Opinión Nacional

Entropía, información y caos social en Venezuela

Hace diez años Venezuela transita por un escenario de caos social, aunque paradójicamente se trate de un caos por etapas y en cámara lenta. La Quinta República es el nombre de esa entropía y las políticas asumidas desde 1999, los instrumentos impulsadores de una crisis, considerada necesaria desde la óptica revolucionaria, calificada de forzosa según los opositores al modelo propuesto desde el Poder Ejecutivo. Indiferentemente la postura ideológica que se asuma, se trata de un conflicto que ha sido planificado, organizado y ejecutado siguiendo las pautas doctrinales de El Arte de la Guerra.

En este segundo ensayo nos formulamos dos inquietantes preguntas a las que pretendemos dar respuesta ¿Cómo se manifiesta en la sociedad venezolana la entropización generalizada que vive la población? ¿Cuáles son los signos y los síntomas de la ‘sobrecarga depresiva’ en el espacio psicosocial venezolano?

1.- Una aproximación epistemológica necesaria

La entropía (concepto que definimos en nuestro ensayo “Venezuela y las leyes del Caos Social”) es un evento dinámico que crece sin cesar en las estructuras fundamentales de la sociedad venezolana actual. La entropía social se sustenta en el Segundo Principio de la Termodinámica, el cual predice que con el tiempo suficiente, se produce el decaimiento irreversible de todas las estructuras sociales, pues… “lo ordenado dejará de serlo, tarde o temprano, dando paso al desorden”. Pero aunque este principio es lapidario y finisecular, todavía se agitan a nuestro alrededor miles de sistemas sociales complejos que de una forma u otra muestran un alto grado de orden. La vida en todas sus manifestaciones es un ejemplo. Las instituciones sociales, también.

La aparición de sistemas complejos en la sociedad, eso que identificamos como instituciones sociales, ONG’s, partidos y grupos, aparentemente actúan en forma similar a las estructuras de los sistemas cerrados, comunes en la naturaleza de las cosas, que son influenciadas por los principios de las ciencias exactas, pero a contrapelo de aquéllos, las sociedades en tanto sistemas abiertos, intercambian información además de energía y materia. A partir de sistemas sociales simples, aún en aquellos alejados del equilibrio institucional, la vida de las sociedades se autoorganiza de formas sorprendentes. La Segunda Ley se impone, pero mientras tanto se manifiesta un vórtice social: La emergencia espontánea de lo complejo.

La entropía no es otra cosa que una función de las variables que definen el estado de un sistema, cualquiera éste sea. La sociedad, la política que se hace y los elementos psicológicos y psicosociales que participan en la misma, también forman parte de un sistema social (Parsons, 1951), que se caracteriza por ser parcialmente cerrado y parcialmente abierto; ya que en el ámbito de lo humano o de lo social no pueden existir sistemas absolutamente
Cerrados.

Con el fin de anticipar hacia donde queremos llegar, es el momento de establecer una analogía que puede resultar interesante a los efectos del posterior tratamiento del tema: que la entropía es a las ciencias de la materia, lo que el cambio social o histórico es a las ciencias humanas.

En el plano de lo político, sobre todo cuando han dejado de existir los “votos cautivos”, los políticos no suelen tener en cuenta que cuando un voto se aleja de la disciplina electoral, no solamente se ha perdido ese voto, sino que el mismo ha sido ganado por la oposición. Nada se pierde, todo se transforma, es una afirmación falsamente materialista, que tiene su origen en una Ley química de Lavoissier, que también nos interesa, pero que es incapaz de concebir la nada y la muerte como un modo de final feliz para evitar la nada absoluta. También, esta existe en política y se expresa con la pérdida del votante —biológica y cívicamente muerto— que figuraba como cautivo en las plantillas de alguna expresión electoral. Es evidente que sería un desatino intelectual considerar a los nuevos empadronados como reemplazantes de aquella pérdida, ya que si bien, en términos de probabilidad, uno o más de uno reemplazará al muerto en la intención posible de voto, sin embargo no se tienen en cuenta las diferencias generacionales y situacionales de expresar la voluntad electoral por parte del soberano (Hobbes, 1651).

Asimismo, psicológicamente hablando, la pérdida de energía psíquica —o corporal— se traduce en lo que Freud llamó el instinto de muerte, que aunque no es universalmente aceptada, sinembargo es imposible negarla por el simple hecho de que todos los humanos nacen para terminar muriendo (Carpintero, 1997). Por otra parte, las ciencias sociales —especialmente en este caso que nos ocupa que son la historia, la política y la psicología— no pueden olvidar los principios de reversibilidad e irreversibilidad que genera el concepto de entropía.

Tanto los políticos como los analistas de la política —y sobre todos los que lo hacen desde la psicología— no pueden ignorar el sentido de la entropía producida por diversas razones, entre las que deben considerarse variables de orden objetivo/subjetivo como el estado de la economía, el respeto por las libertades individuales, el estado de dependencia o independencia en que se encuentre la Justicia y el Parlamento, etc.; como así también variables de estricto orden subjetivo —aunque no por eso desafectadas de las cuestiones objetivas— como son las motivaciones, el estado que transita la economía de «bolsillo» y la saturación por la permanencia o cristalización de un sistema o forma política de gobierno. Si esto no fuera así, bastaría con guardar los resultados de la primera elección de cada país y ya se tendría gobernante —o sistema de gobierno— «para la eternidad». Lo cual, sin duda, es un verdadero disparate, no solamente intelectual, sino también político en su sentido estrictamente republicano.

Si rescatamos estos conceptos —instinto de muerte y compulsión a la repetición— del ámbito de lo teórico y de la práctica clínica, y los trasladamos al campo de los fenómenos sociales en general y al de los hechos políticos en particular, entonces nos muestran en forma casi continua que existen acciones que suponen verdaderos suicidios políticos, tanto de dirigentes como de organizaciones partidarias ¿Qué es lo que lleva a un dirigente o candidato político a hacer lecturas disparatadas de la realidad que, obviamente, terminan en rotundos fracasos?

Algunos analistas suelen hablar de entornos siniestros y manejables, pero más allá de esta explicación simplista, una persona o un grupo, frecuentemente, llegan a alcanzar niveles altos de poder político. Esto implica que en su momento llegan a tener un claro principio de realidad, pero después de un tiempo acometen las más insensatas acciones que les hacen perder rápida —o lentamente— el terreno duramente ganado en las luchas por el poder.

La historia está plagada de estos episodios, llámense los antiguos Imperios: Persa, Romano, Germánico, Carolingio, etc., o bien tomen el nombre y apellido de demócratas o dictadores que pretendieron perpetuarse en el poder por sí mismos, o a través de sistemas «que duren un milenio» (Hitler). La historia es elocuente y lapidaria, éstos terminan cayendo desde la cima más alta del poder al espacio llano del pueblo; en otros casos han perdido la cabeza a manos de aquéllos que durante un tiempo —largo o corto, no importa cuánto— acataron sus mandatos.

En este caso, creemos que es válida la explicación que proporciona la entropía. La energía que se tuvo en un principio se agota, incluso se degrada en formas de gobierno corruptas y en otros casos llega a la cristalización paralizante, con lo cual ya poca vida le queda. Pero no solamente la energía del gobernante se degrada o se agota, lo mismo ocurre con la energía de los pueblos, los cuales parecen saturarse de las consignas cuando ya han sido logradas o cuando no hay nada nuevo que ofrecerles.

Este fenómeno político-social, se puede explicar por medio del concepto de entropía, ya que existe una dispersión de la energía que no se puede retomar y entonces, cuando el organismo se ha quedado sin energía, irremediablemente se muere. Esto no es una metáfora tomada de la biología, es una realidad que ocurre en todo cuerpo social y que permite explicar la desaparición de sistemas políticos que se creían indestructibles. El llamado comienzo del séptimo año no es gratuito. Como tampoco ha sido gratuito ni azaroso el sentido dado a las constituciones políticas que impedían la reelección del mandato de los gobernantes. No tenían por objetivo preservar incólume la figura del gobernante, su objetivo era dar al pueblo la posibilidad de buscar algo nuevo en materia de gobierno, aunque después de algún tiempo cayeran en la compulsión a la repetición e hiciese retornar al antiguo gobernante.

Para el contrastar el caso venezolano, nada mejor que los actuales renacimientos nazis o stalinistas que se están dando por toda Europa y que, en América Latina, se vienen expresando como moneda corriente con múltiples dictadores y pretendidos demócratas —o malos aprendices de tales— de raigambre populista que han entrado en la moda de institucionalizar las reelecciones. Es como si el calor, retomando el principio termodinámico, cuando se ha tornado mecánico, es imposible de que vuelva a tener la misma cuota ni calidad original, de aquel que llevó a la cúspide política de gobierno al interesado, al quedar convertido, por esta razón, en un mero proceso mecánico haya perdido el sentido mesiánico que daba calor —y color— a una postulación política.

