Opinión Nacional

Entre Batista y Fidel

Gracias a la satrapía de siglo XXI que impera en Venezuela, el señor Chávez es una mezcolanza cada vez más emulsionada de Fulgencio Batista con Fidel Castro

En las más recientes ocasiones de discursos o peroratas presidenciales, como se prefiera, ya no hay ni asomo de disimulo para la escenificación de la satrapía venezolana del siglo XXI. Grandes pancartas con la imagen del líder único, repetición de estribillos alusivos a su poder omnímodo, competencias de servilismo entre los jerarcas del entorno, y la consagración del lema definitivo de la llamada revolución: «ordene Comandante para obedecerle».

Casi todos los intelectuales del proceso, o hacen mutis por el foro o se suman entusiastas a la «nueva etapa»; unos quizá por razones materiales o metálicas, y otros, tal vez, porque ya no tienen bríos para impedir que se los lleve la corriente. Muy pocos se han dispuesto a criticar la sumatoria de poder que Chávez concentra y exhibe, y es que sería una injusticia colosal acusarle de falta de ambición por el poder total.

Ahora viene lo enunciado como la «radicalización del proceso». ¿Y qué diablos es eso? Sólo Yo el Supremo lo sabe y ni siquiera a ciencia cierta, porque de inventiva vieja y consejero nuevo van saliendo los resueltos que despliegan su afán de control sobre el conjunto del Estado y la sociedad. Al parecer, ni los más avispados de su entorno, tipo Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello o Jesse Chacón, alcanzan a prevenir por dónde salta la liebre.

Claro que la ruta del socialismo fracasado marcará la orientación del Estado rojo-rojito, y a punta de petrodólares se tratará de parapetear sus precarios cimientos, pero las decisiones, todas toditas, quedan a la exclusiva discreción del mandamás, y los demás a la estela de la sabiduría presidencial. Quién dude puede preguntarle a José Vicente Rangel.

Cómo será la cosa, que hasta el lenguaje del señor Chávez, de suyo atrabiliario y ofensivo, está logrando la violencia del despotismo ilimitado. «Nacionalícese esto y aquello», «apruébese tal o cual ley», «entrégueseme tantos billones del BCV», y así por el estilo de mandar de un Rafael Leonidas Trujillo o de un Roberto Mugabe, para sólo nombrar a un muerto y a un vivo, a uno de derecha y otro de izquierda, pero que a fin de cuentas encarnan el arquetipo del sátrapa en cualquier parte del mundo.

Afiebrado por su poder nacional, indivisible, por cierto, de los altos precios del petróleo desde hace más de un lustro, ahora le pone la mano en la espalda a Evo Morales, Daniel Ortega y Rafael Correa, y estos se dejan sin chistar, porque mientras tanto le meten las suyas en los bolsillos de la tesorería venezolana. Y pensar que buena parte de ese dineral para la fantasiosa integración proviene de los impuestos que pagan millones de venezolanos sencillos y trabajadores.

El 2007 es un año ominoso para las oportunidades del país. Y no puede ser de otra manera, porque al fin y al cabo, ¿qué puede salir de la emulsión de Fulgencio Batista con Fidel Castro en un chorro de petrodólares?

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