Opinión Nacional

Evolución histórica de la masculinidad en Venezuela: Desde lo históricamente absoluto hacia lo socialmente retado.

42º Mensaje histórico.

VI Congreso venezolano de Psicoterapia

“Lo masculino: Anatomía de sus destinos.”

Caracas, 1º de octubre de 2009

Conferencia

Debo confesar que dos cosas me sorprendieron al recibir la invitación que aquí me trajo. La primera, de manera grata pero intimidante, que se me concediera la oportunidad de someterme a un posible diagnóstico colectivo. La segunda, el tema que deberé tratar. Respecto de este último, consideré oportuno ir al diccionario. De la consulta resultó que opté por combinar las dos  acepciones del sustantivo masculino avatar, al interpretarlo como vicisitud, y como cambio y transformación. Por eso el título adoptado: “Evolución histórica de la masculinidad en Venezuela: desde lo históricamente absoluto hacia lo socialmente retado.”

Permítanme justificar mi decisión. Por “evolución histórica” quiero significar que transcurre en el tiempo histórico, es decir en esa dimensión en la que no cabe demarcar pasado, presente y futuro; sino apreciar tendencias que conjugan las tres instancias cronológicas, obedeciendo a una dinámica de continuidad y ruptura. Por “lo históricamente absoluto” quiero decir que la primacía de lo masculino  ha sido resultado de circunstancias históricas, no de características biológicas ni de aptitudes intelectuales. Y lo de “hacia lo socialmente retado”, se refiere al que será eje de mi presentación, es decir la convicción de que la evolución histórica de lo masculino, en Venezuela, es la contraparte orgánica, y socialmente retadora, de la evolución histórica de la femineidad.

El reinado de lo masculino, en lo concerniente a las sociedades coloniales implantadas, como lo es la venezolana, se inició y fraguó en un prolongado y simultáneo proceso de descubrimiento, conquista y colonización; para algunas sociedades todavía incompleto. En ese proceso fue tan absoluto el  reinado de  lo masculino que las contadas figuras femeninas que destacan, brillan, por lo general, con luz refleja.

La República de Venezuela, en su instauración efectiva, como parte de la República de Colombia, fundada ésta en Angostura el 17 de diciembre de 1819, y constituida en la Villa del Rosario de Cúcuta, el 6 de octubre de 1821, -ambos instrumentos promulgados por Simón Bolívar-, no sólo se mantuvo en la línea de la masculinidad originaria, al distinguir entre ciudadanos activos y ciudadanos pasivos, sino que la perfeccionó, al reservar  la condición de activos a los varones mayores de 21 años. Incluso en otras áreas sociales fue preservada celosamente la primacía de la masculinidad. Por ejemplo, en la Ley de 2 de agosto de 1821, sobre establecimiento de escuelas de primeras letras, se dispone, en su último artículo, el No. 17, que: “Siendo igualmente de mucha importancia para la felicidad pública la educación de las niñas, el Poder Ejecutivo hará, que por  las suscripciones voluntarias”.… contempladas en la Ley, ….”o por otros arbitrios semejantes, se funden escuelas de niñas en las cabeceras de los cantones y demás parroquias en que fuere posible”….; en las que se enseñarían saberes elementales y destrezas propias de su sexo: ….”coser y bordar.”

                        Esta ubicación sociopolítica de los sexos permaneció poco menos que incólume a lo largo de la República liberal autocrática, instaurada en Venezuela luego que los venezolanos, y en primer lugar los sobrevivientes caraqueños,  valencianos, corianos y zulianos de la clase dominante colonial, rompieron nuestra más audaz creación sociopolítica, la República de Colombia, denominada Gran Colombia. Séame permitido apuntar que soy cumanés, es decir del Oriente federalista de donde brotó, con su mayor fuerza, en 1835, la denominada Revolución de las Reformas, uno de cuyos principales objetivos fue, según José Gil Fortoul, …”la unión de la gran República de Colombia en Estados federados”….

