Opinión Nacional

Esclavos pero no iguales

La teoría de criar esclavos se rompe con lo que los demócratas llaman la igualdad de los hombres, y que incluso un oligarca se ve obligado a llamar la similitud de los hombres. Aunque no es cierto que todos los hombres sean normales, es abrumadoramente cierto que la mayor parte de los hombres sí lo es.

 

(G.K Chesterton)

La esclavitud es una realidad social que al tiempo de ser rechazada universalmente sigue teniendo vigencia en nuestras sociedades del siglo XXI. Son notables los índices de desigualdad y explotación que se registran en países con indicadores de crecimiento económico relevante. Posiblemente los más significativos son los que muestra China, teniendo en cuenta el tamaño de la población y lo férreo del régimen político que la gobierna. Aunque muchos valiosos y respetados economistas quieran hacer que nos miremos en ese espejo, creo que la respuesta más sensata debe seguir siendo: ¡No, muchas gracias!

El fracasado socialismo del siglo XXI, desde que está en fase de descomposición ha tratado de buscar modelos que puedan asegurar su mantenimiento. El modelo chino es uno de los preferidos por los miembros de la «nomenklatura» oficial, aunque sea solo para mencionarlo en los discursos, sin saber exactamente a qué se refieren. Lo importante es que lo que se diga suene como antigringo, y no choque con las líneas impuestas desde la metrópoli, es decir desde La Habana.

No en vano el régimen muestra signos inequívocos de comportamiento totalitario. Las últimas semanas hemos visto cómo un brote de H1N1 es ignorado, y la forma en que son ocultadas las estadísticas que dejan al descubierto el verdadero fraude que representa el sistema de atención sanitaria del proceso, tan asesorado por los cubanos. Los indicadores epidemiológicos brillan por su ausencia. La base desde la que cualquier política de medicina preventiva orienta su actuar; la inmunización, no funciona. Ante la evidencia lo que se activa desde el Ministerio de Salud, es el silencio y la información sesgada por la ideología. Todo un cuadro que le puede servir al premio nobel Mo Ya, como fuente de inspiración para una nueva novela que en vez de Rana se podría llamar Sapo.

Otro aspecto en el que podemos encontrar la intención esclavizante del madurismo, es en la atención del desabastecimiento. Es clara nuestra aproximación a la famosa «cartilla de racionamiento» comunista. Aunque el gobernador del Zulia diga lo que quiera: racionamiento es racionamiento y es injustificable en un país como el nuestro. Pueden tratar de disfrazarlo con otros nombres para hacer recaer la responsabilidad en personajes ficticios o en circunstancias externas. Sin embargo, no hay manera de que el país pueda estar nuevamente abastecido mientras no se reconozca que la única forma de impulsar la producción y distribución pasa por generar confianza en todos los participantes del proceso productivo. Mediante amenazas y chantajes solo se logra desconfianza y miedo. El miedo es muy útil para dominar, pero bastante inútil cuando se debe gobernar.

Tener una población a la que se le pueda mentir y dominar sin riesgo, es el sueño inacabado de «mentira fresca». Un sueño que comienza a convertirse en pesadilla porque la sociedad civil, que durante quince años de abuso no ha bajado la cabeza, cada vez parece menos dispuesta a entregar la poca libertad que le queda. Es un dato de entrada que el socialismo del siglo XXI no ha podido descifrar: el venezolano medio es profundamente libertario y por tanto, desigual.

El maniqueísmo de base es tan notable, que hasta en la versión madurista se muestra cómo no pueden superar el modelo de: buenos y malos, altos y bajos, blancos y negros, gusanos y camaradas. Una gran injusticia que pretende dividir de una manera obsoleta y errada. Pero esa distorsión es una prueba más de lo falso y anacrónico del modelo.

Mientras que el proceso pretenda seguir cortando al pueblo de Simón Bolívar -que no de Chávez- por el raso corto del trasnocho de Fidel y Raúl, seguirán encontrando una resistencia insuperable. Los signos de esclavitud a los que se nos quiere someter son notables: no poder usar los servicios públicos sino a la medida del Estado, no poder adquirir bienes y servicios sino a la cota que fije el Gobierno, no poder informarse según la propia preferencia y criterio sino estar bajo la hegemonía del Villegas-Izarra de turno, no poder acceder a una atención de salud confiable sin el yugo ideológico de la «nomenklatura», entre otros…

El plan Patria Segura no es más que una medida profiláctica frente a la explosión social y política que se avecina. Una forma de generar una tranquilidad ficticia bajo la bota del militar. El defecto que, en la base, tiene esta forma de actuar, es olvidar que el estamento militar puede estar subordinado e inclusive dispuesto a esclavizar a algunos de sus miembros; pero a lo que nunca llegará, es a igualar a todos sus efectivos. Eso es contrario a cualquier lógica castrense.

Los intentos para esclavizarnos están llamados a fracasar una y otra vez por la incapacidad del régimen en igualarnos. Esa incapacidad nace de una verdad imponente: los venezolanos somos, en una abrumadora mayoría, normales.

 

 

 

@vidavibra

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