Opinión Nacional

El socialismo ofrece el cielo y da el infierno

La demagogia y el populismo son las artimañas preferidas de los que se hacen llamar socialistas para atraer a los incautos y fracturar los corazones de quienes no lo son tanto y creen que darle un mendrugo de pan a un hambriento soluciona todos sus problemas existenciales. Todo ello a cambio de la libertad y del libre albedrio con la engañosa oferta que desde el poder se podrá imponer, sin participación individual, en absoluto lo que todos tenemos que hacer para navegar hacia un ficticio  mar de la felicidad.

¿Qué no han ofrecido que después de llegar a la posibilidad de resolver no cumplen? La respuesta definitiva es: ¡todo!

Abundar en particularidades es ocioso. No podemos esperar que nos lluevan las soluciones.  Lo sensato es pensar como cada quien puede resolver sus problemas con una actitud emprendedora en busca de soluciones con una rentabilidad aceptable al nivel siempre creciente de nuestras necesidades espirituales, familiares, sociales y materiales.

La frase célebre del político liberal mexicano Benito Juárez, «Entre los individuos, como entre las Naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz», nos enseña que nadie puede tener el derecho de imponerle a otro, conductas mas allá de las que han sido aceptadas por todos pues la libertad es el fin político mayor y el derecho mas sagrado que el ser humano posee.

En el socialismo que conocemos, y parece no existir otro, el estado funciona bajo la premisa de que si un solo individuo es incapaz de usar su libertad eficazmente, a nadie puede admitírsele ser libre; pero la libertad es una condición de desigualdad que reconoce las diferencia estructurales inherentes al ser humano en temperamento, carácter, personalidad  y capacidad.  No somos iguales y ninguna ley puede hacernos. No es justo privar a nadie de su libertad por suponer que abusara de ella.

Solo con igualdad de oportunidades, sin esperar igualdad de resultados  evitaremos la represión ya que todo lo importante es creado por el individuo que trabaja en libertad. Si ponemos la igualdad jerarquizada por sobre la libertad acabaremos sin ninguna de las dos.

El principio que diferencia la libertad de la esclavitud es la acción voluntaria contra la obligatoriedad que nos obliga a no buscar a otro para culparlo de nuestros problemas.

El objeto y práctica de la libertad reside en la limitación del poder del estado. El ser humano no  es libre a no ser que el gobierno esté limitado. Aquí hay una clara relación causa-efecto tan clara y predecible como una ley física: Cuando el estado se expande, la libertad se contrae.

La libertad que el ciudadano disfruta no se mide por la maquinaria gubernamental bajo la que vive, ya sea representativa u otra, sino por la escasez de limitaciones que se le imponen. Lo que es siniestro es la facilidad con la que alguna gente pasa de decir que no le gusta algo a decir que el gobierno debería prohibirlo. Si tomas ese camino, no esperes que la libertad sobreviva por mucho tiempo.   Ni la vida, ni la libertad, ni la propiedad de nadie están a salvo cuando las leyes son hechas con criterio socialista.

Si sumamos la ausencia de libertad, el aumento de la regulación, el crecimiento desmesurado e ilimitado del ámbito de competencia del gobierno a la ineficiencia e improvisación permanente de una sola voluntad,  la sociedad es destruida inexorablemente con una velocidad pasmosa y su recuperación será inversamente proporcional en el tiempo a lo que transcurrió para ser arruinada, a menos que nos propongamos decididamente a  instaurar  la libertad, el respeto y la moral  como los valores mas altos para enmarcar el proceso de reconstrucción.

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