En el transcurso de la que nada originalmente denomino pasión y muerte de Colombia, lo que había sido cuestión de organización constitucional del ejercicio de la Soberanía popular, llegó a convertirse en una concepción de los roles del desempeño social de los géneros. Esta asignación de roles ratificaba, ¿por las buenas?, el predominio de la masculinidad, en términos tan razonables como lo expresaba un ingenioso del pueblo: “Para las mujeres la comida, los hijos, los enfermos, los ancianos, los muertos, y tener satisfecho a su hombre. Para el hombre la política, la situación internacional y los negocios.”  ¿Cómo podía, entonces, distraerse de sus deberes la mujer para ocuparse, -con su inexperiencia y su escasa capacidad comprometidas en afanes simples,- de cuestiones complejas como la política?

                        En rigor, el apogeo de la masculinidad se medía, en los hechos, no tanto por la relevancia de sus cometidos y realizaciones como por contraste con el deprimido rol asignado a su genésico contradictor dialéctico, -y que me perdone Federico Engels.- Así quedó consagrado en la prosa de un ilustre venezolano, Luis López Méndez. Cerró un artículo publicado en diciembre de 1888,  con estas antropológicas consideraciones:

….”de ninguna manera deberá darse a la mujer en la lucha por la existencia una parte tan grande que la imposibilite para llenar las funciones especiales que la naturaleza le ha asignado. Los dos sexos  han nacido para complementarse y fundirse en una eterna armonía y si la civilización  del siglo exige de la mujer una cultura esmerada y unos conocimientos que antes no poseyó sino excepcionalmente, es para que pueda vivir en comunión espiritual con el hombre, cuyo cerebro se ha ensanchado, y para ponerle en aptitud de seguir su vuelo por los mundos de la idea, de comprender sus nuevos dolores y alegrías y de reconfortarse con él en la contemplación de los nuevos horizontes que se abren a su esperanza.” (Los partidos políticos (1887-1891). (Colección Nuestro Siglo XIX, Nº 4. Caracas, Publicaciones de la Presidencia de la República. 1963, p. 31.)

En suma, la mujer-lastre; y a quien le extrañe que emplee este término le sugiero recordar que algo de lastre es necesario para asegurar la estabilidad del barco.

Pero ahondando en el asunto, -aunque se había ocupado de ello antes-, Luis López Méndez alertó sobre las terribles consecuencias que acarrearía el que se perturbase el cumplimiento por la mujer de su  función social, vista como la realización de su papel complementario respecto del sobrellevado por el hombre, al participar de la agobiadora responsabilidad de la práctica política. Lo hizo partiendo de una interrogante entre solícita y conmiserativa: …..”?Qué consecuencia tendría para la especie humana la franca entrada de la mujer en la arena política, donde respiraría el aire envenenado que por fortuna sólo a veces y clandestinamente ha penetrado en sus pulmones?”…. La respuesta que se dio el autor juega entre lo candoroso y lo admonitorio:

….”Ella, que en el seno de la familia conserva en toda su pureza y brillantez la llama del sentimiento; ella que dirige los primeros pasos del niño  poniendo en sus primeros pasos la armonía y en sus labios la miel que más tarde han de neutralizar las amarguras de la vida; ella que en sus brazos ofrece al hombre seguro asilo donde, tras la diaria faena, vaya a reposar y a curarse de sus heridas, deponiendo por un momento la lanza y el escudo y olvidando, con la música de sus besos, la algazara salvaje y los gritos estridentes del combate”….

 Pero, si bien el esforzado guerrero ya no dispondría de su Bálsamo de Fierabrás, no saldría mejor librada la mujer; al igual que la sociedad, pues ….”ella [la mujer] perdería todos los atributos a que dan mayor realce la bondad, la gracia y la hermosura, y al cabo de algunas generaciones, cualquiera que fuese el desarrollo de su inteligencia, sólo produciría una raza de bárbaros morales.” (Ibídem, pp. 39-30).

En suma, pregunto a mi vez: ¿la masculinidad dependiente de la mujer, no ya lastre sino también refugio; concebida su función social casi en los términos expresados  por el ingenioso del pueblo al que me he referido? Debemos suponerle al autor citado, cuando menos, el haber actuado de buena fe al sostener públicamente los criterios masculinamente observados en la sociedad venezolana de su época.

