Opinión Nacional

Escapando de las redes de la depresión

Joyce, de principio a fin, se preocupó por la naturaleza y el lugar de «el artista». Su artista no es un símbolo de algún hombre común representativo de sus compañeros, sino un hombre aparte, definido pr sus diferencias con la generalidad de la humanidad, en desacuerdo con su sociedad. Los talentos del artista de Joyce son desarrollados y ejercitados sólo en oposición a presiones externas, como la malicia en la voz que describió a Shem. La naturaleza precisa de estas presiones, en reacción a lo cual el artista se hace, encuentra expresión categórica hacia el final de «A Portrait of the Artist as a Young Man», cuando Stephen Dedalus descubre su identidad como artista.

«-Cuando el alma de un hombre nace en este país hay redes que se lanzan para reprimirle el vuelo. Me hablas de nacionalidad, lenguaje, religión. Yo trataré de volar por esas redes.

Davin golpeó las cenizas de su pipa.

-Demasiado profundo para mí, Stevie, dijo. Pero el país de un hombre viene primero, Stevie. Puedes ser un poeta o un místico después.

-¿Sabes lo que es Irlanda? preguntó Stephen con fría violencia. Irlanda es la vieja cerda que se come a su lechigada.»

«Lenguaje» aquí quiere decir gálico, el lenguaje irlandés, cuyo uso estaba siendo revivido, y los nacionalistas irlandeses estaban aseverando que los escritores irlandeses deberían escribir en él, en vez de en inglés. Stephen resiste esta presión cuando habla con Davin, un estudiante de mente nacionalista, pero cuando reafirma su credo para Cranly, otro estudiante, sustituye «lenguaje» por «hogar» –eso es, los nexos familiares- como algo que el artista debe rechazar en nombre del arte.

«Mira, Cranly, dijo. Me has preguntado qué haría yo y qué no haría. Te diré lo que haré y lo que no haré. No serviré a aquello en que ya no creo aunque se llame a sí mismo mi hogar, mi patria, o mi iglesia: y trataré de expresarme a mi mismo en algún modo de vida o arte tan libremente como pueda, utilizando para mi defensa las únicas armas que me permito utilizar, silencio, exilio y astucia.»

Muchos incidentes en la novela se combinan para traer a Stephen a esta visión de «las redes» que Irlanda «lanza». En el siguiente pasaje vemos que la injusticia en la escuela, la disensión familiar, la política y la autoridad eclesiástica le aparecen todas a Stephen bajo esta luz.

«-Tú, muchacho, ¿quién eres?

El corazón de Stephen saltó súbitamente.

-Dedalus, seños.

-¿Por qué no estás escribiendo como los otros?

-Yo… mi…

No podía hablar con temor.

-¿Por qué no está escribiendo, Padre Arnall?

-Rompió sus anteojos, dijo el Padre Arnall; y lo exoneré de su trabajo.

-¿Rompió? ¿Qué es esto que escucho? ¿Qué es esto, tu nombre es?

-Dedalus, señor.

Aquí afuera, Dedalus. Pequeño flojo intrigante. Veo un intrigante en tu cara. ¿Dónde rompiste los anteojos?

Stephen dio traspiés hasta el medio de la clase, cegado por el temor y el apuro.

-¿Dónde rompiste los anteojos? repitió el prefecto de estudios.

-En la pista de carreras, señor.

– ¡Jojó! ¡La pista de carreras! gritó el prefecto de estudios.


Stephen levantó sus ojos maravillado y vio por un momento la no tan joven cara blancogris del Padre Dolan, su calva cabeza blancogris con vello a los lados, los bordes de acero de sus espejuelos y sus ojos descoloridos mirando a través de los vidrios. ¿Por qué dijo que conocía ese truco?

-¡Pequeño flojo haragán ocioso! gritó el prefecto de estudios.¡Rompí mis anteojos! ¡El viejo truco del muchacho de escuela! ¡Afuera tu mano en este momento!

