Opinión Nacional

Elecciones, sorteos, aclamaciones y acuerdos (I)

Los procesos electorales son eventos políticos tan habituales y noticiosos que muchos creen que el voto es el único instrumento legítimo para tomar decisiones colectivas. Pero aunque el voto es una herramienta democrática fundamental, no es el único modo de tomar decisiones legítimas y vinculantes.

La primera democracia del mundo, la ateniense, desarrolló sistemas de votación paradigmáticos. Era ejemplar la manera como se decidía sobre guerra y paz en el ágora: mediante el voto de los ciudadanos mayores de edad atenienses por los cuatro costados. Algunos problemas de la democracia como ‘gobierno del pueblo’ se hicieron evidentes en ese período.

En cuanto a los límites en la inclusión, al sistema ateniense se le objeta: ¿quiénes forman parte de ‘el pueblo’? No todos eran ‘pueblo’: ni las mujeres, ni los esclavos ni los extranjeros y sus hijos nacidos en Atenas. Tampoco los hijos de matrimonios mixtos, de ateniense con extranjero. La ciudadanía se limitaba a unos 20.000 individuos, dejando sin derechos al resto de una pólis que ha debido tener unos 60.000 habitantes hacia el siglo IV a.C., aunque no poseemos cifras fiables al respecto.

La limitación en la inclusión no fue exclusiva de los atenienses. Las repúblicas florentinas han sido descritas como democracias renacentistas, pero sería mejor clasificarlas como repúblicas oligárquicas. Repúblicas porque una porción importante de los ciudadanos se preocupaban de los asuntos públicos (res publica), y formaban parte de los consejos y asambleas de gobierno. Oligárquicas porque sólo las familias nobles y los censitarios –quienes pagaban impuestos- podían participar en aquel sistema político: digamos, los Capuleto y los Monteschi en la Verona de Romeo y Julieta, pero no así los campesinos, artesanos o pequeños comerciantes.

La nación norteamericana tampoco nació democrática en la Convención del verano de 1787 en Filadelfia. La Unión era una república federal de hombres blancos, cristianos y pequeños propietarios. Mujeres, negros y aborígenes inicialmente no formaban parte del conjunto definido en la frase ‘We, the people…’ Pero a partir de su fundación republicana, Estados Unidos transitó una evolución democrática que los llevó a incluir paulatinamente a los esclavos, los aborígenes, los no cristianos, las mujeres y los negros. Más tarde, a los inmigrantes y a sus descendientes, con requisitos y limitaciones que aún hoy son tema de enconado debate.

En cuanto a la degeneración del sistema, dos grandes peligros fueron señalados por los antiguos: la tiranía de las masas y el gobierno faccioso. No hay que confundirlos: la temida tiranía de las masas implica que una mayoría, usualmente pobre y azuzada por los demagogos, toma el poder y aplica un gobierno de terror, especialmente contra minoritarias clases medias cuya prosperidad pueden envidiar. En esta versión, se supone que la masa legitima su gobierno a través de la amplia superioridad numérica de sus representantes en una asamblea de gobierno. Una variante atroz es la anárquica: la masa no gobierna mediante las decisiones de una asamblea que forme parte del poder constituido sino mediante movimientos de calle, en la movilización del ‘poder popular’: parlamentos en la plaza, comités, arengas de los demagogos, aclamaciones, etc. La rebelión de las masas puede ser indicio de guerra civil o de vacío de poder. Venezuela 2004: alguien durante la marcha opositora del 11 de abril grita ¡A Miraflores! con el resultado conocido. Tres días después, en los barrios pobres de Caracas, adeptos al gobierno gritan lo mismo, con resultados también conocidos.

La tiranía facciosa ocurre cuando un sistema está dividido en grupos débiles: en tal caso, la minoría más grande o más astuta puede controlar cierto cúmulo de poderes (económicos, institucionales, militares) que les permiten subyugar a las otras minorías, las cuales, juntas, podrían constituir una mayoría, lo cual no logran debido a su vulnerabilidad y división. Así, las pugnas internas y errores de los opositores pueden contribuir a consolidar la tiranía hasta un punto en el cual ni siquiera la unificación de tales grupos garantiza que puedan derrocar a la facción en el poder, por lo que la lucha por recuperar las garantías puede resultar prolongada y costosa.

Los casos anteriores se refieren a sistemas donde el poder político se logra mediante el voto para elegir funcionarios –Presidente, Primer Ministro- o representantes ante una asamblea a cuya elección concurren grupos competitivos.

Los casos donde no se vota existen entre nosotros, pero no suelen recibir tanta atención. Piense el lector si le parece que tomar una decisión por sorteo le suena democrático, y seguramente dirá que elegir un Presidente o un diputado mediante cara o sello es un disparate. El sorteo suena disparatado en este tipo de elección, pero puede ser una manera perfectamente democrática de tomar otro tipo de decisiones relacionadas con la repartición de responsabilidades públicas que requieran sacrificios, como el servicio militar o el trabajo como jurado.

Hágase el lector la pregunta inversa: en un sistema obligatorio y no voluntario ¿cómo podría mediante el voto decidirse quién se alista para ir a la guerra y quién no? En teoría, tales servicios deberían ser prestados por cualquier ciudadano sin importar su condición social, pero sabemos que los más ricos tienen recursos para evadirlos manipulando cualquier escogencia colegiada.

Los atenienses nombraban magistrados, estrategas militares y miembros de los cuerpos deliberantes por sorteo para evitar cualquier sesgo clasista: y aun hoy en muchos países el servicio militar, el cargo de testigo de mesa en una elección o de jurados se deciden por sorteo.

Este es uno de los ejemplos clásicos que se traen a colación cuando se estudian los modelos de toma de decisiones mediante el voto o mediante procedimientos diferentes. En el próximo artículo comentaremos los dos restantes.

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