Opinión Nacional

El rescate de mamá

1.-

Mamá ha logrado avances en materia tecnológica. Descubrió cómo encender una computadora. También cómo accesar a Internet y luego entrar a mi blog. En silencio, frente al monitor, leyó mi último escrito, donde asevero que voy a morir joven. Pese a todo pronóstico, o quizás porque ha comprendido que de sus tres hijos soy el que menos caso hago a sus recomendaciones y por ende el que más arrugas le ha sacado en el rostro, no me ha llamado escandalizada al celular haciéndome prometerle que iré de inmediato al médico a hacerme todos los análisis y chequeos del mundo.

Por todo ello, mamá, católica confesa, ha decido mostrar cierta flexibilidad en sus creencias, al menos en esta ocasión (todo sea por su hijo descarriado y moribundo) y manejó dos horas y media hasta Campeche en busca de ayuda profesional, es decir, de fuerzas paganas, misteriosas y desconocidas: la bruja Miranda.

La bruja Miranda no es más que el sobrenombre de tía Lucrecia. Mujer idéntica a un ave tropical (como todas las amigas y primas de mamá) que ha tomado en alguna isla del Caribe un curso especializados en la lectura del futuro con barajas españolas y café. Tía Lucrecia, perdón, la bruja Miranda suspendió todas sus citas de la tarde para atender a mamá. Presiente algo serio. Muy grave. Con el rostro adusto la bruja Miranda revuelve y extiende un par de barajas sobre la mesa del comedor.

-Perdóname –dice la bruja Miranda-, no puedo decirte lo que veo.

Mamá, horrorizada, le pregunta por qué. La bruja Miranda le dice que algo terrible va a suceder, mejor no enterarse de esas cosas. Mamá suplica que le diga qué es eso tan horrible que sucederá, por el amor de Dios, Lucrecia. La bruja Miranda le dice que no piensa decírselo, por el cariño que le tiene, punto.

-Disfruta a tu familia –agrega la bruja Miranda antes de despedir a mamá con un beso y luego recordarle que la mutualista de este mes es en casa de tía Dinora a las 5:30 p.m.-. Y no te olvides de llevar tus arrolladitos de jamón y queso, ya sabes que muero por ellos.

Mamá no es psíquica, menos bruja, pero por elemental sentido común descifra que el siete de bastos y el cuatro de espadas que arrojó la bruja Miranda sobre su mantel de peras y manzanas significa que su segundo hijo (o sea, yo) corre peligro mortal.

2

Naturalmente todo esto lo ignoro. Incluido que tía Lucrecia se ha convertido en el oráculo de las señoras campechanas refinadas. La verdad, poco me importa. Lo único que me importa es Elisa.

-¿No te parece genial que mi mamá haya estudiado en la Miguel con tu mamá? –dice Elisa.

-Genial –digo por decir algo. Elisa me tiene embrujado. Le digo que sí a todo lo que ella me dice. O mejor dicho, le digo genial. ¿No te parecería genial ir a comer a casa de mis papás? Genial. ¿No te parecería genial ir a misa conmigo? Genial. ¿No te parecería genial acompañarme el fin de semana a un retiro espiritual? Genial.

Un horror las preguntas de Elisa, sin embargo, toda ella es una delicia. Así que le doy largas y por eso aún no he comido con sus papás, menos asistido a misa en la iglesia de Bosques (ni en ninguna otra iglesia) y ni pensar en el calvario de encierro de fin de semana rodeado de curas y jovencitos confundidos que le lavarán el cerebro a Elisa con ideas trasnochadas como la de no acostarse con hombres antes del matrimonio.

Mi plan, espero no me juzgue nadie con dedo acusador, es acostarme con Elisa antes de cumplir sus caprichos espirituales y familiares. Por ello le he dicho una serie de mentiras, o mejor dicho, me he fabricado una biografía plagada de medias verdades: Graduado de los Legionarios de Cristo, diplomas y medallas en conducta y deporte, campeón en poesía y oratoria, asiduo acólito en misas escolares y versátil actor en pastorelas navideñas. En fin, un santo, un estuche de monerías, lástima que de este glorioso pasado han pasado ya casi 20 años, la edad de Elisa.

3.-

Mi famosa tía de la televisión, Machuca Hernández, está grabando un programa en Campeche. Mamá le relata por teléfono lo sucedido en su visita con la bruja Miranda. Machuca regaña a mamá por confiar en charlatanes. Aunque, admite, su viaje de trabajo a Campeche es una señal, sin lugar a dudas, así que le pide a mamá, a la brevedad posible, que vaya a verla al Hotel Plaza Campeche.

-Te presento a Mandingo –le dice Machuca a mamá-. Nunca viajo sin él.

Mandingo es un negrote de casi dos metros de altura, pelón, musculoso y con cara de bebé.

-Mandingo es mi guía espiritual –dice Machuca-. ¿Apoco no es para envidiar el cutis de este desgraciado negro? –pregunta Machuca acariciando y luego estirándole con cariño los cachetes lozanos al negro Mandingo.

