Opinión Nacional

El valor del saber

La educación es la semilla más valiosa para una sociedad; tierra natal de muchos que debe cultivarse incansablemente para lograr así el beneficio de todos: formando mentes con criterio, ciudadanos auténticos que tilden sus opiniones sin miedos y, viceversa, para quien las escucha-justamente por educado- las comprenda, tolere, acepte y actúe o, de ser el caso por supuesto, las debata. Sólo así llegará innegablemente el progreso a un país: educación y tolerancia.

Podría sonar idealista lo anterior, pero no; porque es un esfuerzo de hormiguita, de día a día, de uno sólo, de cada uno. Siendo así que por el esfuerzo individual, el individuo -valga la redundancia- se hace valioso para la sociedad en la que convive.

Es ese cultivo del saber singularizado, escogido por cada quien de acuerdo con sus gustos e intereses que se irán labrando bibliotecas mentales bien amobladas que posteriormente lograrán conformarse en un saber muy particular o, en otras palabras, en alguien que ha cultivado las ciencias y/o las letras: un intelectual. Es por este saber cultivado y por la individualidad de su camino andado entre páginas de libros y opiniones escuchadas, que logrará alcanzar su justo peso en valor a través del reconocimiento de otros y de la sociedad en la que convive. Al fin y al cabo, son semillas sabiamente regadas que se convierten en verdadero abono para la tierra en que fueron sembradas y/o crecieron.

¡He allí el quid del progreso! y es infinitamente injusto no retribuir a quienes se desviven en cultivar su mente a beneficio de los que les rodean. Humanistas al fin: profesores, escritores, poetas, investigadores, entre otros, intelectuales que merecen respeto por su infinito brío, por su tozudez de alimentarse en letras. Hablamos de gentes que conviven en la misma sociedad de todos y, por tanto, deben cumplir con las mismas obligaciones económicas como cualquier ser humano. Mal se ha aceptado la dura realidad de quien se ha dedicado a cultivar su mente, pagándosele tacañamente con relación al servicio prestado: no valorando su saber. Paradójicamente, cuando es este de quien dependerán las generaciones futuras (un libro académico) o, posiblemente, un invento que cambiará el rumbo de todos (la penicilina, por ejemplo)…

Por todo lo anterior y para ser un mejor país, hay que gratificar, sin mezquindades, la educación (al profesor); el cultivo del saber (al intelectual); la búsqueda de lo desconocido (al investigador). Darle el justo valor al saber, porque es éste -y no otra- la mejor agua para regar la tierra que contiene y contendrá las semillas del futuro (las nuevas generaciones). Dejemos las indigestiones de estomago para el perezoso y no para quien se esfuerza, teleológicamente, para con su prójimo.


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