Opinión Nacional

Entre mayorías y minorías, la limpia batalla de las ideas

Es una realidad que quienes comienzan una revolución no apuntan a los cambios que luego se generan, ya que las revoluciones, cuando son dignas y genuinas, tienen el hábito de extender su alcance de maneras que están más allá de la comprensión y el control de sus miembros.

La Revolución Americana, previa a la Revolución Francesa, causó la virtual extinción de la aristocracia, aunque algunos vestigios sobrevivieron en Nueva York, pero en general desapareció con el retiro de las tropas británicas; y lo que se extendió fue el derecho al sufragio, y subieron a la clase gobernante quienes antes no tenían derecho al voto, tan neófitos al quehacer gubernamental que su incompetencia generó burlas.

El estatus de la esclavitud también cambió, ya que comenzó a organizarse; Thomas Payne abogó por su abolición, pero no entró en la Constitución debido al extremismo conservador sureño; fue finalmente agregada a la Constitución en 1789.

La proposición de que todos los hombres son creados iguales impulsó la democracia económica en la estructura gubernamental y social, la igualdad en la oportunidad económica, funcionando principalmente en la tenencia de la tierra.

La tierra era de tremenda importancia para quienes vinieron de Europa; nueve de cada diez americanos vivían directamente de la tierra; y cualquier sistema que impidiera su libre y equitativa distribución por asentamiento, compra o herencia bloqueaba sus más caras aspiraciones.

Pero se habían importado ciertas costumbres inglesas: herencia sólo para el hijo mayor, la perpetuidad de las posesiones, la posesión de inmensos espacios por parte de un hombre, el pago de renta por parte de los agricultores.

Todo esto cambió de 1775 a 1795, y la tenencia de la tierra se hizo democrática; el derecho a la venta y la herencia por parte de todos los herederos fue universalmente reconocida.

Sin la apertura del inmenso reservorio de tierra abierta las cosas hubieran sido diferentes en cuanto a vida, pensamiento y literatura, especialmente en cuanto representa un reservorio alimentario autoabastecedor y exportador (tan diferente a los sistemas de propiedad estatal que tantos fracasos han acumulado, y que hasta China elimina hoy).

Aquí está implícito también el comienzo de la democratización de las escuelas, de un sistema educativo que dejó de ser prerrogativa de los ricos y los «bien nacidos»; los códigos bárbaros de la ley criminal y el brutal tratamiento de prisioneros se atacaron en nombre de la razón y la simple humanidad; también se liberó como nunca la libertad religiosa…

El pensamiento y la cultura francesas encontraron modelos intelectuales en América, apertura de gran importancia para la Revolución Francesa que pronto iba a tener repercusiones a ambos lados del Atlántico.

La revolución democrática se hizo representativa de un profundo sentido de transformación social, económica e intelectual. Sin la nivelación de procesos que fueron introducidos por esta revolución entre 1770 a 1800 jamás se hubiera sentido la aceleración del romanticismo de 1800 a 186O, y el romanticismo es el más grande hecho intelectual y literario jamás experimentado por los estadounidenses.

El romanticismo fue fundado sobre la creencia en la igualdad esencial del hombre, la bondad fundamental de la naturaleza humana y la fe permanente en la posibilidad de progreso.

Es igualmente interesante repasar la situación de un grupo más fuerte: la clase comercial, los hombres de negocios, quienes no estaban tan alarmados por la revolución democrática como descorazonados ante la perspectiva de un desarrollo empresarial seguro y próspero; no se atrevían a quejarse.

Los trece estados se mantenían unidos en una Confederación y el Congreso, el único poder gobernante de la confederación, que tenía insuficientes poderes para conseguir dinero por impuestos, para regular el comercio entre estados y otras naciones, para remediar las finanzas nacionales, o para establecer un sistema uniforme de cortes y leyes. Querían un gobierno central más fuerte con poder para regular y proteger el comercio foráneo y doméstico.

Tras la guerra, el período crítico de seis años (1783-1789)fue de reajustes; un reino de anarquía que la Constitución salvó justo a tiempo. Benjamín Franklin fue uno de los pocos agitadores revolucionarios presentes en la Convención Constitucional, en representación del sector liberal democratizador que encarnaba a los agricultores del oeste, y quien no era un entusiasta de la fuerte unión federal que deseaban los hombres de negocios.

Tomás Jefferson estaba en Francia y por vía de un amigo (Madison) logró que se impusiera una Constitución que aseguraba el bienestar público y los derechos privados, pero reclamó la omisión de la Ley de Derechos, que fue la primera enmienda constitucional aprobada.

Los dos puntos que se conjugaron en los escritores de la Constitución fueron: que un Estado fuertemente centralizado era altamente deseable y que la minoría debía ser protegida de la mayoría cuando la masa no actúa por motivos estrictamente acordes con la justicia y la ley; puntos de vista que son la esencia del federalismo y la aversión principal de los jeffersonianos.

La adopción de la Constitución acondicionó las tendencias liberalizadoras agrarias; el federalismo (conservador) ganó la primera batalla y comenzaron a moldear el gobierno de acuerdo a sus ideales de responsabilidad y autoridad a manos de «los ricos, bien nacidos y capaces».

Durante los próximos 12 años la oposición se hizo más y más fuerte, hasta que en 1800 la democracia jeffersoniana barrió hacia el olvido a los federalistas como partido.

La competencia sobre la Constitución indicó simplemente las líneas de separación entre liberales y conservadores. La próxima generación estaría a favor de los ideales liberales, del romanticismo y la democracia jeffersoniana, más aún debido al cataclismo que estalló como gran evento con la Revolución Francesa, que comenzó como una fuerza liberalizadora, nivelando tendencias en política, sociedad y economía.

El lema de «Libertad, Fraternidad, Igualdad» fue aplicado con venganza. Al principio la opinión estaba a favor de los revolucionarios; el corrupto y tiránico gobierno francés era igual al inglés; pero cuando los jacobinos tomaron control de la Revolución Francesa y comenzaron su Reino del Terror, bajó en entusiasmo.

La furia creada por la Revolución Francesa fue de gran importancia para frenar y equilibrar las tendencias aristocráticas que iban fortaleciéndose otra vez entre 1775 y 1783. Y esto acabó con el período de reacción ante la democracia americana, y se abrió el camino para el flujo de la democracia social y el romanticismo europeo.

Voltaire, Rosseau, d’Alembert, Montesquieu y muchos otros era calificados por los conservadores puritanos como «infieles», «ateos» y «corruptores de la juventud», y fueron defendidos y rescatados por los revolucionarios demócratas.

La batalla de las ideas continuó así limpiándose en la abierta y valiente confrontación que sólo espanta a las autocracias.

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