Opinión Nacional

Es hora de reflexionar

Recuerdo que en mis años mozos, cuando trabajaba como secretario privado de Arturo Úslar Pietri, luego del incomprensible suicidio de Alirio Ugarte Pelayo, le pregunté a Arturo cómo era posible que Alirio se hubiese suicidado si precisamente el día antes había estado almorzando con Úslar de manera por demás cordial. Y él me contestó con una frase lapidaria:

—Emilio, lo mató la impaciencia.

En este instante en que escribo estas líneas me siento perplejo, no entiendo ni puedo concebir cómo hemos podido llegar hasta aquí. Es evidente que lo ocurrido en los últimos días fue la consecuencia de un discurso mal llevado en el que prevaleció la intolerancia de los extremos y la sordina de la sensatez.

Los venezolanos hemos perdido la capacidad de dialogar, de convencer al presunto adversario sobre las bondades de nuestras intenciones.

Lamentablemente en este país se considera que alcanzar el poder le otorga al vencedor un derecho supra natural para dictar a su antojo, con base en la mayoría que lo apoyó, aquello que éste considere necesario para imponer su particular visión de la realidad.

Esto implica la falta de una verdadera intención de diálogo en la que se esté dispuesto a considerar que las ideas del interlocutor puedan contener conceptos útiles para perfeccionar o mejorar la propuesta original.

Intolerante ha sido la actitud mesiánica del presidente Chávez al considerar que sus planteamientos sobre los cambios necesarios en la sociedad venezolana deben ser acatados, sin mas, por todos los venezolanos simplemente porque él es el Presidente electo por el pueblo, sin, por supuesto, tomar en consideración que un segmento muy importante del país no estuvo ni está de acuerdo con su particular visión de la realidad.

Intolerante ha sido la actitud de algunos exponentes de la oposición que, con o sin razón, nunca han creído en las palabras ni en las intenciones de Chávez y por lo tanto han desestimado toda posibilidad de diálogo con él.

Estoy convencido de que uno de los males de toda sociedad humana es la de tener en su seno a personas que se creen dueñas de alguna verdad absoluta. Cuando se está convencido que la razón y la verdad están de nuestro lado ¿cómo permitir que existan ovejas descarriadas? Con esa actitud se han quemado herejes, se han exterminado poblaciones, y se han destruido culturas.

La tolerancia es una virtud difícil de practicar, admitir que no somos dueños de la verdad es una lucha continua contra nuestro ego. La mayoría de los humanos tenemos un cierto nivel de narcisismo que nos impide aceptar que hay personas que están mejor capacitadas. Por eso cuando se logra de alguna manera obtener poder de decisión no se busca conciliar sino imponer aquellas ideas que de otra manera habrían requerido de mucha paciencia y persuasión para hacerlas aceptables.

A nosotros ahora en Venezuela nos puede terminar matando la impaciencia que unida a la intolerancia es la peor fórmula para alcanzar resultados positivos y duraderos que permitan, por un lado restablecer la paz social en el país y por el otro construir una sociedad moderna y justa en la que todos podamos vivir.

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