Opinión Nacional

El tipo está desquiciado

El señor Chávez no está en condiciones mentales, cuidado si tampoco físicas, para continuar en el ejercicio de la presidencia. Quizás nunca lo estuvo, pero cuando la exagerada concentración de poder político y económico se hace presente, sin controles ni escrúpulos para manejarla, su verdadera personalidad se proyecta como una realidad nefasta. El diagnóstico es plenamente conocido. Chávez, de simple curiosidad tropical paso a ser un peligro que atender. Hoy es una de las amenazas más serias para la democracia, la seguridad continental e incluso, para la paz mundial. La obsesión por ocupar un rol por encima de las tareas asignadas en el tablero internacional que otros manejan, la sobrevaloración de sus facultades intelectuales y políticas y la audacia irresponsables que le impide medir las consecuencias de lo que dice y de lo que hace, convierten en tragedia su mandato. A lo anterior agregaremos que en el octavo año de gestión, el país se desmorona física y espiritualmente en un endiablado proceso de destrucción nunca conocido en la historia.

No tenemos ninguna duda. Hugo Chávez no está en sus cabales. La obsesión contra Bush y Blair, la alianza con Cuba, Siria e Irán lo entrampa en una política sin regreso, de graves consecuencias. Las demás actividades irregulares de apoyo a la subversión terrorista y de complacencia con el narcotráfico y no pocas estructuras del crimen organizado, están en la base de sus últimas actuaciones. Y en lo interno, los desplantes infantiles, los insultos inaceptables contra el gobernador Rosales y el desprecio manifiesto hacia el pueblo zuliano, donde nunca ha tenido apoyo, revelan severos trastornos de conducta que, en mi opinión, lo inhabilitan para el ejercicio del cargo. Chávez luce mal, está mal y en su caída puede envolver a Venezuela en una desgracia que deberíamos evitar.

Seguiremos repitiendo hasta el infinito que la verdadera naturaleza del problema no es electoral sino de principios, valores y de mucho coraje para enfrentar una realidad que el país sufre y una mayoría del liderazgo opositor acepta en voz baja. Pero, ¡que difícil es que lo hagan en voz alta y se resuelvan a trabajar en consecuencia! La solución de la crisis venezolana no pasa por el señor Chávez. Él no es instrumento para resolver problema alguno. Él es el primero y principal de los problemas que los venezolanos tenemos que resolver. El país está unido por la base. Parte de la dirigencia opositora no quiere entender el mandato del pasado 4 de diciembre. El año avanza y, sin que se cambie el sistema electoral, las posibilidades de unas elecciones limpias se alejan. Es hora de definiciones. Pretender que en nombre de la unidad se toleren conductas reprochables, errores graves de conducción y convivencia con tarifados, es hacernos cómplices de cuanto rechazamos. Tenemos la obligación de honrar nuestras convicciones y trayectoria. Hoy la “imparcialidad” es el disfraz tramposo del oportunismo.

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