Opinión Nacional

El regreso de un sueño

El país vive, asombrado, el derrumbe de un régimen. No es un cambio de gobierno, tampoco es una conmoción social de las que, de cuando en cuando, conocen las sociedades, sino que es un cataclismo. En este momento muchas esperanzas, proyectos y ofertas están experimentando un shock terminal.

Una porción mayoritaria de Venezuela quiere salir de Chávez y de lo que representa. Es bastante probable que eso ocurra y pronto. Pero hay motivos suficientemente serios y exigentes para la reflexión. No son problemas fáciles los que la sociedad debe afrontar. En este sentido quiero ofrecer a los amigos de Jirahara algunos temas y enfoques que, confío, ayudarán a nuestro debate de hoy.

¿De dónde vino Chávez?

No quiero hablar hoy de las responsabilidades del Presidente, que las tiene y el país viene dando cuenta de ellas. Ahora quiero referirme a las responsabilidades de nosotros, los venezolanos.

Chávez es el producto de esta sociedad; es la condensación de muchas de sus aspiraciones y exigencias. No fue un engaño, no fue una trampajaula de políticos veteranos que engañaron a un pueblo inocente. Los ciudadanos que votaron y acompañaron a Chávez lo hicieron cuando prometía “freír en aceite” las cabezas de sus enemigos, cuando ofrecía destruir el viejo sistema, cuando anunciaba con trompetas la destrucción de lo que había sido. Chávez no engañó cuando con su verbo inclemente prefiguraba la devastación social e institucional que tenemos hoy.

Venezuela acompañó a Chávez porque lo produjo. Fue su voz, su intérprete, su manera de decirle al poder que lo desafiaba. No es un asaltante de infantes el que se entronizó en Miraflores, sino el líder que esta sociedad engendró para asumir de una determinada manera los desafíos que tenía ante sí. Una porción mayoritaria de venezolanos quería también arrasar con el pasado, desaparecerlo, formar un país de la nada, renunciar a su propia historia.

Ahora esta misma sociedad que parió al actual Presidente lo quiere sacar, pero, en algún sentido, sin aprender demasiado. Ahora Chávez es el culpable de los males; su culpa sirve para borrar la de los ciudadanos; su culpa infinita libera de responsabilidades.

La culpa del otro es una manera peculiar de asumir los procesos que esta sociedad ha generado. Venezuela encumbró a Luis Herrera y a Jaime Lusinchi, a Rafael Caldera y a Carlos Andrés Pérez, y desde luego a Hugo Chávez Frías. Estos fueron los líderes que Venezuela quiso. Después los aborreció a cada uno, casi exactamente en la proporción en la que los había querido, a Caldera menos porque lo quiso menos, a Pérez más porque lo quiso más.

Cuando un presidente es deficiente, o dos presidentes o tres, tal vez sea indicador de las deficiencias del personaje y su equipo, pero cuando todos en fila pasan a la inclemente guillotina de la opinión pública, la sospecha se levanta.

La sociedad venezolana deposita y expía sus culpas en aquéllos a quienes eleva porque constituye una manera de autopurificación que le permite no confrontarse con su responsabilidad. Nosotros, los que lo elegimos, los que votamos por él, somos inocentes: él es el culpable.

Además significa una visión de los gobernantes y de la democracia en la cual se le exige a éstos respuestas, políticas, bienes y servicios que, en muchos casos, no están en capacidad de ofrecer. A la democracia de Venezuela y del continente se le ha estado exigiendo que resuelva, por ejemplo, el problema de la pobreza. Nadie niega la responsabilidad del Estado en este tema, pero un Estado, aun contando con todos los recursos imaginables, no tiene capacidad de hacerlo sin una sociedad organizada, responsable, dispuesta a asumir el combate contra la pobreza como una tarea esencial. Muchas veces lo que se le exige al Estado en relación con esta demanda, lejos de resolver el problema de la pobreza, lo que hace es perpetuarla. Múltiples programas, dádivas descontroladas y ausencia de responsabilidad ciudadana, son el instrumento mejor para aliviar conciencias y hacer más inflexible el fundamento de la pobreza.