Stephen cerró sus ojos y sostuvo su mano temblorosa en el aire con la palma hacia arriba. Sintió que el prefecto de estudios le tocó durante un instante por los dedos para enderezarlos y luego el silbido de la manga de la sotana al elevar la vara para pegar. Un caliente quemante punzante hormigueante golpe como un sonoro rompimiento de una estaca rota hizo que su mano temblorosa se arrejuntara como una hoja en el fuego: y el sonido y el dolor escaldando lágrimas llegaron a sus ojos. Todo su cuerpo temblaba de temor, su brazo temblaba y su lívida mano escaldada tembló como una hoja suelta en el aire. Un grito salió de sus labios, una oración liberada. Pero aunque las lágrimas escaldaban sus ojos y sus extremidades se estremecían con dolor y temor retuvo las lágrimas calientes y el grito que escaldaba su garganta.

-¡La otra mano! gritó el prefecto de estudios.

Stephen recogió su mano lisiada y su tembloroso brazo derecho y extendió su mano izquierda. La manga de la sotana silbó nuevamente a medida que levantaba la vara y un fuerte golpe sonó y un fiero enloquecedor punzante quemante dolor hizo que su mano se encogiera con la palma y los dedos en una masa lívida temblando. El agua escaldada salió de golpe de sus ojos y, quemándose en vergüenza y agonía y temor, echó atrás su brazo tembloroso en terror y rompió en un gemido de dolor. Su cuerpo temblaba en una parálisis de dolor y en vergüenza y rabia sintió el escaldado grito que vino de su garganta y las escaldadas lágrimas cayendo de sus ojos y por sus ardientes mejillas.

-¡Arrodíllate! gritó e prefecto de estudios.

Stephen se arrodilló rápidamente presionando sus manos golpeadas a los lados. Pensar en ellas golpeadas e hinchadas con dolor todo en un momento le hizo sentir pena por ellas como si no fueran las suyas sino las de otro por el que sentía lástima. Y al arrodillarse, calmando los últimos gemidos de su garganta y sintiendo el quemante punzante dolor presionando a sus lados, pensó en las manos que había extendido al aire con las palmas hacia arriba y en el firme toque del prefecto de estudios cuando había estabilizado los dedos temblorosos y en la golpeada hinchada enrojecida masa de palma y dedos que temblaban desvalidamente en el aire.

-A su trabajo, todos, gritó el prefecto de estudios desde la puerta. El Padre Dolan estará aquí cada día para ver si algún muchacho, algún ocioso pequeño haragán quiera azotamiento. Cada día. Cada día.

La puerta se cerró detrás de él.»

Algo se ha dicho ya sobre la mímica (o imitación) de Joyce en cuanto a las respuestas y pensamientos de sus personajes.

Veamos ahora un extracto que establece el trasfondo político y social para «A Portrait of the Artist as a Young Man».

«Era su primera cena de navidad y él pensó en sus hermanitos y hermanitas que esperaban en la guardería, como había esperado él a menudo, hasta que llegara el pudín. El profundo cuello bajo y la chaqueta Eton lo hacían sentir raro y como viejo: y esa mañana cuando su madre lo había traído abajo a la sala, vestido para misa, su padre había llorado. Eso era porque estaba pensando en su propio padre. Y el tío Charles lo había dicho también.

El Sr. Dedalus cubrió el plato y comenzó a comer con apetito…

-Simón, dijo la Sra. Dedalus, no le has dado a la Sra. Riordan nada de salsa.

El Sr. Dedalus tomó la salsera.

-¿No lo he hecho? Dijo la Sra. Riordan, piedad para los pobres ciegos.

Dante cubrió el plato con las manos y dijo:

-No, gracias.

El Sr. Dedalus se volvió hacia el tío Charles.

-¿Cómo está usted, señor?

-Tan bien como el correo, Simón.

-¿Tú, John?

-Estoy bien. Sírvete a ti mismo.

-¿María? Toma, Stephen, he aquí algo que te hará rizar el pelo.

Sirvió la salsa libremente sobre el plato de Stephen y colocó el salsero nuevamente en la mesa. Entonces le preguntó al tío Charles si estaba buena. Tío Charles no podía hablar porque su boca estaba llena pero asintió con la cabeza.

-Esa fue una buena respuesta de nuestro amigo al canon, ¿no? dijo el Sr. Dedalus.

-No pensé que había tanto en él, dijo el Sr. Casey.

-Yo le pagaré lo debido, Padre, cuando cese de transformar la casa de Dios en una caseta para votar.