Este fenómeno de desgaste de energía, no solamente se puede ver en quienes detentan o han detentado el poder; también les ocurre a los dirigentes de la oposición que —al igual que los astros— llegan a un cenit y luego se eclipsan políticamente. Es evidente que la habilidad de un político —y de los analistas que lo aconsejan— tendría que apoyarse en la acertada lectura del imaginario y de los imaginarios que circulan por su espacio social; pero la experiencia nos indica que no es habitual que se produzca de este modo la conducta política en el gobernante. Al contrario, es frecuente que el político o el partido político que ocupa el poder pierda toda o gran parte de la capacidad para entender las exigencias actuales de sus gobernados, que manifiestan otras necesidades distintas a las que lo llevaron a la cima del poder público.

Félix Luna lo explica de esta manera:

“La sensualidad del poder, el aislamiento del gobernante, la certidumbre continua, pueden ocasionar dificultades. El político que triunfó levantando una bandera seductora no se da cuenta que su causa se marchita. Está cada vez más solo y la realidad, que antes intuía o conocía, se convierte en una abstracción modificable por la voluntad”.

Como vemos, el marchitarse de una causa también tiene una explicación orgánica, es la falta de energía para continuarla o reemplazarla por otra que sea más convincente y que responda a las reivindicaciones del electorado.

Comprender los orígenes de la complejidad social venezolana no es fácil. Tampoco su ‘punto de quiebre’ o de inicio, pues lo que asumimos como complejidad social se halla a medio camino entre el orden y el caos. La entropía, entonces, juega un papel importante en esta exploración de los fenómenos sociales dinámicos, así como también lo es el Primer Aserto de la Ley de la Termodinámica, el cual sostiene, e incluso demuestra matemáticamente, que …”la entropía siempre es ascendente”. Por lo tanto, la entropía es una magnitud a tener en cuenta cuando analicemos las propiedades de la evolución temporal de sistemas sociales, incluso los divergentes entre sí.

Matemáticamente, la entropía es el valor medio de la autoinformación (llamada también información subjetiva), y ésta, referida a un suceso social se define matemáticamente así:
I(Ax) = -log(px)
No es nuestra intención abrumar al lector con complicados cálculos algorítmicos. Tan sólo mostrar que en tanto fenómeno social perceptible, la entropía también posee características que pueden ser cuantificadas y que le dan consistencia ponderable a su cualidad: Es una magnitud.

Pero en el análisis entrópico del comportamiento de los grupos sociales hay que considerar una variable supremamente importante: la diversidad. Ramón Margalef nos aporta un enfoque por demás maravilloso sobre este concepto: “La diversidad es una expresión de la estructura resultante de la forma en la que interaccionan los individuos del sistema social”. La diversidad, entonces, no sólo explica el fundamento epistemológico de la entropía, sino que se transforma en un elemento necesario en el sostenimiento de una estructura social compleja: Si la diversidad social es reducida, las posibilidades de mantener una estructura social compleja se reducen, si la diversidad es muy elevada, será difícil mantener la funcionalidad del aparato social, a menos que otras propiedades de la estructura social se modifiquen adecuadamente.

Para muchos analistas y psicólogos sociales existe una relación muy estrecha entre la diversidad social y la forma en que las distintas estructuras del sistema social se relacionan entre sí. Ello puede expresarse mediante una medida de conectividad. Se ha demostrado que existe una clara relación decreciente en la ecuación social: a mayor diversidad social menor conectividad entre sus integrantes, pero en investigaciones más recientes sobre movilidad social, estructura y comportamiento grupal se observa una relación aún más acusada entre el número de individuos y la conectividad. Estas relaciones se manifiestan a través de los medios de comunicación social y de otros medios de comunicación alternativo, como la Internet, y expresan el balance existente entre el número de distintos elementos que integran el sistema social (ya sean grupos, asociaciones o instituciones) y el grado de relación directa que existe entre dichos elementos sociales. Para que los grupos sociales logren un buen funcionamiento, si el número de individuos se hace mayor, la flexibilidad social necesaria se obtiene haciendo menos rígida la relación entre las partes o, lo que es lo mismo, reduciendo los valores de extrusión de la conectividad grupal.

Estos postulados sociológicos confirman que para comprender adecuadamente la compleja movilidad de un sistema social necesitamos alguna medida en la que se introduzca el grado de relación entre las partes, vale decir, la cuantificación de la conectividad entre los individuos de un conglomerado o cualquier otra organización social. Apuntamos en el ensayo “Venezuela y las Leyes del Caos Social” que… “la entropía de un sistema social crece asintóticamente hasta alcanzar su máxima valoración” lo cual equivale a decir que la evolución espontánea de los colectivos sociales conducen, inevitablemente, hacia un estadio de desorden máximo: El caos social.

Los sistemas sociales complejos y los desarrollados que evolucionan hacia ese estadio de máxima entropía presentan una distribución no uniforme de los miembros que la integran, así como también de las organizaciones que estructuran la red intra institucional que le da corpus, mientras que en los sistemas en los que no hay interacción sustantiva entre los elementos que la integran, ni entre éstos y el entorno macro social (típico de los sistemas sociales aislados) se evoluciona más rápidamente hacia el estadio de máxima entropía. Sin embargo, el intercambio de información fluida, dinámica y de doble vía se presenta con más desarrollo cuando los sistemas sociales son más complejos. Las más de las veces, este intercambio de información es muy simple (un saludo, una conversación informal), en ocasiones es más sutil pero no por ello menos trascendente (una mirada de aprobación o de rechazo, el aislamiento grupal o el reconocimiento social) A todo evento, la elaboración, emisión y recepción de los mensajes está detrás de la mayoría de los fenómenos sociales que nos rodean.

Por décadas, la Teoría de la Información ha intentado cuantificar la magnitud del impacto del intercambio de información en el desarrollo de los conglomerados sociales; a pesar de los innumerables esfuerzos que la ciencias sociales han destinado al logro de ese objetivo, es en las ciencias exactas donde se han producido interesantes hallazgos que permiten construir un sustrato válido y comprobable a los postulados de la Teoría de la Información. Los estudios sobre información mutua y función de correlación (Li 1999) son un referente obligado para quienes deseen profundizar aún más en ese campo.

2.- Entropización de la sociedad venezolana.

Sociedad y caos.

Turbulencia política, desórdenes sociales, caos financiero, la sociedad entera sumergiéndose en una situación caótica, transición a la democracia o caos, son expresiones utilizadas de manera cada vez más recurrente por analistas políticos y especialistas en ciencias sociales para intentar explicar el acontecer de una sociedad enfrentada a una crisis profunda que se reproduce en todos los niveles y espacios del entramado político, económico, social y cultural del país. Una sociedad institucionalmente desarticulada que, sin embargo, muestra algunos intentos por arribar a un nuevo orden surgido de la misma condición caótica en la que se encuentra.

Hemos afirmado anteriormente, y lo reafirmamos aquí, que en los sistemas sociales, así como en los sistemas naturales, la presencia y el consecuencial aumento de la entropía es un proceso constante. La entropía social, por otro lado, proviene tanto de la dinámica de los sistemas internos de las sociedades como de medios externos a ella. De hecho, en los sistemas ambientales se pueden identificar dinámicas caóticas que son fundamentalmente generadoras de entropía; es el caso de fenómenos como El Niño, el ciclo eruptivo del vulcanismo, la aparición periódica de pestes, etc. En los sistemas sociales, tales dinámicas caóticas están precedidas por una prolongada etapa de entropización, en las que se evidencias las contradicciones de forma y fondo, que conducen a estadios sociales totalitarios y centralizadores, que no son más que la manifestación evidente de una entropía social latente.

La entropía social es, por acción y definición, un fenómeno cíclico, complejo y dinámico, a partir del cual puede afirmarse que toda sociedad tiene en sí misma el germen de su diversidad, de su progresión, pero también del caos necesario para engendrarlos. Esta predestinación puede deberse a infinidad de factores, pero son los factores de orden político aquellos que más profundamente inciden en el desempeño entrópico y ulteriormente caótico de los conglomerados sociales.

El sistema-sociedad es como un sistema biológico evolucionado. La materia social que lo integra se compone de la materia viva de los seres humanos, más la materia inerte en forma de objetos y bienes que los seres humanos han incorporado al sistema con su trabajo. La sociedad es un similar a un sub-sistema biológico en crecimiento, por lo que necesita consumir y degradar energía para integrarse, estructurarse y diferenciarse del medio ambiente. El desarrollo y crecimiento del sistema-sociedad no son homogéneos. Las partes más estructuradas, más integradas y más diferenciadas, es decir, las menos entrópicas, son las más inestables y las que guardan mayor desequilibrio con el ambiente.

Esta contradicción del sistema-sociedad entre el crecimiento, estructuración y desarrollo, por una parte, y desequilibrio e inestabilidad por la otra, es fundamental para entender y prever la extinción de partes del sistema-sociedad o de la totalidad del sistema. Llegado el momento en que no se puede mantener el desequilibro y la diferenciación del sistema, sobreviene la destrucción del mismo; tal como sucede con la muerte de los organismos vivos.

