Opinión Nacional

Escribir: entre la técnica y el arte

La creación tiene extraños caminos, pero finalmente, el alma y la palabra se funden y desatan un festival de excitaciones.

A los escritores, a los que dicen serlo y a los que aspiramos a serlo.

“Vivir es recorrer diversas perplejidades. Hacer arte es una forma de expresarlas. Muy pocos son capaces de hacer arte de sus asombros”.

Rafael Fauqué, escritor venezolano

La madurez y los golpes de la vida le hicieron comprender que era tiempo de hacer visibles y notorios los sentimientos ocultados durante mucho tiempo. Con mucha timidez, pero con determinación, plasmó en papel situaciones, vivencias, sentimientos, ideas y percepciones. Con técnica o sin ella, quedó a gusto con los resultados, y pudo notar que lograba trasmitir sus pensamientos y compartir sensaciones.

Nadie le dijo cómo hacerlo, y tampoco preguntó. Y sin darse cuenta, se fueron acumulando en una carpeta los frutos de su osadía.

La retroalimentación que llegaba de su reducido grupo de lectores la impulsó a enviar sus textos a revistas que decidieron publicarle. Era un buen estímulo, una recompensa a los largos años en los que contuvo gritos, que moderó el temperamento y que analizó cada uno de los estremecimientos que, sin nombre, se agolpaban en su pecho, como en una cárcel.

Consideró una gran oportunidad pedir una opinión profesional al escritor que trabajaba con ella, reconocido y alabado por su trabajo. Con gran respeto y con el deseo de aprender entregó algunos de sus textos.

El hombre era serio y tenía un gesto adusto, casi amargo. Inexpresivo, recibió la petición. Sus cejas pobladas, negras y definidas enmarcaban unos ojos opacos y tristes.

Poco después recibió las correcciones. ¡Cuánto tenía que aprender aún! Las observaciones escritas eran precisas, contundentes. Era obvio que carecía de la pericia para escribir.

Cuando agradeció al escritor el tiempo que le dedicó a sus textos los comentarios fueron duros y lapidarios. “Si va a escribir, debe aprender a hacerlo. Pero si puede vivir sin escribir, pues no lo haga”.

Hizo una mueca que intentaba ser una sonrisa despreocupada, pero en realidad, sintió un nudo en la garganta y aguantó las lágrimas.

El experto aseguró que, además de los errores técnicos contenidos en los textos, las referencias a otros autores hacían pensar la ausencia de ideas propias.

Las ideas surgen del entorno. Borges dijo “No hay nada en el universo que no sirva de estímulo al pensamiento”. Utilizó una expresión negativa que hubiera sido cuestionada por el arrogante juez. En tanto, Chesterton aseguró que las cosas elementales provocaban su perenne asombro.

La creación tiene extraños caminos, pero finalmente, el alma y la palabra se funden y desatan un festival de excitaciones. El éxito del escritor se materializa cuando alguien se identifica con alguna de las sensaciones que quiso conceder.

Redactar es un acto comunicativo, escribir es un acto expresivo. Por eso, los académicos de las escuelas de letras cuestionan la posibilidad de aprender a escribir, pues, si bien la técnica de la escritura puede mejorarse, la creación no tiene escuela.

Muchas persona intentaron, en algún momento de su vida, expresarse a través de las letras, pero se sintieron ridículos y abandonaron la tarea, acumulando inquietudes que deberían ser compartidas. Ocultaron al mundo sus reflexiones, mal escritas, pero profundas y valiosas, y nos negaron la posibilidad de disfrutarlos, de confrontarlos, de aplaudirlos.

Aprender a escribir con creatividad es gratificante y divertido. Se trata de un ejercicio saludable que pocos practican.

Hay una creciente oferta de cursos y talleres para mejorar la habilidad de la comunicación escrita, y pueden ser útiles, según la pericia del docente y el interés del educando. Algunos de estos programas suelen convertirse, incluso, en espacios de discusión literaria e ideológica, y hasta en clubes sociales.

Según los expertos, difícilmente estas herramientas solucionan las carencias provenientes de la infancia, de la ausencia de talento o de ingenio, o de la represión de las emociones.

Si los contenidos hicieron vibrar, provocaron identificación, generaron una sonrisa, deslizaron una lágrima; si movieron recuerdos o revivieron dolores añejos; si alguien respiró profundo o apretó las labios, entonces, más allá de la pureza de la técnica y el estilo, cumplieron su objetivo.

Desconozco si quien lea estas líneas mal escritas cuente los adverbios, se horrorice del mal uso de los verbos, considere la existencia de un meísmo excesivo o de metáforas improcedentes. Con la temeridad que sólo da la ignorancia me atrevo a exhortar: si tenés algo que compartir y podés expresarlo, si querés liberar sentimientos o pasiones y provocar sonrisas, ternura o lágrimas, no lo dudes, intentálo.

Escribí, aunque puedas vivir sin hacerlo. Escribí, incluso a pesar de los depositarios de una técnica perfecta y privados del don de trasmitir la belleza o el horror. Escribí, con imprecisiones y frases negativas; siempre habrá un purista del lenguaje que pueda ayudarte a mejorarlo. Pero lo que vos tenés dentro, tu creatividad, tu sensibilidad, es sólo tuyo.

Y aunque no es común finalizar el texto con frases de otro autor, o esto denote falta de originalidad, José Lezama Lima es el mejor para expresar el mensaje que deseo dejar:

“Al escritor sólo se le puede pedir cuenta de la fidelidad o no a una imagen: de ello depende no sólo su destino sino también su ética.”

* La autora agradece a Ceci, quien con diccionario en mano, numerosos conocimientos y buen gusto, ayudó a hacer entendibles estos garabatos. Por tu profesionalismo, pero sobre todo por tu amistad, muchas gracias Ceci.

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