Opinión Nacional

Firmar: Honor a la Independencia

En 1810, un puñado de venezolanos reunidos como diputados en Asamblea Constituyente estamparon sus firmas en un acta que afirmaba que: “como todos los pueblos del mundo, estamos libres y autorizados para no depender de otra autoridad que la nuestra”. Y Venezuela emergió como nación independiente y soberana.

Bajo el signo de la austeridad, parca y nada dispendiosa, la nueva República celebró su nacimiento: “Que se ilumine por tres noches la ciudad, de un modo noble y sencillo, sin profusión ni gastos inoportunos”, determinó para Caracas el Poder Ejecutivo. Signo de irresponsabilidad hubiera sido el jolgorio. Quienes con pluma de ganso habían estampado sus firmas de elaboradas rúbricas al pie del Acta de Independencia estaban terriblemente lúcidos sobre su propia suerte, la de sus hijos, la de sus familiares.

En los debates de la Constituyente se habló con descarnada franqueza sobre el seguro e ineludible riesgo de devastación y muerte que corrían quienes se lanzaban a la heroica aventura de proclamar como patria autónoma a una de las colonias más pobres y despobladas de España en América. Venezuela tenía escasamente un millón de habitantes. Con seguridad se previó la acción reconquistadora de España y las posibles incursiones codiciosas de Francia e Inglaterra.

El propio 5 de julio, el diputado Francisco de Miranda planteó en términos dilemáticos y con su iluminado lenguaje de hombre dominado interiormente por el demonio de la libertad, la perspectiva que se avizoraba: “o la vida para siempre o el sacrificio de todos nosotros por la libertad de la Patria”.

Venezuela tuvo vida para siempre, soberanía de nación autónoma, y el precio pagado fue el sacrificio de toda una generación “por la libertad de la patria”. Uno tras otro perecieron los signatarios de la cédula de nacimiento de Venezuela soberana. Alanceados; entre hierros y cerrojos carcelarios; en naufragios; arruinados en playas de exilio; así padecieron y murieron los fundadores de la Primera República. Pocos lograron sobrevivir al vórtice de la larga guerra implacable.

Es de interés analizar las motivaciones económicas y sociales del pronunciamiento de 1811, ya que el grupo que asumió esa empresa de libertad tomó en vilo sus propias vidas, para ofrendárselas a Venezuela como tributo ofrecido a cambio de su derecho a ser ya para siempre una nación emancipada y dueña de sí misma. Esos hombres lanzados a la gran aventura de conquistar la independencia de su patria nada hubieran podido hacer sin el concurso y la crecida cuota de sacrificio que aportó el pueblo venezolano.

Los hombres cultos, bien nutridos de sus lecturas de los enciclopedistas y ganados por el mito de la Ilustración, fueron seguidos en la hazañosa empresa por un pueblo ignorante de letras, pero de raigal e insobornable pasión de libertad y de igualdad. Cuando Bolívar se perfiló como el conductor nato de la faena emancipadora, detrás de su mula buena para las interminables cabalgatas se fueron los venezolanos de pata en el suelo, o precariamente calzados con alpargatas. Bolívar no era un hombre extraño al medio que lo produjo; cruzado de la libertad, hijo de una nación a la que sociólogos de encargo, clientelas de autócratas, han supuesto incapacitada para vivir en libertad.

Dijo el historiador Enrique Bernardo Nuñez: “También se habla de Bolívar como de un hombre sin pueblo. Pero ésta, como tantas otras, es una observación artificial. Pues ¿de dónde salen esos soldados desnudos, descalzos, que no reciben paga y acampan al raso en marchas interminables; los que acompañan al Libertador en las Antillas, en los congresos y en los consejos, todos esos hombres y mujeres que tanta constancia demuestran en la adversidad, tanta vocación de sacrificio? A poco que se reflexione se verá que detrás de Bolivar se halla un pueblo entero”.

Terminadas las guerras de independencia, la población de Venezuela había quedado reducida a la mitad de los habitantes que tuvo hacia 1811. La Tercera República de 1830 se erigió en un país con mucha tierra y poca gente. Muertos ya Bolívar, Sucre y más tarde Urdaneta, y otras figuras señeras del procerato militar, la mayoría de sus compañeros de armas se revelaron inferiores a sus glorias y dividieron al país en feudos parroquiales y lo ensangrentaron en contiendas intestinas sin motivación distinta a la del apetito de poder personal y absoluto.

El pueblo, que de la independencia no había derivado beneficios sociales y continuaba dentro de la República viviendo bajo la coyunda de la esclavitud económica y hasta legal, se iba presuroso detrás de quien leyera una proclama demagógica y convocara para la aventura armada.

La sangrienta Guerra Federal añadió un desengaño y una frustración más a un pueblo que siempre creyó en la buena fe de sus conductores. Y a los males derivados del caos político y social de la Venezuela del siglo XIX se añadieron las interferencias externas. Individualmente o coaligadas varias naciones europeas bloquearon nuestras costas o bombardearon nuestros puertos, en diversas ocasiones. El paludismo y las guerras civiles limitaron el crecimiento demográfico del país y estancaron nuestra economía.

Y cuando advino el petróleo fue para afirmar la tiranía entonces existente y para enriquecer a unos pocos, empobreciendo aún más a los venezolanos en su conjunto. En 1911, en el centenario de la proclamación de independencia, dominaba al país un despotismo primitivo y rapaz, y la fecha fausta apenas se rememoró en elocuentes discursos de acento pasatista, embriagados sus autores en el capitoso licor de la epopeya, con citas de partes de guerra bolivarianos y referencias a Pantanos de Vargas, Carabobos y Ayacuchos.