Todas las manifestaciones de la violencia, las guerras, la destrucción ambiental y otros aspectos negativos de la conducta social, resultan de la contradicción entre desarrollo, integración y entropía negativa, dentro del sistema en crecimiento y la tendencia del universo hacia la entropía total.

Por ello, la ‘entropización’ de la sociedad venezolana, que se inició con el advenimiento ‘caótico’ del golpe de estado de 1992, no es más que un fenómeno cíclico-imperfecto, más o menos dramático en relación directa con la estabilidad de las instituciones y la madurez social de los individuos, que se sucede más como consecuencia de múltiples procesos y menos por la causa de un fenómeno social aislado. Trasladado este concepto al ámbito de la sociología, se habla de entropía social como aquella doctrina que refleja el avance inevitable de las sociedades hacia su ocaso y degeneración, de la misma manera que la energía cósmica se disipa. En definitiva, la entropía social se asocia a la degradación de la energía institucional y la generación del desorden necesario para el resurgimiento de nuevas y más perfectas organizaciones sociales.

En esta tesitura, y atendiendo a la temprana edad e inmadurez emocional de nuestro país, toda crisis social, económica y política forma parte de un escenario en el cual actúan tres fuerzas antagónicas entre sí: El orden constituido, que defiende y sostiene los procesos controlentrópicos; la oposición, que persigue el derrumbe de dicho orden para reemplazarlo por el suyo propio; y la tendencia hacia un aumento de la entropía social que genera todo conflicto social.

La crisis, en particular la económica, ya está influenciando a los sistemas sociales latinoamericanos, con especial énfasis en los enfoques políticos populistas de todos los países de la subregión y ello seguramente generará tensiones más profundas en la siempre difícil y conflictiva relación entre los Estados y los países al Sur del Río Grande, ya que las sociedades de éstos demandarán acciones más eficientes y transparentes de sus gobernantes, mientras éstos no van a disponer, ni de los recursos económicos ni de los programas políticos sustentables para responder. Para muchos analistas de la psicología social latinoamericana, y también para los economistas expertos en el impacto de las medidas macroeconómicas de corte populista, es previsible un aumento de la frustración y del descontento popular y por ello, la generalización de actos de protesta y violencia social.

Esta situación será el caldo de cultivo ideal para que grupos tradicionalmente enfrentados a la institucionalidad y a la legalidad de las sociedades (terrorismo, guerrilla, narcotráfico, trata de blancas y de niños, contrabando, lavado de dinero) incrementen sus actividades y provoquen el surgimiento de ‘vórtices sociales’ que podrían adelantar o incluso precipitar una situación caótica generalizada. Las sociedades que estén mejor equipadas en lo económico pero esencialmente en lo ético para enfrentar la crisis, es decir, aquellas sociedades que tienen mayores niveles de institucionalización, abordarán el inminente paso de la entropización hacia el caos en forma más adecuada, pues tendrán a su favor la solvencia institucional de una estructura social con fundaciones éticas consolidadas y una población enraizada en valores mutuamente compartidos y practicados.

El surgimiento, o más acertadamente, la imposición desde adentro de las sociedades de ‘vórtices caóticos’ se compagina con el enfoque que hemos sostenido en párrafos anteriores: Dentro de un sistema social cerrado la exposición de los hábitos negativos – energía cuántica inversa – tiene un desgaste sin recuperación, que dependiendo del estadio evolutivo, del crecimiento y la madurez de la sociedad, se puede extrapolar a un ocaso irremisible, a una crisis terminal desde la cual, y una vez superado el trauma de tan largo sometimiento, habrá un renacimiento o reencuentro con otros valores humanos.

Derecho y caos.

Ambos conceptos parecen irreconciliables y antitéticos, pero las actuales investigaciones del Derecho en la postmodernidad, junto al nacimiento de las diversas teorías sobre el caos contribuyen a entender la evolución de éste en el Derecho, el más importante de los sistemas de control social. El Derecho postmoderno es, a no dudar, un sistema altamente complejo que mantiene su complejidad en los subsistemas que aplican tanto a una Nación como a una región, a una comunidad o al mismísimo Derecho Internacional, que como meta-sistema, contiene a los otros como subsistemas de sí mismo.

Ese sistema es un mecanismo de control social, e indirectamente de control ecológico, pero la sociedad que controla el Derecho y el subsistema ecológico sobre el que influye indirectamente se han vuelto extraordinariamente complejos, en especial a partir del avance de la comunicación digital y satelital y los progresos sostenidos de la biotecnología.

Bolz afirma que…”cuanto más complejo es un sistema, tanto más resulta imposible su conducción consciente”, lo cual significa que cuanto más compleja es la sociedad, tanto más posible es una decisión fallida. Por ello afirma Bolz que los sistemas sociales deben abandonar para siempre los modelos físicos de organización y darle puerta franca a conocimientos como la biotecnología y la teoría del caos.

El legislador postmoderno se enfrenta a la posibilidad cierta de que sus decisiones, antes que establecer un equilibrio social, conduzcan hacia imprevisibles fluctuaciones de consecuencias terribles, porque es muy común en nuestro mundo postmoderno la toma de decisiones en situaciones de desinformación parcial o de información insuficiente, creándose en la práctica el paradigma mediante el cual el presente no tiene tiempo para la razón.

El sentido de los sistemas complejos no es el resultado de proyectos ordenatorios. La afirmación de Bolz es tajante: “El orden planificado es una trampa de la razón”, por ello que modificando los hábitos adquiridos por nuestros juristas a través de una jurisprudencia acumulada de más de veinte siglos, se podrá cambiar la base del paradigma determinista, mecanicista, que opera linealmente con los conceptos de causa y efecto, imputación y sanción, pues cuanto más complejo es un sistema social, tanto menos se le puede regular mediante esquemas de pensamiento lineal. Ilya Prigogine afirma, en “Regresa el poeta de la física” que ”En el lugar de la razón planificadora tiene que aparecer una nueva apertura para procesos de auto organización jurídica”. Tal vez por esa visión es que puede decirse que el derecho está en el camino de la utopía de la razón planificadora.

Pero no todo lo que llamamos caos, es decir a lo que no podemos comprender, es caos verdadero, pues el caos se reconoce como realidad disipativa, vale decir, el mundo de la dispersión y la división. Caos es la apariencia que presentan situaciones de muy alta complejidad, no siendo necesariamente opuesto a ‘orden’. Los ordenamientos complejos de la economía postmoderna y los sistemas dinámicos que le imprime la sociedad al Derecho se hallan al borde del caos y se regeneran a través de él. Y entonces surge una de las afirmaciones más hermosas y al mismo tiempo más terribles, de la pluma de Bolz: “Sin caos no hay libertad, y sin ella es imposible el imperatur legis”.

Así concebido, el antiguo dilema filosófico, referido a cómo es posible el libre albedrío en un mundo dominado por leyes naturales, encuentra una sorprendente solución cuando los sistemas legales deterministas muestran un comportamiento caótico; y es entonces ese caos el espacio que se construye la libertad individual en medio de las leyes. La investigación sistémica del caos en el Derecho ha conducido a dos entendimientos fundamentales. El caos tiene un orden oculto y el orden puede transformarse en caos. Concibiéndolo de esta manera, la teoría de los sistemas disipativos, el constructivismo radical y la cibernética de tercera generación posibilitan comprender a la sociedad como un sistema nervioso complejo y vivo, con decisiones normatizadas y decisiones descentralizadas, en el que los subsistemas de control político funcionan como una sinapsis o multitud de individuos que actúan en paralelo y de forma simultánea, a partir de reglas sencillas, para hacer emerger un comportamiento colectivo inteligente susceptible de resolver los problemas que se plantean en las comunidades.

Erwin Laszlo ha señalado, a propósito de este tema, que de tiempo en tiempo, las sociedades entran en un estado caótico, que él no lo asocia con la anarquía (uno de los Disparadores del caos que analizaremos en el próximo ensayo) sino más bien con la ultra sensibilidad social como manifestación visible o preludio del cambio. “En una condición caótica” – afirma Albert Ross en ‘Sobre El Derecho’, p.p.87 – “la sociedad es sensible a cualquier pequeña fluctuación, a toda nueva idea, nuevo movimiento, nueva manera de pensar y actuar”. Una afirmación que convalida Francis Bailleau en su libro ‘Les mutations desordenées de la société francaise / 1991 p.682,
“Cuando las relaciones ente individuos que componen una sociedad cesan de estar marcados por los ritmos y por la participación en valores comunes, la noción de anomia permite definir un momento característico del cambio social.”
José V. Rubio, en su obra ‘Pedagogía del caos’ advierte que un jurista ignorante o al margen de las características de la época, de la condición que adoptan los fenómenos y las formas de aproximación social que se configuran alrededor de ellos no podría comprender este tipo de procesos, y ante la posibilidad de que un sistema social (y su subsistema jurídico) se dispare en múltiples direcciones y lejos del equilibrio, y de que sus elementos adquieran mayor autonomía jurídica, y de que el comportamiento global se haga cada vez más impredecible puesto que no exista alguien o algo que ejecute un proceso controlentrópico positivo, el jurista podría sentirse que asiste al nacimiento de un subsistema legal novísimo y de alto poder destructivo sobre toda jurisprudencia.