-Una linda respuesta, dijo Dante, para que la diera a su sacerdote un hombre que se llame a sí mismo católico.

-Sólo puede culparse a ellos mismos, dijo el Sr. Dedalus afablemente. Si tomaran el consejo de un tonto confinarían su atención a la religión.

-Es religión, dijo Dante. Están cumpliendo su deber al advertirle al pueblo.

-Nosotros vamos a la casa de Dios, dijo el Sr. Casey, con toda humildad para rezar a nuestro Creador y no para escuchar directrices electorales.

-Es religión, dijo Dante otra vez. Ellos tienen razón. Tiene que dirigir a sus rebaños.

-Y predicar política desde el altar, ¿no es así? preguntó el Sr. Dedalus.

-Ciertamente, dijo Dante. Es una cuestión de moralidad pública. Un sacerdote no sería un sacerdote si no le dice a su rebaño lo que está bien y lo que está mal.

La Sra. Dedalus dejó caer cuchillo y tenedor, diciendo:

-Por piedad, no tengamos una discusión política en este día de todos los días del año.

-Muy cierto, señora, dijo tío Charles. Ya basta, Simón, por ahora. Ni una palabra más por ahora.

-Sí, sí, dijo el Sr. Dedalus, rápidamente.

Descubrió el plata audazmente y dijo:

-Ahora bien, ¿quién quiere más pavo?

Nadie respondió. Dante dijo:

-¡Lindo lenguaje para ser usado por cualquier católico!

-Sra. Riordan, apelo a usted, dijo la Sra. Dedalus, dejemos el asunto ahora.

Dante volvió sobre ella y dijo:

-¿Debo sentarme aquí para escuchar a los párrocos de mi iglesia siendo burlados?

-Nadie está diciendo una palabra contra ellos, dijo la Sra. Dedalus, siempre que no se metan en política.

-Los obispos y sacerdotes de Irlanda han hablado, dijo Dante, y deben ser obedecidos.

-Que dejen la política tranquila, dijo el Sr. Casey, o el pueblo puede dejar sola a la iglesia.

-¿Oyes? dijo Dante volteándose hacia la Sra. Dedalus.

-¡Sr. Casey! ¡Simón! dijo la Sra, Dedalus. Que termine esto ahora.

-¡Muy malo! ¡Muy malo! dijo tío Charles.

-¿Qué? gritó la Sra. Dedalus. ¿Debimos haberlo abandonado por solicitud del pueblo inglés? (Se refiere a Charles Stewart Parnell, líder político irlandés, que murió dos meses antes de esta cena.)

-Ya no era digno para liderar, dijo Dante. Era un pecador público.

-Todos somos pecadores, y pecadores negros, dijo el Sr. Casey fríamente.

-¡Desdichado sea el hombre que por el escándalo viniese!, dijo la Sra. Riordan. Sería mejor para él que una piedra de molino fuese atada alrededor de su cuello y que fuera lanzado a la profundidad del mar en vez de que escandalice a uno de estos, mis pequeños. Ese es el lenguaje del Espíritu Santo.

-Y muy mal lenguaje si me preguntan a mí, dijo el Sr. Dedalus serenamente.

-¡Simón! ¡Simón! dijo tío Charles. El muchacho…

-O, él recordará todo esto cuando crezca, dijo Dante ardientemente, el lenguaje que escuchó contra Dios y la religión y los sacerdotes en su propia casa.

-Dejen que recuerde también, le gritó el Sr. Casey a ella desde el otro lado de la mesa, el lenguaje con que los sacerdotes y los peones de los sacerdotes le rompieron el corazón a Parnell y con que lo persiguieron hasta la tumba. Dejen que recuerde eso también cuando crezca.

-¡Hijos de puta! gritó el Sr. Dedalus. Cuando él estaba caído se volvieron contra él para traicionarlo y removerlo como ratas en una cloaca. ¡Perros de baja vida!, ¡y lo parecen, por Cristo, lo parecen!

-Se comportaron correctamente, gritó Dante. Obedecieron a sus obispos y a sus sacerdotes. ¡Honor a ellos!

