Opinión Nacional

El voto popular en Venezuela

No figura en las efemérides que año tras año celebran los oradores de lugares comunes.

No infla los pechos constelados de medallas de material plástico de los patriotas de ocasión. Tampoco aparece en los días estelares de la República con que los manuales de historia tratan de ilustrar a los jóvenes.

No obstante, el 27 de octubre de 1946 fue el día en que el pueblo venezolano ejerció por primera vez su derecho al voto directo y secreto, y es lamentable el desdén, el olvido o la indolencia que han propiciado que una jornada de tales dimensiones no sea reconocida.

Habían transcurrido apenas 30 días del 18 de octubre de 1945 cuando la Junta Revolucionaria de Gobierno creó (el 17 de noviembre) una comisión de juristas con el fin de que redactara un estatuto electoral y un proyecto de constitución. El grupo quedó integrado por Andrés Eloy Blanco, Jesús Enrique Lossada, Nicomedes Zuloaga, Lorenzo Fernández, Germán Suárez Flamerich, Ambrosio Oropeza, Martín Pérez Guevara, Luis Eduardo Moncada y Luis Hernández Solís. Sólo uno de los 9 era militante del partido en el poder. Todos los otros eran independientes o tenían afinidades con otras tendencias políticas, como Fernández y Hernández Solís.

En el texto del decreto se señaló que el estatuto debía echar las normas para la elección de diputados a la Asamblea Nacional y luego del Presidente de la República, las cuales debían celebrarse «por sufragio universal, directo y secreto…». Muy pronto, los juristas iniciaron un dinámico proceso de consultas. El 15 de marzo fue suscrito el Estatuto por los siete miembros de la Junta Revolucionaria de Gobierno presidida por Rómulo Betancourt.

El Estatuto gozó de respaldo unánime. Se reducía a 18 años la edad para votar, votarían hombres y mujeres y también los analfabetos. Algo como esto no había sucedido nunca. De inmediato se le consideró el más avanzado de América Latina. Todos los partidos opinaron. El Partido Comunista lo valoró como «una gran victoria del pueblo venezolano». El entusiasmo era compartido en especial por los partidos pequeños, pues consagraba entre sus conquistas la representación de las minorías. Esto explica la elección de diputados de URD y del PCV a la gran Constituyente de 1947.

Reconocer las minorías no fue una gracia ni un gesto circunstancial, sino la expresión de la idea democrática fundada en la diversidad y el pluralismo, contra la tradición de las autocracias que siempre las negaron. En el siglo XIX algunas constituciones consagraron el voto directo, pero, como se demostró, no fue más que una ficción dentro de otra ficción.

Según la prédica del general Monagas, «las constituciones sirven para todo», y así lo ratificaron las prácticas de Joaquín Crespo. José Manuel Hernández, alias el Mocho, tuvo experiencias que ilustran la distancia entre el voto popular y el ejercicio del poder.

La hegemonía andina en sus etapas dictatoriales de Castro y Gómez desterraron la idea de elección directa, incluso, la sola palabra «elección» pareció estar prohibida. Los generales de la transición, López Contreras y Medina Angarita, prefirieron jugar al Gran Elector, escogiendo a sus sucesores. En 1945 el dique se rompió, y el 27 de octubre de 1946 el pueblo venezolano dio un paso que ya nadie le puede negar, sean cuales fueren las argucias y truhanerías que se le opongan a su ejercicio transparente. De ahí su relieve histórico. Abundan las razones para considerar que la Revolución de Octubre sea el suceso de mayor significación política en la historia venezolana desde la fundación de la República en 1830. Germán Carrera Damas considera como el primer año de la democracia venezolana el periodo que va desde el 18 de Octubre hasta finales de 1946.

La significación y trascendencia del 27 de octubre de 1946 en la historia del voto popular en Venezuela fue resaltada por el historiador al analizar el Estatuto Electoral de esta manera: «Estas audaces disposiciones (…) sacaron los destinos de la sociedad de las manos de un reducidísimo club electoral, formado por los varones, mayores de 21 años, que supieran leer y escribir, y las pusieron, por formar una abrumadora mayoría en el nuevo e insuperablemente inclusivo universo electoral, en manos de las mujeres, los analfabetos y los jóvenes». Carrera Damas descifra la clave: «Ello significó pasar de un universo electoral controlable por el poder público, ejercido autocráticamente, a uno de conducta impredecible». El voto, en suma, es la gran expresión de la soberanía popular.

Contra la representación de las minorías conspiraron siempre oligarquías y autocracias. Luego de medio siglo de vigencia, fue anulada la gran conquista del 27 de octubre de 1946. Como respuesta, este último domingo de septiembre una coalición de minorías procurará la reconquista de la democracia contra la fuerza del Estado y del Gobierno, enmascarados de «partido único».

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