Opinión Nacional

Es tan difícil ser simple

No sé si es algo hereditario atribuible a los conquistadores españoles que
venían aterrados por la Inquisición, la que por quítame esta paja juzgaba a
cualquiera como hereje y lo asaba en una plaza pública. O quizá a los
aborígenes que no sabían español y debían acudir a señas y otros mecanismos
para hacerse entender por los invasores. O si los responsables son los
afroascendientes traídos como esclavos, quienes debieron ingeniárselas para
que no se supiera nunca lo que pensaban de sus captores y amos. ¿Habrá sido
culpable la inmigración europea que vino luego, casi siempre procedente de
países con férreas dictaduras en los que hablar claro era bastante peligroso
y escribir mucho más? Lo cierto es que los venezolanos en la medida en que
ascendemos en nuestro nivel educativo, cultural o académico y hasta en el
político, confrontamos graves dificultades para explicarnos de una manera
sencilla.

No me estoy refiriendo específicamente al gran gurú de la ciencia del
socialismo petrolero, Rigoberto Lanz, cuyos artículos solo pueden ser
descifrados por expertos en decodificar jeroglíficos egipcios; sino a las
personas que para expresar una idea simple se suben por las ramas del árbol,
trepan hasta su copa y no saben cómo ni cuándo regresar a tierra.

Una vez presentado el tema, me atrevo a aventurar de manera absolutamente
empírica una posible causa de tal alambicamiento expresivo: el gran temor
que se le tiene a lo simple, a la manera sencilla y directa de llamar a
las cosas por su nombre, deriva de un complejo de erudición insuficiente: si
alguien le dice al pan, pan y al vino, vino, seguramente carece de la
cultura necesaria para darles a esas cosas denominaciones más elaboradas.

Este sindrome de la contrasimpleza se ha ido trasladando al mundo político y
es no solo usado sino abusado por los chavistas aunque también por nosotros,
los señalados como enemigos de la patria. Por ejemplo, el Presidente Chávez
soñó un día (despierto, ya que al parecer jamás duerme) en construir un
gasoducto que atravesara ríos, selvas, páramos, desiertos y montañas para
llegar desde Venezuela hasta la Patagonia. Nadie sabe cuánto nos costó a los
venezolanos ese sueño, porque los sueños del Presidente no tienen límite de
gastos; lo cierto es que un día despertó y se enteró de que el proyecto no
iba: se enfrió, fueron sus palabras. No fue una locura ni un disparate ni un
despilfarro, sino algo que se puso frío como se ponen los cadáveres. Otra
muestra es el nombre soñado por el jeque barinés para su proyecto político,
un día en el Foro de Porto Alegre, frente a todos los ñángaras del mundo que
han sobrevivido a la Perestroika y a la caída del Muro de Berln. Allí
decidió bautizarlo como el Socialismo del Siglo XXI, pero resulta que ahora
ya no se llama así sino socialismo petrolero. Tantos rodeos para no darle el
apelativo correcto: comunismo a la cubana es decir, fascismo bronceado bajo
el sol caribeño.

En cuanto a la oposición -que tanta falta hace para que el chavismo tenga un
verdadero enemigo al que culpar de sus errores y horrores- está dando la
cómica con sus análisis, debates, foros y tertulias sobre los peligros de la
reforma constitucional, esa que pronto nos clavarán como un puñal entre
pecho y espalda. Que si el artículo tal viola la Convención cual, que si es
un retroceso a la de Guzmán Blanco, que se parece a la del Tercer Reich o a
la de Cuba; lo peor es que se aferran a la defensa de la Constitución
vigente para denostar de la que viene. Con un sorpresivo arranque de ideas
propias y hasta inteligentes, el titular del Minpopocoein, Willian Lara, se
burlaba de la hipocresía de aquellos que hace nueve años denunciaban los
desastres de la Constitucin bolivariana aprobada en 1999, y ahora se baten
en duelo contra cualquier alteración de su texto. Lo que habría que
responderle a ese sagaz funcionario es: ¿y si era la mejor Constitución del
mundo, como la calificó Chávez, para qué reformarla apenas ocho años
después?

Según expertos en astronomía, el próximo 28 de agosto se producirá un
eclipse total de luna que sólo se repetirá en 2287; si pudiéramos ponernos
de acuerdo los grupitos, mini partidos, partidos desahuciados, expertos y
analistas políticos que abundan como arroz, y todos los que no queremos que
Chávez sea el presidente dentro de doscientos ochenta años cuando el
fenómeno ocurra de nuevo; echemos mano de la simpleza. ¿Qué nos cuesta decir
y repetirle a todo el mundo que el único motivo de la reforma constitucional
es la inamovilidad perpetua de Chávez y que todo lo demás: amenazas a la
propiedad privada, ideologización educativa, reorganización territorial y
política, supresión de los medios de comunicación independientes, etcétera,
no son los temas por discutir sino las consecuencias a temer? Si las
encuestas dicen que la población, aun la chavista, rechaza mayoritariamente
la perpetuidad del mandato de Chávez ¿para qué hundirse en las aguas
profundas de las amenazas secundarias?
Ojalá esa oposición atomizada que pierde su tiempo y energías en auto flagelarse,
pueda alcanzar un mínimo acuerdo de máxima simpleza: organizarse contra la
reelección a perpetuidad, y centrar en ella todas las baterías..argumentales, se entiende.

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