La inocencia del pueblo

La culpa del otro lleva de la mano a una situación de perpetua inocencia de los ciudadanos. Se conciben a sí mismos -nos concebimos- como puros en los propósitos, genuinos en las demandas, íntegros en la ética, manipulados por oscuras maquinarias cuyo deliberado objetivo es la seducción y la trampa.

Esta pureza originaria del pueblo es un instrumento fundamental en manos de los demagogos que, ahora con Chávez, adquiere tonos majestuosos. En esta historia que vivimos, el pueblo es siempre el que ha sido usado y engañado, pero ahora, según los revolucionarios, habría adquirido voz.

Resulta interesante la ilustración del proceso. Ese pueblo que no habría tenido voz y presencia ahora la tiene. Pero lo curioso es que quien define qué es el pueblo y quiénes forman parte de éste es Chávez; él dice lo que el pueblo quiere o no quiere; por su boca hablan las masas; su verbo es el de los desamparados. Por esa vía, ocurre la confiscación del pueblo que pasa a pertenecerle al caudillo. Quienes el caudillo considera que no son el pueblo son, entonces, “oligarcas” o “corruptos”; termina, entonces, siendo pueblo quien el líder quiere que sea. Más aún, estos procesos de transustanciación entre el líder y las masas, en las cuales aquél habla por éstas, terminan produciendo una monstruosidad: el líder suplanta al pueblo y, al final, el pueblo es el líder. El súmmum de este proceso es que el pueblo termina confiscado por el líder y cualquier locura del líder es lo que supuestamente querría el pueblo.

De esta manera el pueblo desaparece. No existe. Se evapora en la voluntad del Jefe. Aunque no es un fenómeno nuevo ha alcanzado su paroxismo con este embaucamiento revolucionario.

Chávez habla del pueblo para confiscarlo y termina encabezando un sistema en el cual el cacareo sobre la democracia participativa se convierte en el colmo de la democracia representativa: el único representante, porque tiene la voz del pueblo, es Chávez. Pero éste no está solo en esa operación confiscatoria, también participa de este fenómeno la mayor parte del liderazgo.

Se habla de lo que quiere o no quiere el pueblo, de lo que debería o no hacer el pueblo y frecuentemente ese pueblo es extraño al que habla. Pocos se asumen como parte de éste y se habla de éste como una entidad metafísica que siempre está fuera y alejada. También en nuestro lenguaje común el pueblo es un extraño al que hay que consentir, oír, querer y frecuentemente idolatrar.

La consecuencia de esta visión es que el pueblo siempre está fuera de los que sobre él hablan. Siempre requiere ser interpretado por alguien. Además, siempre es inocente. Manipulado e inocente es un emperador-niño al cual hay que servirle, hacerle guiños, complacerlo, darle la compota diaria para su alimento, cuya voracidad fiscal es explicable por su estado de indefensión. Por esta vía, todos somos extraños al pueblo y se le permite al déspota su empleo y más fácil su confiscación.

La recuperación de nuestra pertenencia al pueblo pasa por varios reconocimientos. Allí hay inocencia y pureza, si se quiere, pero el malandraje, el pillaje, los saqueadores, los timadores sin cuello, de cuello azul y de cuello blanco, forman también parte de ese conglomerado. Los saqueadores y los que quieren desde los balcones matarlos son parte de su realidad. Las distinguidas amas de casa que sueñan conque a Chávez le peguen un tiro para arreglar el problema, junto a los trabajadores de todos los días ordenados y escrupulosos, integran la tribu. Aquellos que rezan los domingos por el bien de la humanidad y que en la tarde, borrachos, le pegan a sus mujeres son parte del pueblo. Toda esa contradicción de la que formamos parte nos constituye.