Se trata de una fecha que debemos siempre celebrar con la misma austeridad republicana ordenada en 1811, con colectivo optimismo, seguridad y fe. No “araron en el mar” los fundadores de esta patria, como dijera en hora de trágica desesperanza el más esclarecido de entre ellos. Venezuela, a través de un accidentado devenir, entre tropiezos, caídas y recaídas, encontró por fin en la democracia su centro de gravedad. No sólo asumió su condición de nación soberana, sino también libre. Con la Revolución Democrática, tomó posesión de su propia riqueza y dejó de ser presa fácil del inversionista desaprensivo y ávido de exagerados dividendos, porque los venezolanos adquirimos conciencia del valor de nuestro acervo de yacimientos minerales y los defendemos de la codicia ajena, permitiendo su explotación con justa retribución para la nación que de ellos es dueña.

Desde 1958, el país no es feudo de los pocos privilegiados en la distribución de la renta nacional, de las oligarquías del dinero, ya que se inició un proceso enmarcado en pautas donde la tierra dejó de ser pertenencia acaparada por los pocos, desmantelándose el latifundio colonial; la electrificación impulsada cimentó la independencia económica, la educación tomó un ritmo de vértigo, y el eje de gravitación del poder político dejó de estar en manos de aventureros y audaces, sino de un soberano que elige, en libres comicios, legitimando al gobierno con el voto.

Ya hemos comprobado –de ahí las firmas de hoy- que la auspiciosa situación de la Venezuela democrática está inmunizada contra riesgos y avatares. Poderosos y obstinados son los enemigos del estilo de vida política y social que da fisonomía –aún- a la patria de hoy. Esos enemigos del régimen de derecho, que aun sobrevive precariamente en nuestra nación, están empeñados en justificar aquella máxima bolivariana, en el Mensaje de Angostura: “más cuesta mantener el equilibrio de la libertad que soportar el peso de la tiranía”.

Conspiran contra el orden de cosas democrático establecido en el país después del 23 de enero de 1958, hora final de una ominosa tiranía, los empresarios del retorno al absolutismo personal y despótico, aunados a los agentes de ideologías y métodos totalitarios, concentrados hoy como ayer en la pobreza agonizante de Cuba. Unos y otros coincidentes en la negación de la vigencia del voto, de los sistemas democráticos de gobierno, del respeto a las libertades individuales y a la dignidad del hombre. Pretenden derrotar el orden de la democracia y la constitucionalidad, conjugando aventuras cuartelarias con motivaciones de insurrección popular.

El sólido apoyo del pueblo a la democracia que él mismo se dio y la imposibilidad de que las Fuerzas Armadas obvien la institucionalidad y pasen a oprimir la voluntad de las mayorías nacionales, son garantes de nuestra estabilidad. Ya está demostrado por nuestro devenir democrático que un gobierno solo, sean cuales fuesen sus bases de sustentación, no puede realizar como tarea de su exclusiva y privativa incumbencia la transformación superadora de un país que arrastra un saldo grande y gravoso de problemas acumulados a lo largo de las décadas pre 1958, y que la democracia no ha resuelto en todas sus instancias o a satisfacción en más de cuarenta años de avances muy visibles.

Hoy como ayer, se necesita y requiere un esfuerzo colectivo, una dación por todos los venezolanos de una cuota de buena voluntad, no mesquineada ni regateada. Derecho no se tiene a proclamarse con orgullo herederos de la generación libertadora si no se posee una parte siquiera de aquella capacidad suya para ofrendarse a la patria, para darse a ella íntegramente.

Mantuanos y descamisados dejaron sus huesos sembrados en todos los caminos de América. No estaban pensando en el tanto por ciento que iban a derivar de una empresa en que las más de las veces se perdía la vida y siempre los bienes. Los enrolados en los ejércitos que llegaron hasta la puna andina para fundar a Bolivia, peleando antes en Pichinchas y Ayacuchos, no pensaban en la cantidad más o menos grande de monedas que sería su paga regular de oficiales y soldados. Venezuela recién nacida estaba transida de una mística nacional, por la fe que abrasaba a cada uno de sus hijos de entonces de que su aporte era indispensable para lograr y consolidar su independencia.

Hoy no se piden esos sacrificios extremos hechos por quienes sin alardear de mártires en realidad lo fueron. Hoy sólo se les pide a los venezolanos, en la palabra de sus hombres de buena fe y vocación de servir, que junto con ellos le metamos el hombro a la República y la ayudemos a superar las transitorias dificultades políticas, económicas y fiscales, y contribuyamos a rehacer el patrimonio ético de la nación, que erosionado y en trance de naufragio lo lleva un gobierno corrompido y corruptor.

Pese a los males que el oficialismo legará, las posibilidades de Venezuela siguen siendo extraordinarias si se las maneja en coalición venezolanista. El pueblo venezolano es laborioso, hecho de la mejor madera humana, inteligente y receptivo. Sólo se requiere empeñarnos todos en el trabajar creador; deponer las asperezas en las discordias políticas; afrontar con ánimo entero y sin dejarnos ganar por el cobarde derrotismo las dificultades inherentes a la crisis que vive el país. Y recuperar esa mística nacional, esa conciencia colectiva de sentirse parte integrante de una comunidad a la que debe servirse, que es el mejor legado de la generación sacrificada, la de 1810.

Siendo común la matriz que nos engendró, vayamos todos a la firma revocatoria que nos devolverá a los principios superiores de Venezuela.

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