Y al decir esto me refiero a aquella sociedad en la que se barajaban los arquetipos representados por los personajes galleguianos Reinaldo Solar y Santos Luzardo; asediados ambos por una barbarie a la que apenas podían sobreponerse, figurando para ello modalidades del ideal doblado de esperanza civilizadora; y diferenciándose, gracias a una masculinidad zafia, violatoria de la femineidad, -personificada en Doña Bárbara-, de la venezolanidad masculina disecada por José Rafael Pocaterra y estigmatizada por Rafael Cabrera Malo, fallecido éste en 1935, en términos sobrecogedores, en la página 332 de una novela que dejó inédita, titulada El reflejo de los remansos azules:

“¡Ah, los héroes regionales los gavilleros aquellos, cuyos nombres espantosos chorreaban sangre!, ¡los salteadores de caminos y veredas, erigidos por el terror ambiente, en flagelos de Dios!, ¡ah!, los militares de circunstancias; aquellos, que asistidos de pandillas  de asesinos, más despreciables que ellos mismos, extorsionaban, incendiaban, y robaban, violaban, mataban, y cuyos apodos fulguraban en las noches tenebrosas: un Mocho Pedro, un Mandinga, un Quema-niños, el Mata-viejas, el Encobijado…”….

Mas de este plantel de forajidos, no sólo brotaban ejemplares de maldad y de violación de las básicas nociones no ya de civilidad sino de humanidad. También lo hacían, dice el novelista,  ….”los ministros futuros… los ineludibles presidentes de los estados, los árbitros en la paz, de los mismos pueblos que habían aterrado durante la guerra… los pro-hombres del derecho, rescatado al precio de la sangre. ¡Estrategas de conucos arrasados y de ranchos incendiados, asesinos de posaderos inermes, forajidos que extorsionaban a los agricultores famélicos, amenazándolos con violarles a las madres de sus hijos!”…

Pero, sobre todo,  las acciones de unos y otros, arrojaban, según Cabrera Malo, el doloroso saldo integrado por ….”¡los inefables salvadores de esta tierra nuestra tan imbécil que, al cabo de cien años de revoluciones sangrientas, no ha caído en la cuenta –todavía- de que en las manos de los caudillos ineptos el arma de la guerra no ha sido ni será nunca la espada santa de la justicia sino el instrumento nefasto de un pavoroso suicidio colectivo!”

Pero, si grave podría ser la consecuencia de alterar, imprudentemente,  el pretendido papel natural de la mujer en el hogar, ¿cuánto mayor habría de ser ese efecto en la desmirriada sociedad venezolana de comienzos del siglo XX; en la que los bárbaros imponían su ruda masculinidad a todos, y en particular a los hombres que malgastaban el potencial de su masculinidad cultivando las ciencias, las artes y las letras, convirtiéndose en el doctorcito? ¿Debía la mujer participar de ese pleito, entre neardentalensis y cromañones, extemporáneo y sin embargo vigente?

En medio de las interrogantes posibles, acerca de un nuevo rol para la mujer, debía quedar claro que ello no habría de afectar el hecho de que fuese la masculinidad el criterio regulador de ese rol; pues era inconcebible que el desempeñado por la mujer pudiese emanciparse de ese cartabón. Por eso no sorprende que en los inicios de su marcha hacia el pleno reconocimiento de los derechos políticos de la mujer, el mismo Rómulo Betancourt que redactó el Plan de Barranquilla, suscrito el 22 de marzo de 1931, pudiese escribir, el 6 de junio inmediato, estas reveladoras consideraciones, proclives a cierta revisión de los roles sociales, pero con drástico rechazo de las orientaciones ….”feministas y feminizantes”…, por juzgarlas desorientadoras: ….”Creemos otros – porque milito resueltamente en este sector de opinión – que la mujer emancipada de prejuicios hogareños y apta por su capacitación intelectual para cooperar con el hombre en el terreno concreto de la acción política, no debe dispersar sus fuerzas formando bloques aislados, actuantes conforme a plataformas restrictivas”…. En cambio, la puerta debía abrirse a la mujer como individuo, lo que no era un desdeñable avance:

 ….”Las mujeres deben concurrir, como unidades más, a formar en las organizaciones que por su inspiración principista contemplen los problemas todos del complejo social desde un ángulo de izquierda, desde un ángulo socialista. Los partidos políticos que leal y honradamente respondan a esa praxis, elevarán la comprensión de los problemas de la mujer –problemas de clase, de cultura, de vida- hasta situarlos en pleno paralelo con los del hombre.”