Ralph Losey, en un trabajo divulgado recientemente por Internet, afirma que el sistema del Derecho Continental, originado por el Código Napoleón, está basado en leyes, en normas estáticas escritas, mientras que el derecho británico, el Common Law aunque incluye leyes está estructurado esencialmente en el Derecho del Caso, en decisiones tomadas por los jueces considerando hechos únicos en las que se interpretan las leyes originarias o fundamentales. Losey cita al juez Aldisert (Juez de la Corte de Apelación estadounidense del Tercer Circuito) quien señala que el epicentro legislativo del Common Law es la adjudicación de casos específicos y que por esta razón es inherentemente flexible y cambiante con el tiempo y las circunstancias.

A medida que las organizaciones sociales se transforman de pirámides a redes, la forma esencial en la toma de decisiones también cambia y pasa de ser un flujo vertical a un orden horizontal en el que todos los implicados en un caso negocian a partir de las leyes y sobre todo, a partir de casos específicos, con toda su carga subjetiva e interpretativa de la Ley.

El creciente y sostenido uso de los métodos alternativos para la solución de conflictos, junto con el incremento en la atribución de facultades y mecanismos alternativos a los jueces, amén de la mayor delegación legislativa, son demostraciones de cómo el derecho se legisla y se reorganiza al borde del caos social. El entendimiento fundamental, que consiste en apreciar que en el caos hay un orden oculto y que del orden puede sobrevenir el caos, incide en que en las legislaciones y en los tribunales postmodernos se utilicen cada vez más las cuatro reglas básicas del manejo del caos social: 1.- La mutación de organización a orden espontáneo. 2.- La auto organización social por encima de la planificación. 3.- La estabilidad dinámica de la norma versus la estaticidad normativa de la ley dentro de un contexto flexible e interpretativo y 4.- La autonomía judicial del juez con dependencia exclusiva en la retroalimentación del entorno.

Ahora bien, el sistema jurídico, tanto en la perspectiva antigua, cuanto en la moderna, presenta una estructura jerárquica de sus elementos y conforma un universo cerrado y autosuficiente. Nada hay que sea derecho fuera del sistema y todo lo que integra el sistema es derecho. En la perspectiva posmoderna, en cambio, es visto como un sistema abierto. Las diferencias, según el modelo que se adopte (cerrado o abierto), resultan importantes no sólo respecto de la definición del derecho, sino también y principalmente, por las consecuencias que se siguen de la elección.

Es necesario tener en cuenta que, para poder definir un sistema abierto es necesaria la definición de una función del sistema, vale decir, del objetivo general del mismo. Asimismo corresponderá delimitar la estructura del sistema, compuesta de aquellos elementos permanentes del mismo que se relacionan con la función. Y, deberá prestarse atención al entorno, es decir, a todo aquello que desde fuera del sistema interactúa con él, tanto sea lo que permita su funcionamiento o que tiende a impedirlo.

Si realizamos esas investigaciones sobre los sistemas jurídicos existentes y actuantes en la actualidad, especialmente en países desarrollados y en algunos en desarrollo como Venezuela, y también en el sistema del derecho internacional, observaremos diáfanamente las características que, para otras áreas de la realidad, exhiben los que Ilya Prigogine denomina «sistemas lejos del equilibrio» y que por ello se están produciendo bifurcaciones que hacen que cambien sus características y adquieran nuevas y distintas.

Los sistemas sociales, económicos y políticos en los que vivimos inmersos están crecientemente «estresados» y más tarde o temprano sus caminos evolucionarios tienen que bifurcarse. Ahora bien, lo que Prigogine denomina el punto de bifurcación es el momento en que un sistema salta a un nivel superior de organización o se desintegra por completo, tal como conceptualiza Erwin Laszlo en el Capítulo 3 de su obra:

“..Habrá un período de transición en el que los sistemas complejos que hemos creado se bifurcarán. Sería conveniente saber qué significa esto y cómo encararlo. Familiarizarse con el nuevo significado de la palabra bifurcación es uno de los conocimientos fundamentales de nuestra época… El signficado básico de bifurcación es un súbito cambio de dirección en la manera en que los sistemas se desenvuelven… Las bifurcaciones se desencadenan cuando sistemas complejos están sobre tensionados, más allá de su umbral de estabilidad. Hasta ese punto el comportamiento de los sistemas es relativamente ordenado, hay oscilación periódica, es decir movimiento alrededor o hacia determinado estado, o estabilidad en uno u otro estado. Pero más allá del punto crítico, el orden se rompe y el sistema cae en el caos. Su comportamiento ya no es predecible, aunque tampoco es enteramente azaroso. En la mayoría de la clase de sistemas complejos el caos da paso, por último a una nueva variedad de orden… Nosotros mismos y las estructuras ecológicas, sociales, económicas y políticas en que vivimos constituímos sistemas complejos. Estas estructuras se desenvuelven y tarde o temprano sus vías evolutivas se bifurcan. Nuestro mundo está sujeto a a súbitos y sorprendentes cambios de fase…».

De allí que en nuestra época, como señala Fernández Vicente el Derecho en su consideración sistémica debe integrarse como sistema normativo (formal), sistema social (real) y sistema axiológico (valorativo), a riesgo de perderse en aproximaciones parciales e incompletas que no permitan su comprensión global. La corriente del pensamiento y la actividad jurídica deja de ser unidireccional como postulaba la teoría tradicional (el silogismo como estructura del pensamiento jurídico de subsunción) para rescatar como específicamente jurídica también la información que le llega al jurista desde la realidad y los no-juristas, proponiendo problemas socio-jurídicos constantemente renovados por la experiencia vital, social, así como también proporcionando soluciones que la experiencia social asume y que pueden diferir de las previstas en el sistema jurídico.

De esta manera el sistema queda abierto al reflujo de comunicación con el medio controlado, adquiriendo el orden jurídico flexibilidad y apertura ante el cambio, que, como tal, queda incorporado al propio sistema como elemento normal, funcional, del mismo. El concepto de retroalimentación legal viene de este modo a sustituir al concepto de equilibrio. El análisis tradicional, mecanicista, del equilibrio es sustituido por un sistema móvil, constantemente abierto a la recepción de la comunicación que a su vez reciba del medio para adaptarse al mismo transformando si es preciso al propio sistema. Mientras el concepto tradicional de «equilibrio» se limitaba a descripciones de estados constantes, el concepto cibernético de retroalimentación se basa en la dinámica plena e incluye al cambio de estado como aspecto inherente y necesario de la operación de sistemas legales en sintonía con la dinámica del caos social.

Ahora nos encontramos en un nuevo momento de bifurcación, los sistemas jurídicos de la modernidad, de los Estados nacionales, están en crisis. La época posterior a la Segunda Guerra Mundial, estos últimos cincuenta años, han traído profundas transformaciones, en todas las áreas del conocimiento y la tecnología, se han complejizado tanto las relaciones sociales, por el crecimiento absolutamente extraordinario de los medios de comunicación (el avión, el satélite, la televisión, el fax, el correo electrónico, Internet, etc.), la economía global y la explotación de los recursos naturales frente a la explosión de la población, todo ello ha hecho surgir nuevas funciones que el derecho debe asumir no solamente a nivel del sistema social, sino también del ecológico17 por lo que están dadas las condiciones para que, sometido a todas estas influencias del entorno social y natural, se transforme, su estructura devenga diferente, sus funciones se amplíen y modifiquen. El sistema jurídico mundial, y sus subsistemas nacionales están otra vez lejos del equilibrio como señala Rodríguez Delgado:

“Un observador, aplicando escalas temporales variables, puede ver el mismo sistema como permanente, homeostático o transformado en otros sistemas cualitativamente diferentes. (Rodriguez Delgado, Rafael «SystemsDialectics for integrated Development», en International Systems Science Handbook,Ed. Rafael R. Delgado y Bela H .Banaty, 1993, p. 350).

Este planteamiento también es sostenido y avalado por Charles Francois en «El cerebro Planetario» (Cuadernos Gesi-AATGSC, nº.12-II)

”Se está produciendo el nacimiento de comunidades políticas trasnacionales, la aparición de una red financiera mundial; la multiplicación y la desnacionalización progresiva de grandes empresas mundiales; el nacimiento de una conciencia ecológica que trasciende las fronteras y las disciplinas especializadas, el establecimiento de redes transcontinentales de información científica y técnica. Todo ello corresponde a la emergencia por estructuración disipativa de mega-o meta-estructuras globales que van ,parecería, en forma inevitable, a imponer un orden de nivel superior a la indispensable convivencia armónica del hombre con su planeta.»(p.111).