Reconocernos como parte de esta realidad poco merecedora de idolatría y más de preocupación y vergüenza ayuda a transformarnos en parte del pueblo, así asumidos, nos convertimos en esa categoría superior que es la de ciudadanos, sujetos de deberes y derechos, de acuerdo a un Pacto Social consensualmente desarrollado.

La clase media y su proceso

Un fenómeno que creo indispensable comprender en esta hora tan dramática de Venezuela es que el pueblo que llevó a Chávez al poder no es sólo ni principalmente el de los descamisados y olvidados de la tierra, sino el conjunto de esta sociedad. En un doble sentido: primero, porque sus votos los reunió en todos los estratos sociales. Ahora estamos viendo asomar las extrañas convicciones democráticas de grandes empresas y empresarios que apostaron en la ruleta electoral venezolana, porque tal vez el redentor sería capaz de hacer la revolución y permitir negocios fabulosos, como ocurre en todos los derrumbes. Incontables distinguidos miembros de las élites hoy niegan el furtivo voto que dieron ayer para la aventura tardía de una revolución imposible.

Pero también esta sociedad llevó a Chávez al poder por la radicalidad que adquirió en su confrontación con la democracia y sus instituciones. El cántico de muchos sectores sociales que querían acabar con los partidos, con el Congreso, con políticos y con dirigentes de toda laya, llevó a este desastre. No querían la reforma, ni la superación de los vicios, sino, como se decía en los predios de la revolución, “la destrucción del sistema”. Y lo consiguieron, con el daño colateral de llevarse a sus inspiradores y promotores por delante, ahora unidos con esos a quienes querían defenestrar, ahora en una agónica lucha común por el rescate democrático del país.

Dentro de esta movilización la clase media fue la que más radicalmente se enfrentó al sistema anterior. Fue el factor fundamental para el triunfo de Chávez. No sólo por la cuantía de sus votos, pequeño, pero decisivo, sino por su potencia en la conformación de la opinión pública. Doctores y empleados, gerentes y maestros, profesionales medios y altos, querían arrasar con Carlos Andrés Pérez y su gobierno, con Caldera y su gobierno, sin contemporizaciones o medias tintas. Así surgió el espacio político del Teniente Coronel. Hoy esa clase media, dentro de la misma radicalidad, quiere salir de Chávez. Es una potencia extraordinaria la que está en la calle y poca duda cabe de que el fin de este gobierno se aproxima, deseablemente en forma democrática, pacífica e institucional o constitucional.

La pregunta que emerge es, ¿en qué se han transformado los valores de la clase media? ¿Se quiere salir de Chávez por las mismas razones que se quiso salir de Pérez y de Caldera? ¿Es un proceso de transformación de objetivos y valores? ¿Es la salida inevitable de Chávez el preludio de una sucesión de nuevos fracasos? ¿El que viene o los que vienen serán eyectados también?

Esta es una discusión abierta, no sólo en relación con la clase media sino con los demás sectores sociales.

Los presos del discurso petrolero

La mayor parte de los candidatos presidenciales son prisioneros del discurso petrolero. Este discurso tiene una promesa básica: repartir de una manera equitativa los recursos petroleros que son de todos, pero que han sido y son apropiados por las minorías. La promesa es que el Estado y particularmente los gobiernos harán ese reparto, escamoteado a la sociedad a lo largo de toda su historia. El país observó que los partidos habían dejado de cumplir esos propósitos y eligió a Pérez, alzado contra su partido, para luego condenarlo; eligió a Caldera, alzado contra su partido, para luego condenarlo; y eligió a Chávez, alzado contra los dos partidos y todo el sistema político, para luego condenarlo. Pérez, Caldera y Chávez, enemigos entre sí, forman parte de un mismo redil en el cual seguramente detestan estar juntos, pero están. ¿Qué los une?