Pero, en suma, una individualización de la mujer, ¿con el hombre como modelo para la superación de la mujer en general? ¿Cabría pensar, en reciprocidad libertaria, que la mujer pudiese llegar a ser modelo para la superación del hombre? ¿Estaría fuera de lo concebible que entre hombre y mujer, entre mujer y hombre, generaran un paradigma común? Esta última posibilidad parecía por demás remota, según lo añadido por tan resuelto militante a favor de la mujer:

“Incorporada la mujer a partidos políticos militantes, previa renuncia del lastre feminista [subrayado por G. C. D.], estará en capacidad de participar en la dirección de su partido, discutiendo en el seno de asambleas y convenciones la teoría y la táctica del mismo; y obligada, en consecuencia, a acatar  disciplinadamente (sic) la línea de acción que en definitiva se trazare aquél. Este es el verdadero “rol de la mujer revolucionaria”, de la que lo es más allá de las simples esperanzas anarco-feministas”…. (Rómulo Betancourt. Antología política, Vol. I, pp. 269-270).

¿Podría significar, lo antes dicho,  que si la igualación de la mujer con el hombre, en la militancia y la acción políticas, requería que la mujer remodelase su femineidad y, lo que es más, que superase el eterno femenino; a su vez el hombre, en una organización igualitaria debía, para equipararse con la mujer militante,  remodelar las ínfulas de su masculinidad y superar el machismo? Para responder esta interrogante, podría suponerse que se esperaba que la mujer se incorporase al estoicismo pautado por Rómulo Betancourt a sus Hermanitos, en carta del 2 de junio de 1931: ….”Las generaciones viriles entierran sus muertos sin lamentaciones”…. (Archivo de Rómulo Betancourt, t. 3, p. 86).

El absolutismo de lo masculino fue retado, de manera esporádica, y en diversidad de campos, por mujeres que procuraron, para sí y sus congéneres el reconocimiento, -no ya la tolerancia-, de sus derechos por los guardianes de la masculinidad. Por lo general esa tolerancia no sobrepasaba la fronteras de la relativa inmunidad al poder rogarle, al déspota de cualquier pelaje, la libertad del varón caído en desgracia política. Por supuesto, esa benevolencia era incompatible con otras expresiones de la femineidad, tales como alimentar, curar y guarecer al perseguido o al fugitivo. No creo justo mencionar algunos nombres de estas esforzadas batalladoras, no en pro de la valoración de la femineidad sino, de hecho, en pro de la depuración de la masculinidad primitivamente ejercida.

Pero, como corresponde a la vigencia de toda norma, he aquí la excepción. Recordaré, como prueba de lo arduo de la lucha que libraban algunas mujeres, lo que me contó mi distinguida y apreciada amiga la geógrafo Mercedes Fermín. Cuando, en 1941, al comenzar a actuar públicamente el Partido Acción Democrática, ella, joven maestra, acudió a inscribirse, se le respondió que no podría hacerlo porque aún no se había organizado la Fracción femenina. La respuesta de la solicitante se correspondió con su temple. Fue algo así como que no había venido a ingresar a una escuela de corte y costura, y reclamó enérgicamente su derecho, de mujer, a inscribirse en un partido que no era solamente de hombres.

 No creo oportuno extenderme en la invocación de los sostenidos esfuerzos de las mujeres por hacer más viril el imperio de los hombres que pudiesen pensarse a sí mismos desenvolviéndose en descampado, sin el amparo brindado por la muralla formada por leyes, costumbres y prejuicios.