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En efecto, ya se producen varios fenómenos en el ámbito del derecho, en forma simultánea: Por una parte el derecho internacional se transforma rápidamente y asume una función creciente y dominante sobre los sistemas jurídicos nacionales. Los sistemas jurídicos de los diversos Estados se interrelacionan cada vez más entre sí y forman sistemas jurídicos internacionales de diversa envergadura, que se orientan rápidamente a constituir un sistema jurídico mundial. De la noción del derecho internacional como un «derecho primitivo», expresado a través de la «comitas gentium» y el principio de «pacta sunt servanda», en pocos decenios se ha pasado a organizaciones complejas y estructuradas como las Naciones Unidas, la Comunidad Europea, la Organización de los Estados Americanos, el Mercosur, etc., estructuras jurídicas que poseen inclusive tribunales con imperium no solamente sobre los Estados Nacionales, con diversa intensidad, sino aún sobre los sujetos de derecho (personas físicas y jurídicas) de esos Estados. Pero de forma simultánea, también se produce el fenómeno de la regionalización, es decir del fraccionamiento de las naciones tradicionales, como los movimientos en este sentido en Italia, Quebec (Canadá), el Sur del Brasil, el País Vasco, la desintegración de Yugoslavia, con sus secuelas jurídicas

El Derecho está empezando a dejar de ser una estructura monolítica de grandes conjuntos de normas generales legisladas por distintos órganos y de aparatos genéricos para administrar justicia, como los tribunales, para ‘caotizarse’ y bifurcarse, a través de mecanismos alternativos que surgen de manera espontánea en los conglomerados sociales para la solución de conflictos como la negociación inter pares’, el arbitraje dialogado, la mediación por tercería y otros mecanismos alter legis a través de instituciones impensadas hasta hace poco, como el ‘Derecho Ambiental, cuya implicación hace que ya no sea considerado una ‘rama del derecho’ sino un corpus legal estructurado y funcionalmente diferente, así como también la noción de los ‘Derechos Difusos’ que apuntan a una individualización creciente de las decisiones, antes adoptadas desde una posición la jerárquica, monolítica y estructurada de jueces y legisladores.

Psicología Social y Caos

Si el caos puede entenderse como un concepto especializado, proveniente de una terminología convencional que se designa para el comportamiento no periódico (Lorenz, 1993), entonces existe una infinidad de fenómenos o acontecimientos que se suceden de esa manera, en cualquiera de los planos en donde se quiera mirar: físico, social, económico, político, psicológico, afectivo, etc. La forma en que se estrellará un cristal después de que una piedra choque contra este, es impredecible. Como también lo es el enamoramiento porque no se planea, predice o formula, sino que aparece de pronto, de entre un conjunto infinito de posibilidades, situaciones y condiciones. Dos de sus rasgos característicos son la unicidad que lo distingue de otras cosas y su no periodicidad. Así como no se puede establecer que la temperatura de un día determinado sea de N grados centígrados, tampoco se puede determinar qué el día le ocurrirá el enamoramiento a alguien.

La temperatura como el enamoramiento son comportamientos no periódicos. El enamoramiento no ocurre cada cinco minutos a la misma persona, pero no hay garantía de que esto sea imposible. Las personas se pueden enamorar de dos o tres personas a la vez. El comportamiento y la cognición son caóticos, la realidad es compleja. El caos implica movimiento, similar al de las moléculas de un gas (Pagels, 1988) y parece haber consenso en que se antepone al orden o los movimientos ordenados y periódicos. En el campo de la física, ni hablar. El caos psicológico es situacional, como posibilidad y rareza. Es extraño en tanto que no es familiar y alarmante porque se presenta de manera sorpresiva. Las revoluciones sociales son movimientos caóticos de masas que nadie esperaba, sin embargo aparecen como algo obvio en boca de los analistas una vez discutida las condiciones históricas que les determinaron. Sin embargo, aún no se puede determinar con prestancia la periodicidad con la que aparecen. De lo contrario no habría guerrillas ni todas esas cosas que suenan a antiimperialismo.

En el caos limitado, encontrar un comportamiento no periódico […] aunque sea posible, su probabilidad es cero. En el caos total, la probabilidad de encontrar un comportamiento periódico es cero (Lorenz, 1993). Y en efecto, aunque sea posible, la probabilidad de encontrar odio en el amor, es cero. Sin embargo en Yo, siempre hay Otro. Sin importar que sea posible o no, es poco probable que haya racionalidad en las masas una vez que se han despertado iracundas. Mucho menos que haya compasión en el terror, sobre todo cuando este debe infundirse a toda costa. Pero sucede que hay memoria en el olvido y rencor en el perdón. Y alegría en la tristeza en forma de nostalgia. Esto porque la probabilidad cero no es sinónimo de imposibilidad. Lo probable no está hecho de fantasías e imaginación sino de posibilidad plausible, aunque sea infinita. El caos habita en el reino de la imprecisión. Y para efectos didácticos, cada quien puede crear su propio caos. Dentro de cada orden, existe un caos indescriptible.

Un cristal de diamante, por ejemplo, con sus átomos prolijamente dispuestos, es «ordenado»; una rosa, en la cual juega tanto el azar como el orden en la disposición de sus partes, es «compleja» (Pagels, 1988). La complejidad tiende u puente entre orden y caos. Las situaciones, fenómenos y procesos sociales y psicológicos son complejos por naturaleza. La psicología pudo haberse empeñado durante décadas a la comprensión de la complejidad de la mente pero sólo ha logrado establecer un complejo sistema de comprensión de esta. El lenguaje psicológico es un conjunto de términos especializados que se llaman tecnicismos y todos sabemos y estamos de acuerdo que la realidad psicológica no es un conjunto de tecnicismos. ¿Qué podría ser más complejo que el conjunto de Mandelbrot? Quizá el modelo meterológico global, quizá la anatomía de un ser humano (Lorenz, 1993). En el mundo de la complejidad, las valoraciones tan…como, no tienen cabida: no se podría decir que los surcos causados por el viento sobre la nieve son tan complejos como un triángulo amoroso o un conflicto internacional. Es decir, cada sistema o cada nivel de realidad, posee su propia complejidad que le caracteriza y lo distingue de otros tantos. De otra forma no se hubieran inventado tantas psicologías para estudiar el comportamiento si este, no fuera complejo por naturaleza. Complejidad, orden y caos, conforman la estética de la naturaleza y, a estas alturas, es difícil hablar de realidad psicológica por un lado y realidad social por otro. Esto porque a una situación se dan cita un infinito número de posibilidades que la hacen única e inolvidable en tanto que sólo ocurre una de esas posibilidades entre tantas, pero el conjunto de variables que se encuentran presentes ahí, también es infinito, de lo contrario, la gente triste no lloraría porque la mosca volara de un lugar a otro.

Si las situaciones no fueran complejas por naturaleza, no habría nada qué pensarles y todo el mundo las entendería, se parecerían a las paredes sin pintar, serían simples. La realidad no se presenta fragmentada, lo social por un lado y lo psicológico por otro. La psicología social, para ganar complejidad, debe renunciar a las dualidades que ha dado por sentadas. Lo individual y lo social, lo público y lo privado, lo mental y lo corporal, lo objetivo y lo subjetivo, sólo están separados en los libros con fines analíticos y suponer que así se presentan en la realidad es una limitante. Seguir pensando que la psicología social puede aspirar al establecimiento de principios universales es un conservadurismo cognitivo. Debemos recordar algo muy importante: la complejidad es una palabra problema y no una palabra solución (Morin, 1990).

3.- Signos y síntomas de la ‘sobrecarga depresiva’ en el espacio psicosocial venezolano.

La época actual tiende a generar una subjetividad caracterizada por la fragmentación, el vacío y la vulnerabilidad. La conocida globalización, así como el neoliberalismo y el posmodernismo, condicionan y determinan la fragmentación y dispersión de los vínculos personales, ocasionando la lógica fragmentación subjetiva.

Junto a la subjetividad colectiva fragmentada y vulnerada se desarrollan los movimientos sociales y políticos, así como también las acciones de individuos y grupos, que generan y se nutren de formas nuevas de subjetividad, caracterizadas por la recuperación de los vínculos, la revisión y reconstitución de identidades y la conformación de nuevos grupos de individuos preocupados en reconstruir las tramas sociales rotas.

Cuando se presenta un conflicto o situación tensa dentro de la estructura social… ”es porque existe un exceso de demandantes sobre las oportunidades de adecuada gratificación» (Coser.1967;16). Alberoni llama a esta tensión acumulada sobrecarga depresiva, que se produce como resultado de una gran tensión social, que además opera como antesala de los grandes movimientos. “Movimiento e institución se contraponen dialécticamente, pero tienen en común una sustancia profunda…El movimiento es siempre portador de proyecto, es decir, ya contiene en sí mismo potencialmente a la Institución” (Alberoni:1984:12,13).

«Los que participan en el proceso colectivo tienen la conciencia de constituir una colectividad que tiene en su exterior algo con lo que está relacionada, o algo con lo que combate: Un sistema exterior… estos producen una nueva solidaridad social y… dan origen a que en la escena social aparezcan nuevos protagonistas colectivos» (Alberoni:1984:38,39).

