Opinión Nacional

Entamarindados!

Tres fulanas. Tres tercias. Tres alebrestadas sin mucho oficio que no sea una sinvergüenzura. Tres falditas con estampados. Seis piernas entreabiertas. Pantorrillas, muslos y caderas. Cuatro manos. Un acordeón con vallenato. Una bebida fría de ron y fruticas para ese calor. Un güiro penetrante (no es una charrasca, es güiro porque es macho, tan macho como Desamparados Pontón… ¡ah negro pa’ bailá sabroso! ¡Ah negro pa’… tantas otras cosas, tantos otros talentos! ¡Sabrossso!).

Así fotografía Efrén Hernández la novela El abrazo del tamarindo de la periodista, maestra, escritora y extraordinaria bailarina, Milagros Socorro. Uno compra el libro, adquiere siete ejemplares para mandar para el mundo, exigiendo que el texto honre la imagen de la portada. Es una foto tremenda que despierta palpitaciones y deseos engavetados; pasiones bien contenidas bajo llave y candado; fantasías de frontera con 45 grados a la sombra.

Comienza la lectura y la novelista nos brinda un bocado de tamarindo. Quedó claro que esto no es para “leer”, ni para devorar y atragantarse sin agarrarle es gustico. Esto se come. “Me comí El abrazo del tamarindo -dice uno-, y me gustó. Se me había olvidado este sabor y hay que ver cómo me gustó”.

El libro irá de feria en feria y se venderá: en México, en Puerto Rico, en Argentina, en Japón. El señor Yamashita, allá en Kyoto, comprará un ejemplar, porque esas tres muchachonas de la portada le despertarán todo el Caribe que él no sabía que llevaba por dentro. Con alboroto colombo-venezolano, se colará dentro del archipiélago de sombras del tamarindo como quien entra en un cuadro de Monet, pero Monet con aroma tropical y gusto de aquí y motores fuera de borda roncando. El tamarindo: árbol tan querido de día y tan atemorizante de noche. Toshiko, la esposa de Yamashita, también adquirirá un volumen para ella, pues ¿qué será lo que le está pasando a su marido, que lleva horas remojándose en el ofuro y se ha releído mil veces la misma paginita? La misma. “Milagros Socorro”, “Socorro Milagros”; ¿cuál será el nombre?, ¿cuál será el apellido?, ¿será hombre o será mujer?, tiene que ser un señor, con esas mujeronas ahí puestas tiene que ser un varón, se convence Toshiko enfundada en su kimono. (¡Quién se pudiera poner un vestidito de esos y andar tan ligerita, tan expuesta, tan al alcance de la mano, tan al alcance de…! Tan al alcance).

Los que conocemos –y queremos tanto- a Milagros, la reconocemos en cada palabra, en cada coma, en cada aliento, en cada temblor, en cada deseo y en todos los furores que campean desatados en su primera novelísima. Capítulo a capítulo, comiendo frutas ácidas, pero dulzonas, y experimentando el pecado de los embates de la letra escrita, nos dejamos seducir por las tremenduras que acontecen en San Fidel de Apón. Al final, no sabiendo qué hacer con todo lo que sentimos, nos ponemos a bailar una, dos, tres horas hasta que nos aplacamos y, exhaustos, lo único que podemos murmurar es: ¡Abrázame, tamarindo!

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