Ya cuando finalizaba el último episodio de la Dictadura liberal regionalista que fue inaugurada  por el General Cipriano Castro en el paso entre los siglos XIX y XX; padeciendo el régimen postgomecista un acceso de tolerancia, más que de equidad, se puso en marcha la enmienda constitucional que concedería a la mujer el voto para las elecciones municipales. Medida cuya dudosa audacia mereció que Andrés Eloy Blanco manifestase su ácida complacencia porque, a ella gracias,  la República tendría servicio de adentro.

Pero, las repercusiones sociales de la mal comprendida Venezuela petrolera, traducidas en una modernidad activa orientada hacia la erradicación de la Dictadura liberal regionalista, mediante la instauración de los procedimientos democráticos de formación, ejercicio y finalidad del Poder público, desembocaron en una conspiración contra la masculinidad tradicional, nacida de una nueva modalidad de la conciencia política. Así lo percibió Rómulo Betancourt, en la clandestinidad, y lo expuso en una carta a Arturo Croce, de 20 de abril de 1937, comentando una de éste a otro destinatario:

“Me satisfizo confirmar en ella la creencia de que tú seguirías en la brecha, pese a la represión. En términos generales, esa actitud ha sido asumida por la gran mayoría de los militantes de los partidos de izquierda. Las bajas por deserción son muy contadas en nuestras filas. Apenas se han ido los arribistas, los snobs, los que llegaron a nuestro frente en la hora en que la posición de izquierda ‘vestía mucho’. Pero ganamos más bien con esa depuración de nuestras filas. En ellas quedarán todos aquellos para quienes las horas que se avecinan, de prueba, serán apenas una magnífica oportunidad para revelar su temple civil, su masculinidad (que es algo muy distinto, y de quilate más noble, que la tradicional ‘machería’ venezolana).” (Rómulo Betancourt. Antología política, Vol. II, p. 267).

Pero volvamos a la conspiración de que hablaba. Consistió en que para quebrarle el espinazo a esa arcaizante dictadura, basada en el secuestro, descarado e institucionalizado, de la Soberanía popular, -secuestro que se prolongaba, en la Venezuela desprendida de la República de Colombia, desde 1830-, era necesario romper el monopolio masculino del amañado ejercicio de la soberanía popular, haciendo de ese ejercicio un valor ético-político y no un privilegio. Es decir, llevando el universo electoral al que ha resultado ser, hasta hoy, un insuperable grado de inclusión.

Y tal fue el propósito del “Estatuto para la elección de representantes a la Asamblea Nacional Constituyente” que, publicado en la Gaceta Oficial el jueves 28 de marzo de 1946, contempla en su Artículo 2º: “Son electores todos los venezolanos  mayores de dieciocho años, sin distinción de sexo y sin más excepciones que los entredichos y los que cumplan condena penal, por sentencia firme que lleve consigo la inhabilitación política”. A estos venezolanos, así calificados, se les convocó a participar, libre y soberanamente, en la formación del Poder público mediante  elecciones que .…”se realizarán por sufragio universal, directo y secreto”…(Art. 1º); con la participación de todas las corrientes políticas y conducidas por autoridades electorales genuinamente autónomas.  A su vez, el Estatuto Electoral elaborado por la Asamblea Nacional Constituyente, promulgado el 19 de septiembre de 1947, mantuvo estas disposiciones.

Al permitir los estatutos electorales de 1946 y 1947 completar la sociedad venezolana, se abrió un proceso de redefinición de la masculinidad, que será llevada, en la sociedad genuinamente democrática, -hoy duramente asediada-, hasta los terrenos del amor y sus expresiones sociales, como el matrimonio y la potestad sobre los hijos; -y no me atrevo a decir de las expresiones psicológicas por elemental prudencia.