En medio de la subjetividad colectiva venezolana, caracterizada por la bipolaridad de estadios de depresión psicosocial alternados con explosiones injustificadas de júbilo o de odio social, se configura lo que Francesco Alberoni (1984:43) llama el estado naciente, esto es una «exploración de las fronteras de lo posible, dado aquel cierto tipo de sistema social, a fin de maximizar lo que de aquella experiencia y de aquella solidaridad es realizable para sí mismo y para los otros en aquel momento histórico» y «se caracteriza por una plenitud de vida, experiencia de liberación, la relación entre realidad y contingencia, cese de la alienación, relación libertad y destino, búsqueda y autenticidad… el Estado naciente es siempre… la superación ideal de las dos alternativas cotidianas” (Alberoni:1984:166,167).

Alain Touraine (1973:50) dice: «muchas de las conductas que parecen disfuncionales, si nos situamos en el nivel de la misma organización, adquieren un sentido muy diferente si las vinculamos con las luchas políticas o con las transformaciones de la historicidad y de las relaciones de clase de una sociedad».

Siguiendo a Alberoni (1984:175)»el estado naciente, es el acto por el que se manifiesta el pensamiento metafísico, el que establece una diferencia y una jerarquía absoluta entre dos órdenes de cosas: los que tienen valor y fundamento de ser en sí mismos y los que extraen su valor y su derecho a la existencia de otro».

El estado naciente es la transición entre la institución establecida y la potencial, es aquel en el cual la sociedad se construye a sí misma, se deconstruye para volverse a construir, el conflicto, la irrupción. Después de este estado las cosas no pueden continuar igual, necesariamente cambian.

El proceso político venezolano está sujeto a múltiples pulsiones que inciden como sobre carga depresiva en el espacio psicosocial venezolano, en un país que se debate entre la desesperanza y los sueños delirantes de un líder en el cual buena parte de la población se siente reflejada. Poco a poco ha ido creándose un proceso de desintegración y ruptura de los valores, de la cohesión social, de las raíces morales, de las instituciones y de las normas. Hemos llegado a un clima emocional diferente en el que están ausentes una serie de emociones socialmente fundamentales. Es así como desapareció la sensación de seguridad, de tranquilidad, de entusiasmo, de alegría.

Hace cinco o seis años había la esperanza, tanto en el gobierno, como en la oposición, de la realización de un proyecto y esa variable, tan fundamental en cualquier grupo humano, ha desaparecido. Ahora nos dominan emociones como la perplejidad, la indefensión, la confusión, la incertidumbre, el miedo, la rabia, el resentimiento. Y ese, nuestro panorama emocional, sin ningún tipo de contrabalanza de otras emociones que puedan alimentar anímicamente a la población, nos plantea la condición de sumisión en que ha caído nuestra sociedad.

Estamos viendo aquella perversa idea de una sociedad en estado de anomia, como la ha definido (Robert) Merton, sometida por el cerco de la ansiedad, el aislamiento y la falta de propósitos, donde las personas viven en una desconexión con el grupo, aferrados al presente y pendientes sólo de ellas mismas, en una sicología de supervivencia. Eso se ha conseguido en Venezuela con un ataque sistemático a las instituciones y una reversión del discurso, caracterizado por un doble mensaje continuo.

El cambio violento de valores políticos, éticos y sociales es el fundamento de todo proceso revolucionario, que se fundamenta en el dominio de la sociedad mediante la destrucción de los lazos entre los individuos y el cinismo del doble mensaje, pues la persona dice descaradamente lo contrario a lo que está viendo. Es en una inversión absoluta de valores donde predomina el liderazgo carismático de los líderes populistas. Este tipo de gobierno carismático, populista y esencialmente autocrático tiene unos mecanismos tan perversos de dominio social que podemos considerar a la inseguridad como parte del mismo proyecto. Así el miedo ya no sólo es de naturaleza política, sino a perder la vida y la máxima aspiración, día a día, es retornar a casa a salvo.

Una población que sólo puede pensar en el instinto básico que es la supervivencia, obviamente no tendrá mayor preocupación por la política. Esos grandes ideales que te pueden cohesionar hacia una acción política dirigida, deben ser convocados de nuevo. Pero eso es difícil ante un poder que bombardea constantemente a la población, penetrándola hasta en su vida privada.

El desarrollo de la individualidad, el anhelo de libertad, de progreso, de ser grande, encuentra todo tipo de obstáculos en la mayor parte de los miembros de la sociedad con mandatarios autocráticos y personalistas. El líder carismático busca llevar a las personas a una vida de supervivencia donde los ciudadanos se ocupen exclusivamente de los instintos primarios, de forma que toda la grandeza y la libertad que individualmente aspiran, la viven vicarialmente a través del líder, a partir de un silogismo entreguista: «Como carezco de esas vivencias, me identifico con quien sí las puede tener». Entonces el altanero vive su altanería a pequeño nivel y a gran nivel a través del líder personalista y autocrático, en quien se siente encarnado.

El sentimiento de indefensión y perplejidad no sólo está en la oposición venezolana, sino que ha invadido a la sociedad por entero. Hay una serie de factores que provocan una carga emocional (rabia, frustración) poderosísima que está allí. Todo ese clima emocional puede ser captado por un liderazgo positivo.

Lo que está sucediendo es el caldo de cultivo para la aparición de un gran estallido social. Estamos en el peligro de que se produzca una eclosión social en Venezuela porque no hay nada que la contenga y el único factor regulador existente y socialmente visible, el Presidente, es ahora un referente muy frágil y poco cohesionador.

La depresión como manifestación social

Desde una óptica eminentemente clínica, la depresión se produce de un modo lentamente gradual y la progresión avanza con relativa rapidez, con un estilo sub agudo. Esta gradual propagación toma en algunos casos una línea acelerada con momentos de agudización. En otros ejemplos la depresión sorprende por su carácter repentino y con un curso fluctuante, o sea con frecuentes oscilaciones entre la mejoría y el empeoramiento. La forma de evolución típica característica de la enfermedad depresiva se atiene a lo que se identifica como ‘fase’, o sea que después de ocupar un cierto lapso la sintomatología desaparece de un modo espontáneo o por una intervención terapéutica, lo que denota en ambos casos el carácter reversible de la enfermedad depresiva.

La depresión es una manera de manifestación del malestar producido ante la ausencia de una respuesta coherente por parte de las instituciones, es decir: las instituciones no son capaces de cumplir con sus funciones, la arbitrariedad es un elemento «organizador», el silencio es la explicación a muchos hechos y evidentemente nadie es responsable de lo que hace. Con esta consideración, y apoyándonos en el psicoanálisis, podemos entender la depresión como una pregunta que el sujeto plantea a su medio en tanto que este medio (social, laboral, familiar) lo considera como un objeto de desecho y ya no un sujeto de deseo.

En la teoría lacaniana este «medio social» es uno de los representantes del gran Otro, el gran Otro no es únicamente nuestro alter-ego, sino que, más allá de las identificaciones imaginarias y especulares, el sujeto está determinado por un orden radicalmente anterior y exterior, un lugar donde se articulan los significantes que darán origen a ese sujeto. Por tanto es la relación que mantenemos con este Otro la que determina en buena medida nuestro estado de ánimo, nuestro humor. Lo que abre una nueva perspectiva para aprehender la depresión, ya que sí a la persona deprimida se la escucha con atención nos daremos cuenta que su situación es exactamente aquella que le ha sido asignada, es decir: «ya no esperamos nada de usted». Ahora bien, no necesariamente este «no esperamos nada de usted» tiene que haber sido enunciado como tal, pues la propia producción psíquica es la que puede construir esta formulación. Es decir que estamos determinados por nuestro inconsciente.

En efecto dentro de nuestra sociedad actual el rendimiento y la efectividad son las divisas mas preciadas, todo aquel que por una u otra razón no este en capacidad de cumplir con estos requisitos es relegado de alguna manera y en diversos grados. No es raro escuchar a personas que han trabajado 30 años o más y que de la noche a la mañana son despedidos de su trabajo que caen en un «hueco oscuro» y que ya no pueden salir. Es ahí cuando nosotros pensamos que la depresión es la manera actual de manifestar ese rechazo a la exclusión.

Situaciones como la pérdida del trabajo, el divorcio, el matrimonio de los hijos, la falla o desaparición de un ideal colectivo, son frecuentes encontrarlas como desencadenantes de los períodos depresivos. Entonces por lo que hemos visto la cuestión del humor y de la depresión es un problema cultural pues concierne directamente a la sociedad y a su funcionamiento y como vemos el psicoanálisis, contrariamente a lo que se puede pensar si tiene algo que decir pues aunque se refiere siempre a lo particular, nos da cuenta de que el real que constituye lo social es el mismo que constituye el individual.

