Opinión Nacional

El talento desperdiciado

Cuando se echa a un lado el talento que busca interpretar coherentemente a la sociedad, el peso de la desaprobación cae sin remedio sobre el mundo que desprecia sus dones.

El servicio público era una tradición en la familia de Henry Adams (1838-1918) su bisabuelo, John Adams, y su abuelo, John Quince Adams, fueron ambos presidentes de Estados Unidos, y su padre, Charles Francis, fue un exitoso ministro en Inglaterra durante la Guerra Civil, donde John fue su secretario.

Tras años de entrenamiento en Londres, John regresó dispuesto a ofrecer sus talentos a la nación. Pero no se le quiso ahí; la Década Horrible comenzaba su desboque, y sólo se le ofreció un cargo de profesor; renunció al poco tiempo y dedicó el resto de su vida a contemplar con desprendimiento filosófico el espectáculo de la vida americana, y especulando sobre el significado de la existencia; fue un alma perdida en la Era Dorada.

Enntre los infortunios de Henry ninguno fue más grande que nacer en la familia Adams y se forzado a vivir en la Era Dorada. Los Adams reverenciaban sus altos ideales de servicio público, eran esclavos del deber, y consideraban a la cultura de suprema importancia, segunda sólo a la conciencia.

No eran populares, ya que nunca descartaron el aire de superioridad moral e intelectual; se aseveraba que siempre harían lo correcto más desagradablemente que cualquier otra familia.

Henry Adams heredó todas las características, y cada una de las virtudes del siglo 18 le pesaron al lanzarse a la América desmoralizada que no se impresionaba ni con los ideales de servicio público, deber y cultura. Tenía habilidad –de las mejores en su familia- pero se le vio arcaico, y asumiendo su «superioridad espiritual» se retiró en silencio a su casa para sentarse ociosamente en la ventana para ver pasar el siglo 19; con desprendimiento, humor y mordaz ironía, encontraba divertido el hecho de que cuatro generaciones de entrenamiento lo hacían apto sólo para ser un observador contemplativo del desfile que su bisabuelo y su abuelo habían comenzado.

La tares de Henry Adams fue educarse a sí mismo, no encontraba quien le enseña algo; no aprendió nada en Harvard ni en la universidad alemana; su educación realmente comenzó como secretario de su padre en Londres, con tutores de lujo; comenzó observando el juego de la política con maestros jugando.

La política es una manipulación de fuerza social, y observando Adams se preguntó por la naturaleza de tal fuerza, qué le da dirección e intención. Y este fue el problema que luego comprometió sus esfuerzos educacionales; educación que nunca terminó, porque nunca logró responder lo que preguntaba.

Después de 1892 Adams se propuso deliberadamente trabajar en una de las más profundas cuestiones que comprometen el intelecto del hombre. Quería descubrir nada menos que el origen y la naturaleza de la fuerza que da dirección a la corriente de los asuntos humanos. Muchas fuerzas trabajan en el mundo, pero ninguna es considerada por el hombre común la fuerza madre.

Adams intentó reducir todas estas fuerzas a los términos más bajos para estudiar la unidad en vez de la multiplicidad de influencias. No era suficiente ver y describir la mera moción de los asuntos humanos; la influencia que establece la dirección y la meta del movimiento debe ser entendida. La teoría de la evolución por selección natural no le funcionó al observar los años de la Guerra Civil estadounidense.

La vida americana desde Washington, Franklin y Jefferson hasta los políticos de la Década Terrible no le indicaron una muy satisfactoria cantidad de evolución, ni un cambio inteligente; sólo indicaba cambio. Buscó muchas explicaciones; y cerró su «educación» con dudas ante todos las sugerencias y considerando ominosamente el futuro de la raza humana.

Dejó su búsqueda del acertijo de la existencia y su pesimismo recuerda en del siglo 18 antes de que el amanecer del romanticismo insuflara el pensamiento con promesas rosadas. Decidiendo que no podía penetrar el sentido de la fuerza, concluyó que la vida americana tenía sólo cuatro prospectos, todos poco atractivos; el pesimismo de la feneciente Europa, someterse a una tiranía laboral o del capital, regresar al misticismo religioso y la dominación clerical, o que los viejos procesos sociales se repitieran sin cesar y sin sentido.

Para determinar si existía progreso en la historia humana, Adams consideró que lo más satisfactorio para tal medición sería el tiempo cuando el hombre sostenía «la más alta opinión de sí mismo como unidad en un universo unificado»; y para Adams fuel el siglo 1250 a 1350.

De estos estudios salieron los dos libros que hicieron su reputación y que han sido calificados como «entre los mejores libros americanos jamás escritos»; el estudio del siglo medieval es «Mont-Saint-Michel and Chartres: A Study of Thirteenth-Century Unity», y la examinación de la sociedad contemporánea es «The Education of Henry Admas: A Study of Twentieth-Century Multiplicity», una autobiografía.

Adams terminó su vida sin responder a ninguna de sus preguntas y sin determinar totalmente la extensión y dirección del progreso humano. «La disputa era ociosa, la discusión era fútil, y el silencio, junto al buen temperamento, era la marca del sentido.» Su silencio no es el de un hombre a gusto con pensar que no hay nada más que decir; es el sombrío silencio que se asienta sobre las autoconcientes víctimas de la futilidad.

Cuando Henry Adams volvió su mirada contemplativa del orden racional y la felicidad pausada del siglo 13 hacia el caos insensato de la Era Dorada, tenía razón para estar en desasosiego.

Ya el realismo tocaba a la puerta…

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