Opinión Nacional

“El Reino de este mundo” de Carpentier

Alejo Carpentier (1904-1980), para quien alcanzó a conocerle, recordará su voz ronca, afrancesada. Novelista, ensayista y musicólogo, que según su propia voz, era cubano en todo el sentido de la palabra; aunque según estudiosos del pensamiento carpenterierano, en realidad había nacido en Lausanne, ciudad y comuna suiza capital del cantón de Vaud y del distrito de Lausana, situada a orillas del lago Lemán frente a la ciudad francesa de Évian-les-Bains, Suiza, aspecto que no se entiende por qué Carpentier ocultó en vida. Carpentier influyó notablemente la construcción de una literatura latinoamericana genuina y auténtica, con estilo de escritura, que incorpora todas las dimensiones de la imaginación: sueños, mitos, magia y religión; a la idea de la realidad. Luego de algunos escamoteos con la Arquitectura y otras áreas del conocimiento, culmina haciendo periodismo y participa en movimientos políticos de izquierda; es encarcelado y a su salida se exilió en Francia; retorna a Cuba donde trabajó en la radio; desarrolla investigaciones sobre la música popular cubana; se va a México y Haití, donde se interesó por las revueltas de los esclavos del siglo XVIII; luego se instala en Caracas en 1945 y retornaría a Cuba en 1959, con el triunfo de la Revolución. En el proceso revolucionario participa como diplomático hasta su despedida en este mundo.

En 1949, da a la luz su novela “El reino de este mundo”, cuyo tema principal, es lo real maravilloso, enmarcado en la experiencia cruenta de la revolución haitiana; el valor literario de la obra es la comprensión que se hace evidente por medio de la literatura sobre la cultura de América. La novela comienza narrando las vivencias del joven Ti Noel escuchaba fascinado los mitos de Mackandal, un negro rebelado contra los blancos; las historias ocurren en los grandes reinos africanos donde hombres y animales se ayudaban mutuamente y donde los héroes eran capaces de manipular mágicamente los elementos, alimentan las ansias de libertad de los esclavos, quienes se lanzan a la lucha y proclaman la rebelión, envenenando al rebaño y la gente. Mackandal, investido de Altos Poderes, puede transformarse en animal de pezuña, en ave, pez o insecto. El alzamiento fracasa y Mackandal perece en la hoguera de los amos franceses, los esclavos creen en sus poderes, que cantan al son de los tambores por todos los rincones de la isla, poseídos de una fe colectiva inquebrantable. Pasan los años, y un maduro Ti Noel, asiste con nuevas esperanzas a la rebelión del caudillo Bouckman, el jamaicano que trae las noticias de una lejana revolución francesa que ha declarado ilegal la esclavitud, pero que no consigue imponer sus teorías en Haití.

Luego de batallas perdidas, fracasos, represiones y peligros sin fin, Ti Noel, emprende el regreso a la hacienda de su juventud por una tierra en que la esclavitud ha sido abolida para siempre; un día se detiene a contemplar maravillado el espectáculo más inesperado en su larga existencia: el Palacio de Sans-Souci, que miles de esclavos negros vigilados por húsares negros construyen para el rey negro de Haití, Henri Cristophe, el nuevo tirano, antiguo cocinero de una posada de Ciudad del Cabo.

En el marco de la historia, se describen largos cobertizos, una cúpula asentada en blancas columnas, terrazas, estatuas, arcadas, jardines, pérgolas y laberintos de boj. Jóvenes capitanes de bicornio, constelados de reflejos, sonaban el sable sobre los muslos en la explanada de honor; en las ventanas se asomaban damas coronadas de plumas, pero, cuando Ti-Noel está admirado, un garrotazo en el lomo inicia su vuelta a la esclavitud. Deberá trabajar para el rey Christophe en la construcción de una fortaleza, más impresionante que el palacio: el castillo de La Ferrière. Ésta se alza en la cima del Gorro del Obispo, florecida de hongos encarnados, mole de ladrillos tostados, levantada más arriba de las nubes, con tales proporciones que las perspectivas desafiaban los hábitos de la mirada. Henri Christophe instaura allí una corte napoleónica, rica de entorchados y libreas doradas, reluciente de uniformes y botas de charol.

Aparecen retratadas las bandas militares con su música europea y ordena cuando le place la muerte de un perezoso o la ejecución de los peones tardos; su reino es efímero, un decorado falso de imitación europea, con disciplinas impuestas sin sentido y falaces emulaciones de otros poderosos del Viejo Mundo. Un día los tambores del relevo de guardia suenan con ritmos aciagos para el primer rey negro de Haití, descompasándose en tres percusiones distintas producidas, no ya por los palillos, sino por los dedos sobre los parches. Están tocando el manducumán, que anuncia el fin de la monarquía. En la noche «truenan los tambores radás, los tambores congós, los tambores de Bouckman, los tambores de los Grandes Pactos, los tambores todos del Vudú, en vasta percusión que avanzaba sobre Christophe, apretando el cerco». El rey, asediado por los rebeldes, se suicida en la soledad de sus vastas habitaciones. El protagonista Ti Noel, reemprende la vuelta a su antigua hacienda, un largo peregrinar de sufrimientos, porque surgen nuevos amos en las llanuras del Norte: son los Mulatos Republicanos, que declaran obligatorias las tareas agrícolas y reclutan otra vez a los esclavos; la nueva aristocracia se apoderaba de las antiguas haciendas, de los privilegios y de las investiduras. El látigo no cesa, amos blancos, amos negros y amos mulatos. Y el anciano esclavo reflexiona en torno al destino del hombre.

La novela, en su fuero interno, presenta la ironía inestable en primera instancia, recoge la esencia del fenómeno literario debido a su carácter irreductible a significados que limitan la naturaleza dialógica de la palabra; la estética de la creación verbal y de la teoría y estética de la novela; este tipo de ironía privilegia la mixtificación y la ambigüedad como componentes consustanciales a la literatura. La ironía inestable no se restringe a la frase literal y al discurso específico, sino que asume una connotación superior y no se limita a una simple contradicción de la frase, sino al sentido general del texto. Este es el gran aporte que Carpentier le da a la literatura latinoamericana, tanto desde el punto de vista de la forma como de la simbología de sus historias. La obra culmina con este párrafo, lleno de la fuerza de la ironía inestable y de los pliegues de acontecimientos que van más allá de este mundo: “…Y desde aquella hora nadie supo más de Ti Noel, ni de su casaca verde con puños de encaje salmón, salvo, tal vez, aquel buitre mojado, aprovechador de toda muerte, que esperó el sol con las alas abiertas: cruz de plumas que acabó por plegarse y hundir el vuelo en las espesuras de Bois Caimán”. *.-

 

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