Me limitaré a observar, respecto del trayecto recorrido por la Democracia en esta materia, que si bien Rómulo Betancourt pudo decir, el 5 de septiembre de 1941: .…”El pasado glorioso, el ayer de epopeya, nos ha enervado. Vivimos para recordar lo que hicieron los abuelos másculos y para lamentar lo que no hemos sido capaces de hacer nosotros”…. (Ibídem, Vol. II, p. 573); y una semana después, en un discurso pronunciado  en el Circo Metropolitano, advirtió: …”Confronta nuestro país el problema de una posible reacción gomecista, de un posible zarpazo de los hombres a quienes desplazó del poder la inolvidable y viril jornada del 14 de Febrero [de 1936]”…. (Ibídem, Vol. II, p. 196); probablemente  esto último no le sería posible decirlo, en esta Venezuela de nuevo agraviada, porque lo impediría la masiva y decidida participación de la mujer,- esa recién llegada a la Libertad democrática-, en los que ya no serán, nunca más, asuntos de hombres.

Retaría la lógica histórica pensar que la tan arraigada concepción de la masculinidad podría ser desplazada sin que suscitase resistencias, abiertas o solapadas, directas o insidiosas, extraviadas o perversas. La realidad histórica, subsiguiente de  la obra de la Primera República liberal democrática, revela un permanente forcejeo, manifiesto en la difícil asimilación por la sociedad en pleno de lo que en esta materia está aconteciendo y que será socialmente irrefrenable. Doy testimonio de esto último. Cuando, en 1947, cursaba quinto año de bachillerato en el Liceo Fermín Toro, éramos unos cuarenta alumnos, y de ellos sólo 6 ó 7 muchachas, -entre ellas la recién fallecida Ismenia Villalba-, de las que guardo grato y orgulloso recuerdo. Hoy acudo con frecuencia a reuniones de estudiantes, y compruebo, con la satisfacción de un historiador a quien interesa “el pasado”, mucho “el presente” y sobre todo “el futuro”, que las mujeres suelen contar por más de la mitad de los asistentes; y mostrarse tan inquietas e inquisitivas intelectualmente que hacen lucir a los varones como tímidos y hasta algo lelos.  

Tal está siendo el resultado, -como observé en uno de mis recientes “Mensajes históricos”, que ahora me permito glosar-. de que se haya puesto en marcha el más amplio, justo e insuperable proceso de inclusión vivido por la ciudadanía venezolana, hasta entonces conformada por los varones, mayores de veintiún años, que supieran leer y escribir. Pero, sobre todo, y englobando con su significado todo lo antedicho, se completó la sociedad venezolana al reconocerle sus derechos políticos a la mujer. Digo bien, reconocerle, pues no se puede otorgar lo que ya era pertenencia, si bien objeto de  negación.

De esta manera, sin condicionamientos ni prevenciones,- éstas ni siquiera disimuladas-, la entonces naciente Primera República liberal democrática completó la sociedad venezolana en el ejercicio de la ciudadanía; y con ello abrió la puerta a la creciente democratización de la sociedad. Esta genuina determinación revolucionaria democrática se correspondía con la aspiración de la mujer, hasta entonces expresada, tenaz y heroicamente, por unas promotoras de la validación de esos derechos de la mujer. Esta aspiración de la mujer halla en el presente sus más altos niveles de realización, tenazmente combativa.

 ¿Pero, no se liberaba, con ello también, al hombre venezolano de atavismos que bloqueaban su conciencia, individual y colectiva, traducidos en una masculinidad primitivamente concebida, aunque seudo heroicamente, por quienes en las mazmorras de la Dictadura liberal regionalista llegaron a refugiarse en la impotente jactancia de la cárcel se ha hecho para los hombres; o que exclamaran desgarradamente, como Rufino Blanco Fombona, asediado por la barbarie, ¡Lo que me cuesta a mí el ser venezolano!                     

Enfrentado a este juego de prejuicio y reticencia quedaba un hecho poderoso y sencillo: en cualquier rincón de Venezuela toda mujer de dieciocho años cumplidos entraba a ejercer su porción de Soberanía popular, expresándose no ya sobre un subestimado escalón  de gobierno local, sino sobre el Gobierno nacional, sobre la Nación y, lo que es fundamental, sobre el destino de una sociedad en la que dejaba de ser paciente para elevarse a la condición de actor; y lo que es más, de actor determinante, porque desde ese momento hasta hoy el destino de la sociedad venezolana ha de contar con la mujer como indispensable factor en la realización de la Soberanía nacional mediante el ejercicio de la Soberanía popular.  La conformación psicosocial de la familia venezolana, -con la mujer como eje-; y los valores cristianos que la rigen, -centrados en las nociones del bien y del mal.-, así lo determinan.

