Opinión Nacional

Escoria

“El Estado tiene abandonados a los barrios y cuando se decide a mandar algo, manda a la Policía Metropolitana, es decir a la escoria”. Palabras más, palabras menos así se expresaba hace pocas semanas Alejandro Moreno, el sacerdote e investigador de la cultura popular que por años  ha vivido en los barrios de Petare. El motivo de tan duras declaraciones era uno de esos horrores cotidianos que con intensidad creciente ocurren en nuestra ciudad: la muerte en medio de una balacera de una niña de tres años, pero su resonancia trasciende la dolorosa coyuntura.

                En sus años iniciales este régimen, que se pretende eterno, tuvo una oportunidad de oro para darle un vuelco radical a esa situación con el Programa de Habilitación de Barrios del desaparecido CONAVI, que no fue sólo una idea sino que fructificó en unos 250 proyectos, adjudicados mediante concursos, para la plena integración urbana de los barrios populares de desarrollo espontáneo en varias ciudades del país. Ese esfuerzo, en sí mismo extraordinario, lamentablemente apenas se materializó muy parcialmente en unos pocos casos: la temprana y nunca explicada destitución de quienes lo promovieron y sostuvieron condujo a su paralización, sustituyéndosele por versiones escasamente remozadas de la antigua y vergonzosa repartición de láminas de zinc en temporadas electorales. En compensación movilizó y sensibilizó una masa extraordinaria de profesionales que constituyen una valiosísima reserva para el momento en el cual el cambio político haga posible retomar la integración de los barrios a la ciudad como una de las más apremiantes prioridades para construir un país digno.

                Por décadas los gobiernos venezolanos han mirado con desdén la situación de los barrios populares urbanos; sin embargo, hoy ellos han alcanzado una magnitud tal y confrontan riesgos tan importantes que mantener ese comportamiento sólo puede conducir a una suerte de injustificable suicidio de la sociedad. En diez años el chavismo ha magnificado carencias y errores, de modo que ante la inminencia de su naufragio urge diseñar políticas que rescaten las buenas aunque frustradas experiencias del pasado, las actualicen y las lleven a la práctica sin vacilaciones. Allí están los profesionales y los proyectos, ¿estarán los líderes políticos con el coraje y el temple de estadistas que el reto exige?

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