La depresión es la última resistencia ante el desmoronamiento social que nos está llevando a lo que Marcel Czermak llama psicosis social porque el depresivo busca, a pesar de todo, hacer valer su subjetividad y manifiesta, con sus síntomas, las consecuencias de la exclusión social y anulación política de su deseo explícito de crecer, participar y evolucionar en y con la sociedad actual.

Psicosis social

La psicosis es una enfermedad grave, donde la personalidad se encuentra globalmente afectada y es debido a un proceso patológico que por lo general se inicia desde la infancia. En la psicosis, la percepción de la realidad está dañada, o sea, el psicótico alucina, tiene falsas percepciones, confunde la realidad con la fantasía y su afecto, sus emociones están aplanadas y podemos decir que vive en otra dimensión. Lacan llamó “psicóticos sociales” a los individuos desconectados del acontecer de su entorno, pero sujetos indefectible y pasivamente a él. Se refiere Lacan a una situación en la que el sujeto no reproduce fenómenos psicóticos en sentido estrictos (delirios y alucinaciones), sino que dicho sujeto pasa por una experiencia de vacío existencial, de “dispersión de identidad”. En la clínica psiquiátrica actual, subyugada a la corriente de la psiquiatría americana y al dominio de una clínica fenomenológica y meramente clasificadora de enfermedades, se incluyen a muchos de estos sujetos en un grupo que se correspondería con los llamados enfermos “borderline” o trastorno límite de la personalidad.

Si la relación sexual no existe, si el amor no puede suplirla y cumplir con sus idealizadas promesas, si en la sociedad el trabajo esclaviza, ciertamente poco queda para algunos sino el vacío y la desesperación.

¿Qué puede enseñarnos la psicología política sobre la etiología, la dinámica y la posible resolución de esta psicosis social? Si se mira a la sociedad venezolana según el modelo aplicado a las familias de tipo “chavista”, se constata que el gran obstáculo con que se encuentra el observador es la “negación psicológica” en la que viven los sujetos, ya sean víctimas (escuálidos) o abusadores sociales (chavistas) Con independencia de que la patología social tome la forma de la degradación, el insulto o el apparteid político a través de una lista, los miembros de la sociedad afectada por el ente dominante se encuentran intimidados por éste y se convierten en su cómplice en la negación. Acaban por compartir su delirio, aceptar sus “racionalizaciones” y vivir en su pseudorealidad opresiva.

Para permanecer lúcido y objetivo el observador, evidentemente, tiene que situarse en el exterior del delirio, aunque esto no sea suficiente. La psicología política debe entender también los síntomas como parte de un conjunto, de un sistema psicótico del que hay que descubrir las contradicciones internas. Incluso tendríamos que preguntarnos si nuestra propia desconfianza hacia formas de análisis sistemáticas no es una muestra de esta complicidad en la negación. Evidentemente, el análisis, la razón y el espíritu crítico son enemigos mortales de todo sistema psicótico y el abusador tiene forzosamente que deslegitimarlos. Así pues, la ola de sinrazón que invade la sociedad contemporánea afecta a la vida religiosa, política e incluso científica. El último episodio delirante – El llamado a combatir a la contra revolución, con toda su carga épica y militarista – ha terminado por escandalizar al país.

En el paradigma de la familia disfuncional, como la del Presidente Chávez, estas masas chavistas se corresponden a los niños de un padre violento, que contienen el miedo y la rabia que sienten. Wilhelm Reich ya había analizado este tipo de carácter en sus observaciones sobre la psicología de masas y el ascenso del fascismo en Alemania. Tales niños tienden a abrazar su propia represión interiorizando la “realidad” del padre, percibido como representante de la autoridad. Por ejemplo, los muchachos agresivos que proyectan sobre otro su propio miedo y su violencia inhibidas. Estos niños se creen víctimas que “se defienden”. Su carácter se vuelve rígido y su comportamiento agresivo, y se convierten en “buenos” policías o soldados, y en “buenos” torturadores.

Fue con este tipo de ‘niño’ que se crearon las tropas de choque de la “revolución republicana”. Son el mismo patrón de los jóvenes que aportan un elemento clave al régimen de Chávez. Recordemos que para instalar y mantener sus dictaduras históricas, Mussolini, Hitler, Stalin, Sadam Husein, Jomeini y otros más han necesitado cinco elementos indispensables: una ideología irracional, el poder sobre el Estado, el control de los medios, una crisis permanente de histeria xenófoba y un partido de masas intimidatorio. Hoy el régimen neocomunista de Hugo Chávez dispone de todos estos elementos y esto es grave.

La estrategia del miedo como pulsión social

El miedo es una emoción caracterizada por un intenso sentimiento habitualmente desagradable, provocado por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente o futuro. Es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza, y se manifiesta tanto en los animales como en el ser humano. Desde el punto de vista biológico, el miedo es un esquema adaptativo, y constituye un mecanismo de supervivencia y de defensa, surgido para permitir al individuo responder ante situaciones adversas con rapidez y eficacia. En ese sentido, es normal y beneficioso para el individuo y para su especie. Desde el punto de vista neurológico es una forma común de organización del cerebro primario de los seres vivos, y esencialmente consiste en la activación de la amígdala, situada en el lóbulo temporal.

Desde el punto de vista psicológico, es un estado afectivo, emocional, necesario para la correcta adaptación del organismo al medio, que provoca angustia en la persona. Desde el punto de vista social y cultural, el miedo puede formar parte del carácter de la persona o de la organización social. Se puede por tanto aprender a temer objetos o contextos, y también se puede aprender a no temerlos, se relaciona de manera compleja con otros sentimientos y guarda estrecha relación con los distintos elementos de la cultura. Para algunos, el miedo en el ser humano, no guarda ninguna relación fisiológica (como reacción de alerta), pues se le considera un producto de la consciencia, que expande el nivel de desconocimiento.

En la medida en que el miedo puede restar autonomía decisoria al sujeto llega a ser un eximente de responsabilidad. El derecho romano estableció en el 79 a. C. (mediante una innovación jurídica introducida por un pretor llamado Octavius) la acción «metus causa» (por causa del miedo) como eximente de responsabilidad. En las siete partidas (Part. 7 tit 3.3.l.7) se establece en el derecho castellano la invalidez de pleitos o declaraciones realizados bajo miedo, y el derecho actual determina que el miedo es causa eximente de responsabilidad criminal.

Catherine Lutz ha estudiado la variabilidad cultural del miedo. Según sus averiguaciones, la comunidad ifaluk considera positiva la cobardía, y por tanto para ellos es bueno confesar el miedo pues es prueba de ser persona inofensiva y temerosa de las leyes del grupo. Otra investigadora social, Joanna Bourke, autora de Fear: a Cultural History (El miedo: una historia cultural) revela que el miedo, como un sentimiento colectivo e individual, varía con las épocas y los contextos históricos.

Durante el siglo XIX, los temores relacionados con la muerte inminente estaban estrechamente vinculados a los miedos acerca de cualquier tipo de vida después de la muerte eventual, así como relacionada con la inquietud sobre el diagnóstico correcto del deceso (o dicho de otra manera: que condujera a un entierro prematuro). En nuestro tiempo, por el contrario, tendemos a preocuparnos mucho más sobre el hecho que nos obliguen a permanecer vivos más de lo debido (denegándonos la oportunidad de ´morir con dignidad´). Es el personal médico, en vez de los clérigos, el que preside cada vez más sobre el terror a la muerte. Los debates actuales sobre la eutanasia y la muerte asistida están relacionados con estos cambios.

Esta investigadora sostiene que el principal transmisor actual del miedo son los medios de comunicación de masas, pero en todo caso se precisa de la credulidad de la sociedad para que el pánico estalle. Tras estudiar los archivos históricos, la autora muestra cómo entre 1947 y 1954 estalló un pánico colectivo ante el abuso sexual de niños, pese a que los periódicos llevaban años publicando ese tipo de noticias. Otro caso estudiado por la autora es el pánico colectivo desatado por la retransmisión de “La Guerra De Los Mundos” por Orson Welles en 1938, cuando una ficción radiada sobre un ataque alienígena a la tierra desató la alarma entre los estadounidenses. La autora recuerda que el precedente de ese experimento (una emisión equivalente de la BBC realizada por K. Fox en 1926, con idénticos resultados de miedo colectivo en el Reino Unido) fue olvidado, tal vez por un posterior sentimiento de vergüenza colectiva:
La ola de pánico que Welles causó a través de la radio ha eclipsado la que ocasionó Knox. Después de todo, más de un millón de estadounidenses se vieron afectados durante la última ola de pánico (muchos más que en 1926). De todas formas, existía además otra razón: en 1926, había un palpable sentimiento de vergüenza: todos querían olvidarse del hecho tan pronto como fuera posible. En Estados Unidos, por lo contrario, aunque se pudiera hablar sobre la vergüenza, otros grupos dentro de la sociedad se sirvieron en muchos sentidos del pánico para reafirmar su propio estatus (superior). Los sociólogos se vieron involucrados, preparando elaboradas teorías sobre la psicología de multitudes. Se dio una profesionalización del pánico en 1938 que no existía en 1926.