Recuerdo cómo reputadas mentalidades, -quienes seguramente habrían rechazado, indignados, el ser tildados de  machistas-, no pudieron contenerse en sus reservas respecto del que consideraban un alto riesgo. Tal riesgo consistía en poner el destino de la sociedad en manos de los incapaces de tomar decisiones informadas y responsables, puesto que nunca habían adquirido formación política. Los más prudentes limitaban su desconfianza al temor de que el voto de tales minusválidos de la ciudadanía no pudiese ser un voto libre de prejuicios ancestrales; ni de presiones diferentes de las que quienes daban la voz de alerta venían admitiendo, desde el más sombrío pasado, como legítimas; es decir las emanadas del Poder público acaparado por militares prepotentes, sumisos acólitos civiles y funcionarios adocenados.

No pudo ser más espléndida la iniciación de la mujer venezolana en el ejercicio pleno de la ciudadanía, ni más obligante el compromiso ¿viril? de demostrar un alto sentido de la ciudadanía. Quedó fuera de dudas que esa iniciación respondía a una genuina necesidad de la sociedad. Lo ha confirmado, hasta el presente, el hecho de que ninguno de los intentos de falsear la Soberanía popular, revistiendo disfraces ideológicos arcaizantes, se ha atrevido a ignorar esta piedra fundamental de la democracia venezolana, que enaltece al venezolano demócrata, sin distinción de sexo.

Pero éste no fue sólo un paso decisivo en la conformación de la genuina ciudadanía. Abrió los canales por los cuales la mujer venezolana ha entrado a desempeñar funciones de notable eficacia en los más diversos órdenes de la sociedad. Y ha sido, sobre todo, la fuente de la paridad de la mujer venezolana con el hombre, en el ejercicio de la Libertad y en la práctica de la Democracia.

El representar hoy estos valores ha hecho de la mujer venezolana blanco de arrebatos coléricos, apenas disimulados, de parte de los sobrevivientes de la autocracia, militarista y seudo socialista. Impedidos estos socio-machistas de  intentar arrebatarle sus derechos a la mujer venezolana, acuden a oscuras maniobras para conculcarlos. Se puede sintetizar esas maniobras en una artimaña rebosante de alevosía. Consiste en declararla reina para poder esclavizarla de nuevo, sin riesgo, -para los autores de la artimaña-, de padecer un acceso, siquiera sea leve, de mala conciencia. Le crean a la mujer una ficción de igualdad, e incluso una sensación de Poder, que facilitan el utilizarla para cumplir encargos nada decorosos, que desacreditan su libertad, y la comprometen hasta el punto de que concurrir en su defensa es, hoy, necesidad de todos los venezolanos.

Amparada en esa fórmula, grosera, se adelanta una conspiración cuya cobertura consiste en añadirle, de manera generalmente forzada y hasta ridícula, un supuesto femenino a los sustantivos “comunes de dos”, o invariables, tradicionalmente utilizados para designar de manera genérica algunas funciones y dignidades (cabe reconocer que no han osado, aún, acompañar el jóvenes de jóvenas). Pero el reciente acontecer político venezolano ha desvelado la alevosía consistente no ya en lo que ironizó Andrés Eloy Blanco, sino en hacer de la mujer testaferro de los malos actos de un poder absoluto que no ha disimulado su machismo más primitivo, y, en ocasiones documentadas, hasta procaz.

Los venezolanos vemos, consternados e indignados, cómo la luminosa trayectoria emprendida por la mujer venezolana desde los albores de su ciudadanía plena, en 1946, es tachada por la grosera utilización de la mujer como instrumento de actividades y de actitudes políticas que, so capa de hacerla partícipe del Poder desnaturalizado, la convierten en instrumento de perversos designios;  y en pararrayos del justo resentimiento y rechazo de toda la sociedad. Pero la sociedad percibe, con claridad cada día más intensa, que tras sonoros títulos y jugosos sueldos se revela la pretensión de la sumisión retribuidora, mediante el añadido, a los oficios de la mujer, de uno que nunca antes le había sido impuesto a la mujer venezolana, porque se le consideraba esencialmente masculino: el de verdugo, sólo que judicial.