-¡Bueno, es perfectamente espantoso decir que ni siquiera por un día del año, dijo la Sra. Dedalus, podemos estar libres de estas espantosas disputas!

Dante intervino airadamente:

-¡Si somos una raza libre de sacerdotes deberíamos estar orgullosos de ello! Ellos son la manzana en el ojo de Dios. No los toquéis, dijo Cristo, porque ellos son la manzana de Mi ojo.

-¿Y no podemos amar a nuestro país entonces? preguntó el Sr. Casey. ¿No podemos seguir al hombre que nació para liderarnos?

-¡Un traidor de su país! replicó Dante. ¡Un traidor, un adúltero! Los sacerdotes tuvieron razón al abandonarlo. Los sacerdotes fueron siempre los verdaderos amigos de Irlanda.

-¿Fueron, fe? dijo el Sr. Casey…

-¡Cierto! ¡Cierto! ¡Siempre fueron correctos! Dios y moralidad y religión siempre vienen primero.

La Sra. Dedalus, viendo su excitación, le dijo:

-Sra. Riordan, no se excite respondiéndoles.

-¡Dios y religión antes que todo! gritó Dante. ¡Dios y religión antes que el mundo!

El Sr. Casey elevó su puño y lo dejó caer con un golpe.

-¡Muy bien, entonces, gritó, si llega a esto, ningún Dios para Irlanda!

-¡John! ¡John! gritó la Sra. Dedalus tomando a su invitado por la manga.

Dante sobresaltada con sus mejillas temblando, el Sr. Casey luchó para levantarse de su silla y se inclinó sobre la mesa hacia ella, arañando el aire frente a sus ojos con una mano como si estuviera apartando una telaraña.

-¡Ningún Dios para Irlanda! gritó. Hemos tenido demasiado Dios en Irlanda. ¡Lejos con Dios!

-¡Blasfemo! ¡Diablo! gritó Dante. Levantándose y casi escupiendo en su cara.

Tío Charles y el Sr. Dedalus halaron al Sr. Casey hacia su silla, hablándole por ambos lados razonablemente. Él miraba hacia el frente con sus ojos oscuros flameantes, repitiendo:

-¡Lejos con Dios, digo yo!

Dante echó a un lado su silla violentamente y dejó la mesa, trastornando el anillo de la servilleta que rodó lentamente junto a la alfombra y vino a descansar contra el pie de la poltrona. La Sra. Dedalus se levantó rápidamente y la siguió hacia la puerta. En la puerta Dante se volvió violentamente y gritó, con sus mejillas crecidas y temblando con ira:

-¡Diablo del infierno! ¡Ganamos! ¡Lo aplastamos hasta la muerte! ¡Espíritu malévolo!

La puerta golpeó tras ella.

El Sr. Casey, liberando sus brazos de quienes lo agarraban, inclinó súbitamente su cabeza sobre sus manos con un gemido de dolor.

-¡Pobre Parnell! gritó. ¡Mi rey muerto!

Gimió sonora y amargamente.

Stephen, levantando su cara aterrorizada, vio que los ojos de su padre estaban llenos de lágrimas.»

Este trasfondo –una oportunidad perdida para alguna forma de independencia política de Inglaterra, perdida porque el pueblo irlandés no pudo ponerse de acuerdo entre ellos mismos para apoyar la política de Parnell- está detrás de todas las novelas de Joyce. Aquí vemos cómo los sentimientos pro y anti Parnell dividían a las familias. Luego, a medida en que Stephen Dedalus se aproxima a la hombría, comprendemos hasta qué punto sus posibilidades como «artista» irlandés están severamente reducidas por la desmoralización (como la veía Joyce) de los jóvenes después de la muerte de Parnell. Para Joyce, la política irlandesa de los 1890s y la primera década del nuevo siglo eran un espectáculo desespiritualizador de facciones guerreras.

Las «redes» le aparecen a Stephen no sólo como simples fuerzas de represión sino a veces como vías de escape. Stephen primero experimenta, luego aprende a rechazar estas «tentaciones».

«-Te mandé a buscar hoy, Stephen, porque quise hablar contigo sobre un tema muy importante.

-Sí, señor.

-¿Has sentido alguna vez que tenías una vocación?

