Todo ello para poder pagar únicamente la nómina hasta diciembre, esperan. Asimismo, deberán reducir los gastos del Estado en 1,9 billones de bolívares y como el Estado es el único que todavía gasta algo, esta reducción significará una profunda recesión. ¿Podrá en tales circunstancias aumentar el nivel de ingresos del Fisco, aunque se incrementen los impuestos? Yo lo dudo. Y no hablemos del ahora llamado “necesidades de financiamiento”, que es, en fin de cuentas un eufemismo por déficit fiscal, porque en los egresos debe incluirse el pago del servicio de la deuda. Surge la necesidad ineludible de la devaluación. Y esto no significa otra cosa que la pauperización de los venezolanos, que ahora devengarán menos dólares, en una economía de por sí dependiente del exterior, pero más ahora luego de tres años acostumbrados a adquirir bienes en el exterior más baratos que los producidos en el país; ahora, que 2 mil y tantas empresas han cerrado por culpa del tan cacareado anclaje cambiario; ahora, que resulta imposible que de la noche a la mañana todo se restituya a su estado anterior y se recojan los beneficios de una devaluación. Todo lo contrario.

Lo que ocurre con Chávez y su combo es que no han madurado. Viven, como en la niñez, de sueños. La realidad, la dura realidad, es cosa bien distinta. Por más que queramos, se cambia sólo paulatinamente. Aquí no valen radicalismos. La informática no hubiera sido posible en la Edad Media. No se afanen. Tengan paciencia. Ya llega la tan deseada transición.

Santiago Ochoa Antich es diplomático de carrera, politólogo y periodista. Fue Embajador de Venezuela en Austria, Canadá, Jamaica, Paraguay, San Vicente y las Granadinas, El Salvador y Barbados.

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