La profesionalización de los provocadores del miedo es así una característica de nuestra época, según Joanna Bourke:

“A pesar de que sólo diecisiete personas perdieran la vida a causa de actos terroristas en Estados Unidos entre 1980 y 1985, el periódico New York Times publicó un promedio de cuatro artículos sobre el terrorismo en cada edición. Entre 1989 y 1992, sólo treinta y cuatro estadounidenses murieron como consecuencia de actos terroristas en el mundo, pero más de 1.300 libros fueron catalogados bajo el rubro de “Terroristas” o “Terrorismo” en las bibliotecas estadounidenses”.

La autora concluye que el miedo es también un arma de dominación política y de control social. Son diversos los autores que denuncian el uso político del miedo como forma de control de la población, haciéndose hincapié en la creación de falsos escenarios de inseguridad ciudadana. A lo largo de la historia ha habido todo tipo de movimientos sociales y culturales fundamentados en el miedo a algo: el milenarismo, en miedo al efecto 2000 o los movimientos apocalípticos.

El miedo es desde antiguo un pilar fundamental de toda la organización social. El hombre por naturaleza nace valiente, un bebé es capaz de mantener la entereza y la tranquilidad aún teniendo delante de si al monstruo de las galletas e, incluso, devolverle una encantadora sonrisa como respuesta, sin embargo los organizadores de la sociedad ven útil la propagación del miedo para reducir a los individuos a su seno ‘protector’, así la cultura y la educación se ocupan de este propósito mediante la enseñanza de historias a la medida y la muestra constante de los horrores de la actualidad.

Por lo tanto, el miedo es una característica inherente a la sociedad humana: está en la base de su sistema educativo, que como expuso de manera radical Skinner, en buena medida se define por el esquema básico del premio y del castigo, y es un pilar del proceso socializador. Buena parte del sistema normativo se fundamente en el miedo, como muestra el Derecho Penal.

La Biblia cristiana hace mención al miedo en su primer libro. En concreto, el miedo se convierte en atributo humano por causa del pecado original:
“Y llamó Jehová Dios al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y escondíme. (Génesis, 3,9)
Las religiones monoteístas evidencian un tipo de miedo religioso, el temor de Dios y cada una, desde el judaísmo hasta el islam han desarrollado su particular teología al respecto. Es de destacar que ciertas religiones recurren a adoctrinar en el periodo de aprendizaje infantil con amenazas de sufrimiento infinito y eterno si no se cree en sus postulados y si no se cumplen sus normas. Otras religiones, como el budismo, se fundamentan directamente en la necesidad de evitar el dolor, y por tanto, de manera indirecta, tienen una especial relación con el miedo.

Desde el ámbito de la ciencia política y la filosofía, el miedo se ha identificado como una de las características de la sociedad postmoderna. Ulrich Beck la denomina risikogesellschaft (sociedad del riesgo) en la medida en que es ahora el momento en que por primera vez la especie humana se enfrenta a la posibilidad de su propia destrucción y extinción.

La estrategia del miedo no sólo la suelen aplicar quienes tienen el poder de convertir en realidad la amenaza, (su instrumento retórico) proferida para reducir el adversario a la inmovilidad, sino también los farsantes, quienes la utilizan como simple mecanismo para lograr el mismo objetivo, pero sin tener a la mano la posibilidad de convertirlo en hecho consumado. A veces el amenazado tiene capacidad de respuesta y entonces si el amenazante es un farsante, corre el riesgo de que la fanfarronada le termine saliendo muy cara. En otras oportunidades el amenazante, no obstante estar en posesión de los medios para hacer efectiva su eventual intención descubre que las consecuencias de su acción, ya materializada en un hecho, tienen un costo tan alto que pese a haber perjudicado al enemigo, lo mejor hubiera sido no consumarlo.

Ocurre también que el miedo, como estrategia, es un medio de disuasión o en el mejor de los casos un globo de ensayo a través del cual el amenazante logra su propósito de paralizar, frenar, detener o hacer retroceder a su adversario sin una real intención de llegar a la acción, no obstante disponer de la fuerza necesaria, consciente, como está, de las consecuencias adversas, pero confiado en que su sola amenaza será suficiente para lograr el objetivo perseguido.

La humanidad ha retrocedido y seguirá retrocediendo por el camino que señala el militarismo. La globalización económica pudo tener otros desenlaces que llevaran a la humanidad a estadios superiores de desarrollo, pero fatalmente, y para regocijo del nihilismo, la situación se ha resuelto regresando al viejo esquema de la necesidad de la guerra y la polarización, de los mecanismos de destrucción de fuerzas productivas para implantar nuevas tecnologías bélicas. El mundo se quedó sin imaginación y sin optimismo. Todo lo que viene es una película vista cientos de veces y de la que existen pocas posibilidades de escapatoria. Ha triunfado el reino del miedo y como especie hemos empezado a reaccionar con instintos de sobrevivencia frente a la fatalidad. Se posterga indefinidamente la posibilidad de un planeta regido por la creatividad. Reina de nuevo el homicidio y sus viejas leyes del derecho primitivo de la primacía.

Pero ¿Cómo se mide la opinión en el reino del miedo? ¿Por qué en nuestras sociedades occidentales el miedo parece progresar más que en otros lugares? Porque son las más “tecno-hechizadas”. El sociólogo Ulrich Beck lo ha mostrado, la técnica da nacimiento a una “sociedad del riesgo”: cuando usted se desplaza a caballo, todo depende de su propia habilidad y de su conocimiento del animal en cuestión, cuando usted toma un avión, su seguridad está fuera de usted, puesto que su vida depende de una red de sistemas complejos, en los cuales usted debe confiar a priori. Pero la sociedad del riesgo se vuelve la sociedad del miedo desde que la ciencia deja de inspirar confianza. Es ese el caso en nuestros días: cada uno está íntimamente persuadido que el gran “sujeto supuesto saber” no sabe todo, que está agujereado como un queso gruyere, y que avanza y produce a ciegas.

Y es que nuestras sociedades occidentales no aceptan el riesgo más que a condición de cuantificarlo. En efecto, el sujeto supuesto saber está siendo desafiado a prever el futuro. Mañana no se hará sólo el diagnóstico de las enfermedades una vez que las tengan, se las predecirá a partir del desciframiento del genoma. De allí la emergencia de los nuevos miedos, inéditos, todos productos del cálculo estadístico.

¿Y cómo explicar los miedos relacionados con nuestra salud, y en particular nuestra alimentación, que es lo que más nos preocupa? Es el tipo de miedo más común, porque es la resultante de “tener seguridad” como actitud fundamental del hombre contemporáneo. Cada uno es para sí mismo su bien más preciado. Cada uno se relaciona consigo mismo como con un objeto, con un tener, no con un ser. El impasse es que la salud es perfectamente aleatoria. No hay ciencia de la salud, decía Canguilhem, el epistemólogo de la biología. La salud es un mito, por eso se habla de individuos temerosos y hasta podemos también hablar de sociedades temerosas porque el miedo es la pasión de las sociedades mercantiles.

Hay sociedades donde se mata o se matan por nada, donde la vida cuenta poco frente a la venganza, donde domina el desprecio por la muerte. Una vez que el comercio borró el sentido de lo sagrado y el punto de honor, ¿cuál es el único soberano bien que le resta? Es el bienestar. Lo que domina, es de ahora en más el deseo de cada uno de ponerse al abrigo, tener seguridad. La inseguridad se vuelve el mal absoluto. El culto de la felicidad engendra el reino del miedo. Ya no se comprende la muerte, se rechaza incluso el envejecimiento, se sueña con hacer descender la eternidad a la tierra, y en provecho del individuo.

Por lo tanto, el hombre juega a provocarse miedo. El carnaval de los miedos tiene ciertamente una dimensión lúdica: un miedo caza a otro, hay miedos de moda, se inventan miedos, el público pide miedos. Pero lo que no es un juego es que más acá de esos miedos multiformes y siempre renacientes, se que expresan y camuflan a la vez, la angustia social difusa y cuyo objeto está velado.

Hablamos acá de una angustia que proviene de la tecnificación generalizada de la existencia. Tecnificación que produce polución de las fuentes mismas de la vida y va en camino rampante de modificar la naturaleza de la especie. Se sospecha que el avance irresistible de la ciencia está, sin que lo sepa, al servicio de la pulsión de muerte. El miedo a la bomba atómica ya no es lo que era, sino que el último de nuestros miedos mediáticos es más sutil, se insinúa en lo más íntimo: recesión alarmante de la producción espermática, crecimiento indebido del cáncer de testículo y de las malformaciones masculinas. Llegó el miedo de la no-reproducción biológica y con él, los miedos finiseculares de un Armagedón genético que desataría los cuatro jinetes del Apocalipsis social: La esterilidad irreversible, la inteligencia artificial controladora, la desintegración del modelo occidental y el colapso ético y moral de todas las religiones.

(*) Comumicólogo.

Asesor de Identidad e Imagen Corporativas.

Profesor de Mercadeo Electoral
Escritor

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