Stephen separó los labios para responder que sí y luego retuvo la palabra súbitamente. El sacerdote esperó una respuesta y agregó:

-Quiero decir si has sentido dentro de ti, en tu alma, el deseo de unirte a la orden. Piensa.

-A veces he pensado en ello, dijo Stephen.

El sacerdote dejó caer la venda de los ojos a un lado y, uniendo sus manos, inclinó su barbilla gravemente sobre ellas, comunicándose consigo mismo.

-En un collage como este, dijo a la larga, hay un muchacho o quizás dos o tres muchachos a quienes Dios llama para la vida religiosa. Tal muchacho se diferencia de sus compañeros por la piedad, por el buen ejemplo que muestra a los demás. Es admirado por ellos; es elegido quizás como prefecto por sus compañeros de la cofradía. Y tú, Stephen, has sido tal muchacho en este collage, prefecto de la cofradía de Nuestra Señora Bendita. Quizás seas tú el muchacho en este collage a quien Dios designó llamar para Él.

Una fuerte nota de orgullo reforzando la gravedad de la voz del sacerdote hizo acelerar el corazón de Stephen en respuesta.

-Recibir ese llamado, Stephen, dijo el sacerdote, es el mayor honor que Dios Todopoderoso puede otorgarle a un hombre. Ningún rey o emperador sobre esta tierra tiene el poder del sacerdote de Dios: el poder de las llaves, el poder de unirse y de soltarse del pecado, el poder del exorcismo, el poder de echar de las criaturas de Dios a los espíritus del mal que tienen poder sobre ellos, el poder, la autoridad, para hacer que el gran Dios del Cielo baje sobre el altar y tome la forma de pan y vino. ¡Qué impresionante poder, Stephen!

Una llama comenzó a revolotear otra vez sobre la mejilla de Stephen al escuchar en esta orgullosa alocución un eco de sus propias meditaciones orgullosas. ¡Cuán a menudo se había visto a sí mismo como sacerdote esgrimiendo calmadamente y humildemente el impresionante poder del cual los ángeles y santos mantenían en reverencia! Su alma había amado meditar en secreto sobre este deseo. Se había visto a sí mismo, un joven y silencioso sacerdote, entrando a un confesionario rápidamente, ascendiendo los escalones del altar… cumpliendo con los vagos actos del sacerdote que le agradaban por razón de su semblanza de realidad y por su distancia de ella. En esa apagada vida que había vivido a través de sus meditaciones había asumido las voces y los gestos que había notado en varios sacerdotes. Había doblado su rodilla como uno de ellos, había sacudido el incensario sólo levemente como uno de ellos, su casulla se había abierto como la de tal otro al voltear hacia el altar otra vez después de bendecir a la gente. Y sobre todo lo había complacido llenar el segundo lugar en esas escenas opacas de su imaginario. Reculó de la dignidad del celebrante porque le disgustaba imaginar que toda la vaga pompa terminara en su propia persona o que el ritual le asignara a él tan claro y final cargo. Anhelaba los cargos sagrados menores, ser vestido con la tunicela de subdiácono en la alta misa, pararse junto al altar, olvidado por la gente, sus hombros cubiertos por un velo humeral, sosteniendo la patena dentro de sus pliegues o, cuando el sacrificio estuviera hecho, pararse como diácono en una dalmática de tela de oro en el escalón bajo el celebrante, sus manos unidas y su cara hacia la gente, y cantar el salmo Ite, missa est. Si alguna vez se vio como celebrante fue como en los retratos de la misa en su libro de misas de la infancia, en una iglesia sin adoradores, salvo el ángel del sacrificio, en un altar desnudo y servido por un acólito escasamente más muchacho que él mismo. Sólo en actos de sacrificio o sacramentales su voluntad parecía ser atraída hacia delante para enfrentar la realidad: y era en parte la ausencia de un rito designado lo que siempre lo había constreñido a la inacción aunque hubiese permitido que el silencio cubriera su ira y orgullo o hubiese sufrido un abrazo que ansiaba dar.»

Estos «vuelos» son las referencias que va tejiendo Joyce en su red basada en Dedalus de Creta, el mitológico inventor del laberinto y de las alas para sí mismo y su hijo Ícaro, utilizadas para volar a su hogar en Grecia.

