Opinión Nacional

Espejo deformante

La noticia más importante de la semana no llegó a producirse. Y su ausencia ha dejado un vacío ensordecedor. En vano esperamos la rueda de prensa convocada en conjunto por la Fiscalía, la Defensoría del Pueblo, el Ministerio de Interior y Justicia, el CICPC, la Policía Metropolitana y Policaracas para desmentir, con la firmeza del caso, el reportaje del periodista Gustavo Rodríguez, publicado el 12 de julio, en El Universal.

Nadie se pronunció. El Gobierno, paralizado, ineficiente, irresponsable, insensible, en fin, callado, otorga: los señalamientos de Gustavo Rodríguez, capaces de helar la sangre y exacerbar el miedo (que es hoy el paisaje donde nos encontramos todos los venezolanos, como hermanos ateridos por el mismo vendaval), son ciertos desde la primera línea hasta la última. Ningún funcionario salió a tranquilizarnos, a mentirnos un poco, que nada les cuesta, como bien han demostrado. El domingo pasado supimos que en 2009 se producirán miles de secuestros express en todo el territorio y la inmensa mayoría habrán sido perpetrados por policías, vestidos con sus uniformes y valiéndose de las armas y los medios de transporte que la república puso en sus manos para defender a la ciudadanía. Solamente en Caracas, según la valiente pesquisa de Rodríguez, “se registra un promedio de tres eventos de este tipo cada día. La tendencia indica que en el primer semestre se produjeron 540 plagios y al concluir el año la cifra superará los 1.500 casos, debido a que el último trimestre suele tener mayor actividad criminal”.

Nadie nos ha defendido. Nadie va a defendernos. Estamos solos en un mar nocturno, asediados por criminales que pisotean nuestra dignidad con botas pagadas con nuestros impuestos. Cuando salen a la calle, nuestros hijos están librados al arbitrio de delincuentes que portan una placa donde reza el nombre de Venezuela. Esa es la revolución que Chávez y sus cómplices nos han deparado.

Pero aún hay más. El trabajo de Gustavo Rodríguez se detiene en un detalle estremecedor: “los antisociales cuentan con unos 20 radios portátiles que han desaparecido de diferentes organismos. Con estos aparatos escuchan las exclusivas frecuencias del Cicpc y los alertan acerca de procedimientos en curso. Ingenieros en Comunicaciones han asegurado que resulta imposible neutralizar estos equipos”. Esto implica que las denuncias a las autoridades ante un plagio en marcha son interceptadas por los secuestradores, dueños de la vida de la víctima y despreciativos verdugos que incautan el grito de espanto de la familia.

Conviene que la sociedad venezolana se mire de frente en el espejo que ofrecen los uniformados criminales; usurpadores, además, de los medios que podrían usar las comunidades para denunciar los atropellos, para hacerse oír por las autoridades. Porque eso es lo mismo que nos va a ocurrir si permitimos el silenciamiento de los medios de comunicación; de momento, los únicos “radios portátiles” con que cuenta la comunidad para hacerse escuchar, para paliar en algo la crisis institucional que abruma al país. Cuando Diosdado Cabello dice que no se va “a dejar chantajear”, en alusión a las acusaciones de corrupción administrativa de que es objeto, está anunciando su propósito de hacer una requisa de “radios portátiles” para que las denuncias se ahoguen en la garganta de la nación.

Ahí está el reciente caso de Curiepe para ilustrar el gran secuestro en que quedaríamos cautivos si no nos movilizamos para impedir que nos amordacen (como hacen los policías secuestradores con sus torturados): mientras el pueblo se fajaba para impedir la invasión de la sede de la policía, el gobierno aseguraba, a través de VTV (radio portátil decomisada por Chávez), que ahí no estaba pasando nada. De eso se trata la confiscación de las emisoras de radio y de televisión, así como la anunciada embestida contra la prensa, de acallar los tambores de todos los Curiepe, de que nadie escuche el tañido de la patria indignada.

No hay que distraerse. El proyectado asalto a los medios de comunicación no es arma arrojadiza contra los empresarios, ni siquiera contra los periodistas, que tenemos en ellos nuestra forma y razón de vida; es saeta dirigida al corazón de la sociedad, al derecho (humano) a la información. Sería debacle del espíritu y de la cultura que nuestra historia no merece admitir.

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