Debemos guardar la certidumbre, a diario abonada, de que la alta valoración social de la mujer ciudadana, trofeo suyo y de la civilizada masculinidad democrática, no será minada por esta conjugación de antivalores, cuya alevosa manipulación busca tender una cortina de humo tras la cual maquine, con ilusiones de impunidad, la cobardía ¿masculina? 

Respetados profesionales, con mi agradecimiento.

Caracas, septiembre de 2009.

Mensajes precedentes: Primer Mensaje histórico: “En defensa de las bases históricas de la conciencia nacional”. 2º Mensaje histórico: “La Larga marcha de la sociedad venezolana hacia la democracia”. 3º  Mensaje  histórico: “Recordar la democracia”. 4º  Mensaje histórico: “¿Zonas de tolerancia de la libertad y guetos de la democracia?”. 5º  Mensaje histórico: “El  ‘punto de quiebre’ ”. 6º  Mensaje histórico: “Entre la independencia y la libertad”. 7º  Mensaje histórico: “El discurso de la Revolución”. 8º  Mensaje histórico: ¿Reanudación de su curso histórico por las sociedades aborígenes?  O ¿hacia dónde llevan a Bolivia? 9º Mensaje histórico: Cuando Hugo se bajó del futuro. 10º Mensaje histórico: ¿La historia ha caído en manos de gente limitada e imaginativa? 11º Mensaje histórico: Las falsas salidas del temor. 12º Mensaje histórico: ¿Hacia dónde quiere ir Venezuela? 13º Mensaje histórico: Defender y rescatar la democracia. 14º Mensaje histórico: Sigue la marcha de la sociedad venezolana hacia la democracia. 15º Mensaje histórico: En el inicio del 2007: un buen momento para intentar comprender. 16º Mensaje histórico: Las historias de Germán Carrera Damas. 17º Mensaje histórico: República liberal democrática vs República liberal autocrática. 18º Mensaje histórico: Sobre los orígenes y los supuestos históricos y doctrinarios del militarismo venezolano. 19º Mensaje histórico: El vano intento de enterrar el Proyecto nacional venezolano. 20º Mensaje histórico: Demoler la República. 21º Mensaje histórico: La reducción civilizadora socialista de las tribus indígenas. 22º Mensaje histórico: Lo que no se puede dar ni quitar. 23º Mensaje histórico, extraordinario: Mis razones para decir No. 24º Mensaje histórico: La nueva política como intento de burlar la historia. 25º Mensaje histórico: Sobre el 23 de Enero de 1958, en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela. 26º Mensaje histórico: La presencia activa de Rómulo Betancourt. 27º Mensaje histórico: Librarnos del Siglo XIX. 28º Mensaje histórico: Repetición del 8º Mensaje histórico. 29º Mensaje histórico: “Lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos”. 30º Mensaje histórico: “Los ciudadanos pasivos están en vías de extinción”. 31º Mensaje histórico: “La revancha de Fernando VII”. 32º Mensaje histórico: «Las migraciones no controlables». 33º Mensaje histórico: “El 23-N el régimen militar chocará con el legado de Betancourt”. 34º Mensaje histórico: La Democracia: un asunto de los pueblos. 35º Mensaje histórico: “Mi voz de alerta: !La República está amenazada! 36º Mensaje histórico: …”nada pudre más a una nación“… 37º Mensaje histórico: “El conflictive porvenir de la República”. 38º Mensaje histórico: “El peligro de no saber leer la Historia”. 39º Mensaje histórico: Sin título. 40º Mensaje histórico: “En desagravio de la mujer venezolana”. 41º Mensaje histórico: “Yo dialogo, tu no dialogas; soy demócrata, tu no lo eres”. Nota: Estos mensajes, hasta el número 13, fueron recogidos en un pequeño volumen intitulado Recordar la democracia (Mensajes históricos y otros textos). Caracas, Editorial Ala  de Cuervo, 2006.

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