«Ahora, como nunca antes, su extraño nombre le parecía una profecía. Tan eterno le parecía el cálido aire gris, tan fluido e impersonal su propio ánimo, que todas las eras eran como una para él. Un momento antes el fantasma del contiguo reino de los daneses había visto hacia delante a través de la vestidura de la ciudad envuelta en neblina. Ahora, ante el nombre del fabuloso artesano, le pareció oir el ruido de alas débiles y ver una forma alada volando sobre las olas y remontando lentamente el aire. ¿Qué significaba? ¿Era un raro dispositivo abriendo una página de algún libro de profecías y símbolos medieval, un hombre tipo halcón volando hacia el sol sobre el mar, una profecía del que había nacido para servir y que había seguido a través de las nieblas de la infancia y la adolescencia, un símbolo del artista perdonando de nuevo en su estudio lo que salía de la rezagada materia de la tierra, un nuevo ser encumbrándose impalpable imperecedero?

Su corazón tembló; su aliento se hizo más rápido y un espíritu salvaje pasó sobre sus extremidades como si estuviera elevándose hacia el sol. Su corazón temblaba en un éxtasis de temor y su alma estaba en vuelo. Su alma subía desmesuradamente en un aire más allá del mundo y el cuerpo que conocía era purificado en un aliento y liberado de incertidumbre y hecho radiante y mezclado con el elemento del espíritu. Un éxtasis de vuelo hizo radiantes a sus ojos y salvaje su aliento y trémulas y salvajes y radiantes sus extremidades barridas por el viento…

Su garganta le dolía en el deseo de gritar, el grito de un halcón o águila sobre lo alto, gritar agudamente de su rendición a los vientos. Este era el llamado de la vida a su alma y no a la voz aburrida y grande del mundo de los deberes y la desesperación, no la inhumana voz que lo había llamado al pálido servicio del altar. Un instante de vuelo salvaje lo había liberado y el grito de triunfo que retenían sus labios rajó su cerebro…

¿Qué eran ellos ahora sino las membranas sacudidas del cuerpo de la muerte –el temor en que había caminado día y noche, la incertidumbre que lo había anillado en redondo, la vergüenza que lo había degradado por dentro y por fuera- membranas, los linos de la tumba?

Su alma surgió de la tumba de la adolescencia, rechazando su ropa mortuoria. ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Él crearía orgullosamente de la libertad y el poder de su alma, como el gran artesano cuyo nombre llevaba, una cosa viviente, nueva y penetrante y hermosa, impalpable, imperecedera…

Había un largo riachuelo en la ribera; y, a medida que vadeaba lentamente sobre su curso, se maravillaba por el flujo infinito de algas. Esmeralda y negro y bermejo y oliva, se movían bajo la corriente. El agua del riachuelo era oscura con flujo sin fin y reflejaba las nubes altas en movimiento. Las nubes pasaban sobre él silenciosamente y… Una nueva vida salvaje estaba cantando en sus venas.

¿Dónde estaba su adolescencia ahora? ¿Dónde estaba el alma que se había echado para atrás de su destino, para rumiar sola sobre la vergüenza de sus heridas y en su casa de escualor y subterfugio para reinar en ella en filamentos marchitos y en guirnaldas que se agostaban al toque? ¿O dónde estaba él?

Estaba solo. Estaba desatendido, feliz y cerca del salvaje corazón de la vida. Está solo y joven y voluntarioso y entusiasmado, solo ante un desperdicio de aire salvaje y aguas salubres y la cosecha marina de conchas y algas y velada luz color gris y revestidas figuras alegres de luz, de niños y niñas y voces infantiles en el aire.

Una niña estaba posada ante él en medio de la corriente, sola y quieta, mirando al mar. Parecía alguien cuya magia había cambiado para parecerse a una extraña y bella ave marina. Sus largas y delgadas piernas desnudas tan delicadas como las de una grulla y puras salvo donde un rastro esmeralda de algas se había diseñado como una señal sobre la piel. Sus muslos, más llenos y de suave tinte marfil, estaban desnudos casi hasta las caderas donde los blancos flecos de sus pantaletas eran como plumaje de suave blanco. Su falda azul pizarra estaba plegada audazmente alrededor de su cintura y en cola detrás de ella. Su pecho tan suave y delicado como el de un ave, delicado y suave como el pecho de alguna paloma de oscuro plumaje. Pero su largo y fino cabello era de niña: y de niña, tocada con la maravilla de mortal belleza, su cara.