Machuca se excusa diciéndole a mamá que tiene una reunión con el Gobernador. Que la deja en manos del bueno de Mandingo. Mamá se sonroja y no sabe qué hacer porque no es bueno que una dama de sociedad sea vista en el Hotel Plaza Campeche (ni en ningún otro sitio) en compañía de un hombre que no es su difunto esposo.

-Por favor, sígame a mi habitación –dice Mandingo con una vocecilla de ruiseñor que no condice la carrocería de atleta olímpico jamaiquino que se carga.

Mamá voltea a todos lados, nerviosa. Un par de amigas están tomando un café en el restaurante del hotel. La han visto y no pierden la valiosa oportunidad de saludarla a lo lejos, luego cuchichean entre ellas en medio de sonrisas cómplices. Mamá no se deja intimidar, les devuelve el saludo y a sus espaldas siente varias miradas como puñales que la siguen en su andar lleno de garbo de señora de primera línea por el pasillo acompañada de un negrote de espaldas de gorila.

-Usted es viuda –dice Mandingo mirando unos caracoles que arrojó sobre la alfombra de su habitación.

Mamá asiente sorprendida. Mandingo le dice que su esposo le hizo daño. Mucho daño. Que le fue infiel. La engañaba y humillaba. Mamá asiente aunque ya no tan sorprendida. Mandingo arroja sobre la alfombra unos huesos que parecen ser de pollo. Cierra los ojos. Balbucea dialectos incompresibles. Le dice a mamá que tiene muchos enemigos. Gente que la odia y que le quiere hacer daño. Que la envidian. Gente de su familia. Ve cinco o seis mujeres solteronas, rodeadas de gatos, que quieren hacerle mucho daño. También otras señoras con peinados de cacatúas que no son de su familia pero que igualmente le desean mal. Mandingo aletea con los brazos como si fuera un pajarraco gigante. Mamá abre los ojos horrorizada, no sabe si por las revelaciones o porque el guía espiritual de su prima Machuca ha bebido un vaso de agua y hace gárgaras como un reptil enloquecido. Mandingo, los cachetes repletos de agua, pone los ojos en blanco, echa la cabeza hacia atrás, y luego, sin previo aviso, cual cobra venenosa expulsa por las fauces todo el líquido sobre el rostro de mamá. Mamá no sabe si vomitar o desmayarse. Opta por una tercera opción: quedarse petrificada como una estatua mientras Mandingo reza en sabrá Dios qué lengua antillana mientras escucha aterrorizada que uno de sus hijos corre peligro de muerte. Mamá palidece, se le baja la presión. Mandingo la zarandea por los hombros y le echa arena sobre la cabeza. Enciende dos velas negras a sus costados. Saca de un zabucan un frasco con lo que parece ser una salamandra flotando en formol. Besa el frasco. Dice un rezo. Asienta el frasco a los pies de mamá. Mamá, bañada en agua, empanizadas las mejillas en arena, le reza al único Dios verdadero del Universo, de todo lo visible y lo invisible, o sea, el papá de Jesús de Nazaret, para salir con vida del cuarto. Mandingo saca dos huevos de gallina y se los revienta en su afeitada cabeza de huevo. Las claras y las yemas resbalan por sus lozanas y negras mejillas. En medio de chillidos histéricos se embadurna la cara con los embriones de gallina. Mamá ya no teme por la vida de su hijo sino por la propia. Mandingo revuelve la cabellera de mamá con sus manazas viscosas. Mamá cae desmayada. Mandingo la sujeta con sus poderosos brazos de atleta jamaiquino y evita que se rompa la cabeza en el suelo alfombrado.

-Esta usted curada –dice Mandingo con su melodiosa voz de ruiseñor.

Mamá abre los ojos, insospechadamente, se siente más viva que nunca.

4.-

A varias cuadras del Hotel Plaza Campeche, ignorante de todo lo ocurrido en una de las suites, he decidido cumplir un deseo de Elisa.

-¿No crees que sería genial que me presentaras a tus amigos?
-Genial –miento por millonésima vez.

No he parado de tomar en toda la noche. Mi amigo Juanito, el profeta caricaturista, me ha confesado que no recuerda haberme dicho nunca que yo moriría joven, menos haberme comparado con el genial Roberto Bolaño. Le digo a Juanito que el fin de semana pasado, él aseguró que yo moriría joven.

-No recuerdo nada -dice Juanito con una sinceridad abrumadora.

Bebo una cerveza más en honor a que tal vez no muera joven.

-¿En verdad te comparé con Bolaño? –me pregunta Juanito con el rostro consternado-. Tengo que dejar la bebida –agrega sin esperar mi respuesta y se marcha al baño o quizás a la cocina por otra cerveza.

Elisa me dice (afortunadamente en susurros) que no sabía que Chespirito fuera un escritor tan reconocido en el círculo de los intelectuales.

