Opinión Nacional

Esta revolución llegó para quedarse

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El Presidente de la República lo repite una y otra vez, en círculos personales, en desfiles militares, en concentraciones políticas, en sus infatigables cadenas, en cumbres internacionales, y lo repite como un mandamiento de su ambición de poder: «Esta revolución llegó para quedarse».

No es una frase original. No ha habido en la historia, ni en la antigua ni en la moderna, menos aún en la contemporánea, una revolución que haya llegado con propósitos distintos; todas llegaron para quedarse y se quedaron, en efecto, mientras las circunstancias les fueron propicias, mientras las debilidades de la sociedad civil o del contexto internacional se lo permitieron, pero ninguna logró quedarse para siempre.

En nuestra región, la Revolución cubana llegó al medio siglo, pero todos los signos indican de manera muy consistente que su tiempo se ha vencido y que, indefectiblemente, sobrevive con respiración artificial en terapia intensiva. En Cuba ya no hay una revolución, hay una gerontocracia petrificada que mira con terror el paso de los días, porque no hay nada más subversivo para las revoluciones que los relojes, así estos sean de piedra. De manera que tampoco la Revolución cubana «llegó para quedarse».

Cuando una revolución entra en un proceso constituyente y se sanciona una constitución, la proclama de «quedarse para siempre» equivale a desconocer esa constitución y abolir el Estado de Derecho. Esto dicta la razón política. La realidad no se compagina con lo racional. La realidad, en efecto, nos muestra de modo reiterado a un presidente que hace caso omiso de los convencionalismos y marcha como si nada lo obligara y nada lo detuviera.

Así, la lectura de que «esta revolución llegó para quedarse» se reduce al singular: «Aquí estoy yo para quedarme».

La historia navega entre lo cómico y lo trágico. O en la sarcástica combinación de ambos, en lo tragicómico. Nadie tuvo más poder que Napoleón Bonaparte. En una década el gran emperador se apoderó de Europa, a cada hermano o pariente le dio un reino, imaginó fundar una dinastía por los siglos de los siglos. Ocupó los Estados vaticanos, humilló al papa Pío VII y lo redujo a prisión, lo mismo hizo con los reyes de España. André Malraux escribió sus «confesiones imaginarias». Cuenta que Napoleón quiso venir a las Indias porque, prisionero el monarca, estas provincias ya eran suyas, pero a la vuelta del reloj cayó desde tan alto y fue confinado a la isla de Santa Elena.

Allá (en momentos de lucidez) reconoció que la violencia no es apta ni para vencer ni para convencer.

Nadie tuvo ejércitos más poderosos que el corso. Napoleónicos o no, grandes o no grandes, los caudillos personalistas le rinden culto a la fuerza, y no cabe duda de que por un tiempo la fuerza les confiere poder. El desfile militar del 19 de abril de 2010 fue una gran demostración de fuerza, y al propio tiempo de debilidad, porque la fuerza, como la violencia, vence pero no convence, y el problema de la democracia no está en vencer, sino en convencer. No se puede convencer con arsenales barrocos a un pueblo que tiene otras metas y otras aspiraciones en la vida. A un pueblo, reconozcamos, que tiene urgencias y apremios de futuro porque es un pueblo esencialmente joven.

No se puede convencer con arsenales a un pueblo que por primera vez en la historia tiene más de 1 millón de ciudadanos inteligentes y capacitados, gran número de profesionales que han optado por irse de Venezuela porque la revolución no sólo los asfixia, sino que les cercena su futuro. Si, paralelamente, a la proclama de que «esta revolución llegó para quedarse», el venezolano común oye la otra proclama de que «aquí no habrá reconciliación», es comprensible que sienta lo mismo que aquel poeta prisionero de La Rotunda sintió en un momento de desasosiego: «Estoy pensando en exilarme, / en irme lejos de aquí / a tierra extraña donde goce / las libertades de vivir…».

Ante un grito de guerra como ese de que «aquí no habrá reconciliación», que por tanto no es cuestión de polarizaciones circunstanciales sino de posiciones tomadas, de exterminio del adversario o del que sin ser adversario no se rinde, del indiferente considerado enemigo, la gente descubre que factores no nacionales están dividiendo a los venezolanos y cavando entre ellos fosos (o fosas) no imaginados. Obviamente, ese grito de guerra sólo se entiende como procedente de quienes suponen que siempre estarán en el poder. Dificulto que en el supuesto de que no lo estuvieran también lo proclamarían.

Es en este ambiente de arsenales bélicos y belicosos, de opiniones armadas, de promesas de la «revolución que llegó para quedarse» y de «aquí no habrá reconciliación»; es en este clima en el que otro país, el que cree en la Constitución, en el juego democrático, en la tolerancia y la igualdad, participa en el proceso para elegir diputados a una Asamblea Nacional que restaure el decoro de uno de los poderes del Estado y meta en cintura al gobierno autocrático.

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