Estaba sola y quieta, mirando al mar; y cuando ella sintió su presencia y la adoración de sus ojos, los ojos de ella lo miraron en silente sufrimiento de su mirada, sin vergüenza o perversidad. Por mucho rato sufrió su mirada y entonces calladamente quitó sus ojos de los de él y los bajó hacia la corriente, removiendo el agua tiernamente con su pie hacia acá y hacia allá. El primer tímido ruido del agua moviéndose suavemente rompió el silencio, bajo y suave y susurrador, tan suave como las campanas del sueño; acá y allá, acá y allá: y una suave llama tembló en sus mejillas.

-¡Dios del Cielo! gritó el alma de Stephen, en un estallido de alegría profana.

Se alejó de ella súbitamente y fue al otro lado de la ribera. Sus mejillas estaban en llamas; su cuerpo estaba incandescente; sus extremidades temblaban. Sin cesar continuó a zancadas, lejos sobre las arenas, cantándole salvajemente al mar y gritando para saludar el advenimiento de la vida que lo había llamado.

La imagen de ella había pasado hacia dentro de su alma para siempre y ninguna palabra habría roto el sagrado silencio de su éxtasis. Los ojos de ella lo habían llamado y su alma había saltado ante su llamado. ¡Vivir, errar, triunfar, recrear la vida de la vida!»

Esta es la visionaria experiencia artística de Stephen, no tanto una conversión como una confirmación. Lo provee de una sanción «mística» y una visión del ideal que aún puede encontrarse en la tierra. Ambas imágenes son «aves», una del aire, otra del mar.

La experiencia inicial de»belleza» puede ser inmediata, indefinible, romántica, pero Stephen está pronto analizándola, poniendo su idea en ella –y del arte que puede crearla- sobre una base firme:

«Para terminar lo que decía yo sobre la belleza, dijo Stephen, las relaciones más satisfactorias de lo sensible debe por lo tanto corresponder a las fases necesarias de la aprehensión artística. Encuentras a éstas y encuentras las cualidades de la belleza universal. Aquinas dice: ad pulcritudes tria requiruntur integritas, consonantia, claritas. Yo lo traduzco así: Tres cosas son necesarias para la belleza, totalidad, armonía y radiación. ¿Pertenecen ellas a las fases de aprehensión? ¿Me estás siguiendo?

-Por supuesto, lo estoy, dijo Lynch. Si crees que tengo una inteligencia excrementosa corre tras Donovan y pídele a él que escuche.

Stephen apuntó a una cesta que el muchacho del carnicero llevaba invertida sobre la cabeza.

-Mira a la cesta, dijo.

-La veo, dijo Lynch.

-Para poder ver esa cesta, dijo Stephen, tu mente primero que nada separa la cesta del resto del universo visible que no es la cesta. La primera fase de aprehensión es una línea limitante en torno al objeto a ser aprehendido. Se nos presenta una imagen estética en espacio o en tiempo. Lo que es audible es presentado en tiempo, lo que es visible es presentado en espacio. Pero, temporal o espacial, la imagen estética es primero luminosamente aprehendida como autolimitada y autocontenida sobre el inmedible trasfondo de espacio o tiempo que no es. Tú la aprehendes como una cosa. La ves como un todo. Tú aprehendes su totalidad. Eso es integritas.

-¡Tiro acertado! dijo Lynch, riendo. Sigue.

-Entonces, dijo Stephen, pasas de punto a punto, llevado por sus líneas formales; tú la aprehendes como una balanceada parte dentro de sus límites; sientes el ritmo de su estructura. En otras palabras la síntesis de percepción inmediata es seguida por el análisis de aprehensión. Habiendo primero sentido que es una cosa sientes ahora que es una cosa. Tú la aprehendes como compleja, múltiples, divisible, separable, constituida de sus partes, el resultado de sus partes y la suma de ellas, armoniosa. Eso es consonantia.

-¡Tiro acertado otra vez! dijo Lynch ingeniosamente. Dime ahora lo que es claritas, y te ganas el puro.