-Los detectives salvajes, lo mejor de Bolaño –dice Eduardo que aparece por sorpresa a nuestras espaldas.

-Buenísima novela –miento, nunca he leído Los detectives salvajes.

-Una obra maestra –dice Eduardo.

-Pues para mí lo mejor que ha hecho Chespirito es El Chavo del ocho –interviene Elisa.

Entro en pánico. Por fortuna, aparece Juanito con un six pack en la mano. Eduardo se aleja para abordar el six pack de Juanito. Aprovecho este pequeño momento de confusión literaria y etílica para llevarme a Elisa a un rincón de la casa. Avalentonado por los litros de cerveza ingeridos le propongo que nos escapemos de la reunión. Elisa accede (quizás porque ha bebido más de la cuenta) y se deja guiar por mi mano de borracho que no duda entrelazar con la suya. Entramos con torpeza a mi volcho. Ella saca la cabeza por la ventana y dice que le encanta la luna llena. Yo le digo que conozco un lugar desde donde se ve increíble la luna llena.

-Pues llévame –dice Elisa-. Siempre y cuando no sea desde la ventana de tu cuarto.

-¿Qué clase de persona crees que soy? –le pregunto y doblo discretamente en una calle que me desvía del camino que me estaba llevando a casa.

-Prefiero un lugar más íntimo –dice Elisa para mi asombro.

Quemo llantas y a toda velocidad entro al malecón rumbo a los moteles. No cabe duda que hoy es mi noche de suerte.

5.-

A toda velocidad el auto de mamá recorre diferentes puntos de la ciudad. Le tiene terror a la velocidad pero bien vale la pena espantar los miedos en un caso de vida o muerte. Entra al estacionamiento del supermercado y lee una hoja en blanco con una lista de garabatos ininteligibles. En media hora sale del supermercado cargando una bolsa llena de frutas y rezándole a Dios para que sus ojos miopes hayan leído bien la letra escurridiza y atropellada de Mandingo.

Mamá sale disparada y convencida de que salvará la vida de su hijo.

6.-

-Es genial que nos hayamos escapado de la reunión de casa de tus amigos –dice Elisa-. ¿No se molestarán contigo?.

-Genial –digo sin darme cuenta a lo que respondo porque toda mi concentración está en lograr dos cosas: uno, llegar al motel antes de que el alcohol pierda su efecto calenturiento en Elisa; dos, evitar rebasar el límite de velocidad permitido para que ninguna de las múltiples patrullas y perreras de la policía que pueblan el malecón me detengan.

-¡Detente! –exclama Elisa.

Freno. O eso intento. Las cuatro llantas del auto se amarran con dificultad al pavimento haciendo un ruido horripilante, como si zambulleran a varios gatos dentro de una olla de aceite hirviendo, esto gracias a que desde hace varios meses que no meto el coche al taller.

-¿Qué pasa? –pregunto asustado y por fortuna veo que no hay ni una sola patrulla cerca.

-Mira –dice Elisa señalando hacia la Ría.

Justo en el terreno recién aplanado donde van a construir un nuevo centro comercial, o sea, un verdadero centro comercial con cines, tiendas de ropas de marcas exclusivas, etcétera, aparece una silueta danzarina y disfrazada con un poncho de colores, cargando con una mano en todo lo alto lo que parece ser el palo de una escoba de donde cuelgan largas tiras de tela de colores.

Elisa se baja del auto y no tengo más remedio que seguirla. La rocambolesca silueta empieza a arrojar diversos objetos al agua putrefacta y contaminada de la Ría al tiempo que zarandea en todo lo alto su palo de escoba con cintas multicolores.

-Una bruja –me susurra horrorizada Elisa.

La bruja empieza a decir una serie de frases atropelladas sin ningún sentido. Elisa toma mi mano y empieza a temblar.

-Qué miedo, mejor vámonos –dice Elisa.

La bruja voltea hacia nosotros. Quedo petrificado. Nos ha descubierto. Elisa tira de mi mano pero yo no me muevo. La bruja se me queda mirando. Me estudia y corre con torpeza hacia donde estoy parado.

-¡Corre, nos va a comer la bruja! –grita Elisa tirando de mi mano.

Mi peor pesadilla hecha realidad. La bruja me alcanza, se cuelga de mi cuello, me llena de besos y me dices muchas frases amorosas, cada una más vergonzosa que la otra.

-Bebé, mi bebecito hermoso, estás vivo –dice.

Elisa, estupefacta, con la boca abierta, no da crédito a la escena. Finalmente logra soltar mi mano y mirándome aterrorizada pregunta:
-¿Quién es ella?
Con su sonrisa llena de dientes enormes de caballo, mamá responde a la pregunta, y no tengo que ser psíquico, brujo, chaman o adivino para saber que nunca en mi vida conoceré el delicioso cuerpo desnudo de la católica, romana y campechana de Elisa.

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