Todos son expresión del discurso petrolero que los aprisiona. Ellos ofrecen simbólicamente, aunque no lo digan o lo quieran, el reparto. Pero no son locuras, desvaríos o mera demagogia de concursantes electorales, no. Ellos son lo que la sociedad venezolana les ha demandado y sigue demandando. Digo, entre paréntesis, que Venezuela tendrá que ponerse pronto de frente a una realidad: buena parte de quienes hoy quieren salir de Chávez, no es por lo que ha hecho, ni por el desastre económico, político, administrativo y espiritual de Venezuela. Muchos quieren salir de él porque no ha cumplido con la promesa del reparto. Muchos compatriotas están a la espera del nuevo doctor o general que, esta vez sí, repartirá.

El discurso petrolero que aprisiona a los candidatos es el que ha tenido la sociedad venezolana en su conjunto. Por eso es que cualquier presidente y gobierno, en el marco de las exigencias que plantea ese discurso, está irremediablemente condenado al fracaso. Se le exige a esos presidentes, en realidad se le exige a la democracia, bienes políticos y sociales que la democracia no puede dar. Puede parecer una sutileza y no lo es. La democracia no garantiza la supresión de la pobreza, lo único que garantiza es la libertad, las condiciones y la búsqueda de instrumentos -dentro de los cuales el Estado juega un papel fundamental- para la lucha contra la pobreza. La democracia crea opciones y oportunidades, pero no es el lugar garantizado de la felicidad, sino de la libertad, que no es poco.

El discurso petrolero es el fundamento de la acción pública, es la forma en la que se concibe al Estado. Partidos petroleros, candidatos petroleros y Estado petrolero; así se ha constituido nuestro sistema político. El estatismo que nos ha caracterizado no está fundado en una ideología de unos cuantos, sino que esa ideología de unos cuantos es el resultado de nuestra relación, como sociedad, con el petróleo. Mientras esta relación no cambie no se transformará el estatismo que nos caracteriza. Cuando Venezuela asuma la responsabilidad de invertir para producir 6 millones de barriles diarios, cuando Venezuela asuma el debate y sus resultados de una participación accionaria de los ciudadanos en la industria, cuando cambie esa relación en forma radical a través de muchos otros instrumentos, podremos comenzar el desmontaje del discurso petrolero como prisión y fundamento del estatismo que nos posee.

El liderazgo intelectual

En este tiempo he tenido oportunidad de aprender que el problema que tenemos no es falta de líderes sino de liderazgo. No se requieren salvadores, nuevos iluminados como mucha gente sostiene al preguntarse, ¿dónde está el líder que nos sacará del tremedal al que nos ha conducido la charada autocrática de esta revolución? No lo hay y no lo habrá. Chávez puede haber agotado, por un tiempo, la figura de “el salvador”; tal vez no para siempre, pero sí por algún tiempo. No vemos otros con la misma energía, presencia y figuración, no porque no existan otros tan hablachentos, que combinen de forma tan fluida la inteligencia con la ignorancia y la audacia, sino porque no tienen espacio. Pienso que la capacidad de entregar el alma entera de una porción sustancial de la sociedad en manos de un genuino aventurero redentor, se ha agotado, al menos temporalmente.

Ahora es el tiempo del ejercicio del liderazgo concebido como una obra colectiva. Es la reunión de voluntades, con valores muy definidos alrededor de propósitos comunes. Buscar nuevos salvadores puede conducir a salir de un pillo como Fujimori para caer en una ilusión que ahora se destiñe como Toledo, a quien se le exige lo que Fujimori no dio ni éste puede tampoco cumplir.

Pero el liderazgo no es sólo la reunión de buenas almas con propósitos inobjetables. El liderazgo es, en primer lugar, liderazgo intelectual. La situación de las universidades venezolanas en términos generales, la ausencia de centros privados de reflexión con impacto social, el eclipse del pensamiento en los partidos políticos, la desaparición de lo que fue un poderoso movimiento intelectual venezolano y latinoamericano, son terribles indicadores de las carencias actuales.