-La connotación de la palabra, dijo Stephen, es preferentemente vaga. Aquinas usa un término que parece ser inexacto. Me desconcertó durante mucho tiempo. Te lleva a creer que él tenía en mente simbolismo o idealismo, siendo la suprema cualidad de la belleza una luz de algún otro mundo, la idea de la cual la materia es sólo la sombra, la realidad de lo que es sólo el símbolo. Yo creí que quería significar que claritas es el descubrimiento y la representación artística del propósito divino en cualquier cosa o una fuerza de generalización que haría de la imagen estética una universal, para hacerla brillar en sus condiciones propias. Pero eso es habla literaria. Así lo entiendo. Cuando has aprehendido esa cesta como una cosa y luego la has analizado de acuerdo a su forma y aprehendiéndola como una cosa, haces la única síntesis que es lógicamente y estéticamente permisible. Tú ves que es esa cosa que es y no otra cosa. La radiación de la cual él habla es el académico quidditas, el qué de una cosa. Esta suprema cualidad es sentida por el artista cuando la imagen estética es primero concebida en su imaginación. La mente en ese instante misterioso la asemejó Shelley hermosamente con un carbón que se apaga. El instante donde esa suprema cualidad de la belleza, la radiación clara de la imagen estética, es aprehendida luminosamente por la mente que ha sido arrestada por su totalidad y fascinada por su armonía es el silente stasis luminoso de placer estético, un estado espiritual muy como la condición cardiaca que el filósofo italiano Luigi Galvani, utilizando una frase casi tan bella como la de Shelley, llamó el encantamiento del corazón.

Stephen hizo una pausa y, aunque su acompañante no habló, sintió que sus palabras habían creado en torno a ellos un silencio de pensamiento encantado.»

La «teoría del arte» de Stephen es un intento audaz y precoz para inventar una tradición personal para sí mismo como artista. Siente que no puede crear dentro de las tradiciones ordinariamente disponibles, que en otra parte llama «didáctica» o «pornográfica», artes que repelen o atraen. (Uno puede ver las tradiciones rivales de realismo-naturalismo y esteticismo detrás de su distinción.) Su arte no será de ninguno de los dos, sino que será «estático», un objeto duro, claro, concreto, que no tendrá alguna obligación con su ambiente por una parte y por la otra no será nuevamente una proyección de sus propios deseos.

Armado con visión y teoría, Stephen se propone el trabajo serio de ser un «artista». La novela cierra con un fragmento del diario de Stephen, en donde vemos una especie de escenario intermedio entre su vida y el arte que intenta hacer de ello. Nótese la alternación entre los modos románticos y realistas de sus anotaciones. En su anotación para el 26 de abril, la primera frase tiene un giro realista enroscado («nueva segunda mano»), mientras que la segunda intenta rehacer el «realismo» del lamento de su madre hacia una afirmación propia, ambas por su ritmo y el apéndice «Amén».

«16 de abril: ¡Lejos! ¡Lejos!
El hechizo de armas y voces: las armas blancas de caminos, su promesa de cerrados abrazos y las armas negras de altas naves que se levantan contra la luna, sus colas de naciones distantes. Se sostienen para decir: Estamos solas. Venir. Y las voces dicen con ellas: Somos sus parientes. Y el aire está espeso con su compañía al llamarme, su deudo, preparándose para irse, sacudiendo las alas de su exultante y terrible juventud.

26 de abril. Madre está poniendo mis nuevas ropas de segunda mano en orden. Ahora reza, dice ella, para que yo pueda aprender en mi propia vida y lejos de casa y amigos lo que el corazón es y lo que siente. Así sea. ¡Bienvenida, oh vida! Yo voy a enfrentar por millonésima vez la realidad de la experiencia y para forjar en la herrería de mi alma la conciencia no creada de mi raza.

27 de abril: Viejo padre, viejo artesano, levántame ahora y por siempre una buena ventaja.»

Con esta evocación termina «A Portrait of the Artist as a Young Man». Stephen presumiblemente se va de su Irlanda nativa, probando sus nuevas alas, haciendo un decisivo esfuerzo para liberarse a si mismo de las «redes» de familia, nación e iglesia.

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