Opinión Nacional

¿Es posible rescatar las instituciones?

La pregunta surge, más bien, como una inquietud que camina tambaleante en la cuerda floja que está atada entre el día de hoy, y el 7 de Octubre de este año. Si. La vida de la nación, su destino, su suerte, es una perenne cuenta regresiva entre hitos electorales que pueden significar, dilemáticamente, o el avance de un proyecto autocrático, colectivista, facistoide de seudoizquierda, y básicamente aniquilador material y moral del país, o su contención por parte de una aspiración, de un sentir, de una praxis que aboga por una nueva definición de democracia.

El triste lugar común que significa ya referirnos a un deterioro institucional, a la ausencia grotesca de cualquier asomo de independencia de poderes que permitiría que, al menos, con un mínimo de decencia, con una mínimo de eficacia funcionasen la Asamblea Nacional, la Fiscalía, el Poder Judicial, la Contraloría General de la República, la Defensoría del Pueblo, no como extensiones o vulgares sucursales de la amalgama Partido Oficial-Caudillo, sino como instancias que deberían cumplir y hacer cumplir la Constitución Nacional, se alimenta cada día, cada hora, de un nuevo escándalo, de una nueva evidencia expresada en un abuso, en alguna ilegalidad, en el irrespeto a la condición humana de aquel ciudadano que, fatalmente, decida manifestar su inconformidad con este estado de cosas, una crítica, reclamar sus derechos o protestar el incumplimiento gubernamental de las más mínimas garantías para una vida digna.

Ha generado la “revolución” en más de 13 años toneladas de papeles, decretos, leyes, organismos, acciones que sólo buscan, bajo el falso argumento de un “socialismo” ya fracasado en la historia y los hechos, reforzar un modelo burocrático-estatista y clientelar de sumisión y dependencia hacia los sectores populares, aceitado con el combustible del resentimiento como leit motiv presidencial, y aumentar así el control de la elite gobernante sobre la sociedad. Ya lo expresaba con meridiana crudeza Carlos Blanco en su última columna cuando escribía que “el reino de las mafias es la única certeza de la revolución bolivariana” (El Universal, 22-04-12).

En ese contexto, curtidos por la incremental y fría estadística de las muertes por la delincuencia e inseguridad de cada día, aferrados a un “despertar” de la conciencia de sectores que  empiezan a dudar de las eternas promesas de Chávez, asqueados de los trapos sucios que el propio ex magistrado Aponte Aponte ha también vestido en su pasantía por la maraña de corrupción y terrorismo dentro del Poder Judicial y que pareciera salpicar a más de un “revolucionario”, emerge la interrogante que encabeza estas líneas.

¿Hasta dónde llegará el deterioro de las instituciones venezolanas? ¿Hasta dónde llegará la involución de entes cuyos responsables anteponen su lealtad, veneración y parcialidad política emboinada a un hombre, frente a los intereses de la Nación?

De concretarse un triunfo gubernamental en Octubre, ello sólo significaría el avance hacia estadios insospechados de erosión institucional, de anarquía, barbarie y salvajismo amparados por el control que las mafias y sus pranes han erigido no sólo en las cárceles, sino fuera de ellas. Y un triunfo de Capriles en las presidenciales de Octubre, evidenciaría no sólo un cambio en el clima político de Venezuela, un resurgir de la esperanza, además del inicio de un lento y complejo proceso de reconstrucción nacional, y de recolección de los escombros en que la “revolución” ha convertido la economía nacional.

En ese proceso, la reingeniería institucional exigirá no sólo la firmeza, la claridad y el compromiso de quienes pasen a dirigir los poderes del Estado, sino también la certeza de que dicha reestructuración implicará un largo trabajo de corrección y revisión de tantos anti-valores que en el plano ético, han conformado el escenario social de quiebre profundo de la convivencia ciudadana, de la propiedad, de la salud económica y del respeto a la disidencia.

Dicen que el hombre es un animal de costumbres, y que costumbres y hábitos son justamente el sustrato de cualquier noción de “institución”. Esperemos que no se haya acostumbrado la gente a que le quiten libertades y le regalen migajas de un Estado convertido en el maleable territorio del capricho de un mitómano convaleciente.

Twitter: @alexeiguerra

 

 

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