El mayor peligro que tenemos no es Chávez sino la carencia de rumbo compartido hacia adelante. Sabemos que queremos el rescate de la democracia, pero no sabemos cómo. Por ejemplo, muchas personas pregonan la necesidad de afrontar lo que ha sido la destrucción de las Fuerzas Armadas provocada por este régimen, volviendo a una institución militar meritocrática y sana. ¿De verdad queremos unas FAN como las que teníamos? ¿Queremos unas FAN como las que cobijaron varias conspiraciones durante más de una década? ¿O que sea el escenario de una pelea de generales por ganar el favor de los políticos y los cargos de la institución?
La construcción intelectual es, aunque parezca totalmente disonante con la situación actual, la principal tarea estratégica que la sociedad tiene que asumir para su reconstrucción. Chávez saldrá de la presidencia democrática y constitucionalmente, pero ¿qué panorama tendremos el día después? Sería intolerable que el presidente de la transición fuese una especie de paraguas para abrir el espacio a una pugna de candidatos para volver a las andadas, con aspirantes, otra vez prisioneros del discurso petrolero.

Sólo una audaz movilización intelectual en la sociedad venezolana, que tenga como escenario los partidos, las universidades, las organizaciones no gubernamentales, gremios y sindicatos, sería capaz de lograr la reversión de los valores del estatismo que han capturado a Venezuela.

Cuando las vibrantes movilizaciones que conmueven a Venezuela demandando la renuncia del Presidente llegan a sus puntos de destino y oyen a unos dirigentes que o no dicen nada o no quieren ser escuchados por los concurrentes, se está en presencia de un síntoma severo. No hay nuevas voces, no hay nuevos mensajes, nadie dice mi palabra. Tal vez esto sea políticamente comprensible para la hora actual, pero comporta un riesgo. No hay visión, ni proyecto, ni programa compartidos hacia adelante. El día después nos puede encontrar como esos pueblos bombardeados, hambreados y ateridos, cuyos ciudadanos deambulan como fantasmas, sin rumbo fijo, en la ciudad devastada. Sólo un extraordinario esfuerzo intelectual, que no es necesaria ni principalmente académico, capaz de reunir las mejores energías del país, podrá hacer de la devastación actual una oportunidad. Pero no estemos seguros. Nada nos está garantizado. Allí está una sociedad movilizada que tiene que plantearse el sentido de su lucha. Ojalá podamos hacerlo.

Las marchas

El mejor indicador de lo que puede venir son las marchas ciudadanas. Cada paso de un peregrino de las calles de Venezuela es la recuperación del valor del ciudadano. Hasta ahora ese valor individual estaba centrado en el episodio del voto: “yo soy importante porque voto”. Ahora encuentro que se puede decir “yo soy importante porque marcho”. Cada paso significa la apropiación de un territorio del que el ciudadano fue expropiado por la fantasía revolucionaria, fantasía de la cual muchos de los que hoy marchan participaron. Esa reapropiación del espacio público significa una conquista de la propia importancia individual, es una manera de ser dueño de mi protesta y es la recuperación también del coraje cívico de cada uno.

Esa ciudad devastada, de la que los ciudadanos han sido expulsados por la inmundicia, la indolencia de los gobernantes, la acción inevitable pero depredadora de la buhonería incontrolada, ocupada por el ejército intimidatorio del hampa común y de la otra, los Círculos del Terror, se reconquista palmo a palmo. Pero ese camino hacia la calle es también un camino hacia adentro del ciudadano, cada paso es la conversión del pueblo indiviso y confuso en ciudadanos que ejercen el deber de reconstruir una sociedad precipitada hacia el barranco y ejercen su inalienable derecho a protestar.

El final de esa marcha no es Miraflores, lugar al cual se llegará; el final de esa marcha es la plaza de la ciudadanía, el lugar en el que la conciencia ciudadana no le pedirá más al Estado que le resuelva sus problemas sino que actuará para hacerlo.

Las soluciones económicas, políticas y sociales, insisto, están en la calle y no en Miraflores. Por eso, este lugar sólo será un lugar de paso.

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