Opinión Nacional

Fortalecer la agenda cívica

Existen en la Venezuela actual dos ejes de conflicto: el primero separa a los chavistas de los antichavistas, confrontación conocida ampliamente por todos, mientras el segundo, velado, no evidente, pero más importante que el anterior, enfrenta a los radicales contra los moderados. Es allí donde quiero profundizar en este texto, dado que esta división compromete la paz, la libertad y la convivencia de los venezolanos.

Venezuela ha tenido, prácticamente, un siglo de paz. Actualmente el clima de convivencia ciudadana está alterado como nunca antes en el siglo XX. La responsabilidad de esta amenaza cierta descansa, en su mayor parte, en el gobierno nacional. La confrontación entre aquellos que quieren negar y destruir al otro, y quienes prefieren seguir luchando en paz, nos está llevando a las puertas de una guerra civil y/o de un Golpe de Estado. El peligro es inminente y la posibilidad de evitarlo está en manos de los sectores más moderados.

Las democracias tienden a estabilizarse conforme la política gira hacia el centro del espectro político, centroizquierda o centroderecha, mientras los extremos radicales se vacían de participación. En Venezuela el centro ha menguado con extraordinaria y terrible velocidad, desde la crisis de los partidos políticos, llamados tradicionales, hasta la sangría que ha sufrido el sector oficial. Los moderados han perdido capacidad de convocatoria, mientras los más radicales se hacen protagonistas de eventos maximalistas. El gobierno, en su intransigencia, es el principal motor de la polarización política venezolana, al usar la mayor parte de su iniciativa política para desconocer y humillar a todos los posibles interlocutores, impulsando las perspectivas extremas mientras cierra las puertas institucionales.

En esta confrontación venezolana percibimos la presencia de dos agendas, mutuamente excluyentes, la maximalista de los intransigentes y los radicales, teñida de la sangre del golpe de Estado y de la Guerra Civil, y la agenda ciudadana de los moderados, que pasa por el diálogo efectivo y el trámite institucional para salir de la situación actual.

La agenda radical

El radicalismo y la intransigencia le niegan la legitimidad al otro, lo deshumanizan, lo cosifican y pretenden barrerlo del mapa político y social, no toleran la pluralidad de la sociedad venezolana y se niegan a transar con la diversa realidad. Calificando todo proceso de negociación como un acto de cobardía y/o traición.

El antichavismo más radical pretende no solo expulsar violentamente a Chávez del gobierno, sino negarle cualquier tipo de espacio político al chavismo en la sociedad futura. De idéntica manera, el radicalismo chavista niega la ciudadanía y la legitimidad política y social de cualquier disidencia, humilla públicamente y ejerce un proceso de linchamiento moral público contra la oposición. No reconoce interlocutores y se asume como monopolizador de la legitimidad popular. No reconoce la pertenencia al pueblo de los disidentes, excluyéndolos, de hecho, de la sociedad. La retórica radical convierte en parias, en apátridas, en traidores a los opositores.

Los radicales antichavistas llaman a una intervención militar cruenta y sanguinaria, al Golpe de Estado, mientras los sectores más radicales del chavismo enarbolan orgullosos la bandera de la guerra civil, arman a la población y estimulan la masacre. Con su intransigencia no hacen más que cerrar las vías que evitarían el golpe militar. Sectores de la oposición más reaccionaria denigran de las iniciativas de diálogo y llaman, desesperadamente, al camarada máuser para que los saque del atore sin “ensuciarse” las manos con la política. De idéntica manera, los talibanes dentro del chavismo, desde las más altas cumbres del poder, no solo pretenden chantajear a la sociedad con la amenaza de la guerra civil, sino que se regodean en la idea de estimular las contradicciones y boicotean desde dentro cualquier vía de negociación real con la oposición. El radicalismo de importantes sectores del chavismo es el más importante escollo para que las iniciativas de diálogo se conviertan en cauces institucionales de resolución del conflicto. Conciben el diálogo como una manera de dilatar el tiempo, de alcanzar mayor poder de maniobra para terminar de excluir a la disidencia. No parecen dispuestos a negociar poder, condición sine qua non para un diálogo efectivo.

La agenda excluyente y negadora de los radicales nos lleva a la tragedia, llámese ésta Golpe de Estado o Guerra Civil, llámese dictadura de derechas o régimen hegemónico. Es imperativo rechazar cualquier tipo de iniciativa que nos conduzca a matarnos nuevamente en las calles de cualquier ciudad.

La agenda cívica

¿Qué define a un moderado? ¿Qué caracteriza esa inmensa diversidad que es el centro? Una convicción profunda: el otro existe legítimamente. Y no solo existe, sino que está en su pleno derecho de existir y expresar su disidencia, por ende, la violencia está excluida del juego político. Se parte de la idea de jugar limpio, de que la concordia y la convivencia en torno a unas reglas de juego compartidas deja por fuera el derramamiento de sangre. El moderado se reconoce a sí mismo en la disidencia del otro, y defiende su derecho a existir, que es el derecho propio reconocido en el otro. Son los que se atreven a dar un paso atrás, quienes se permiten ceder el paso luego de ver de cerca el horror al que podemos caer, solo éstos pueden construir el futuro con todos.

Entre las vías radicales se abre paso la construcción difícil de una alternativa política cívica. La responsabilidad ciudadana llama a fortalecer la agenda institucional frente a la “patada a la mesa” que los radicales pretenden aupar. Hay que rechazar, por todas las vías posibles, los llamados a matarnos, a la violencia y a la guerra civil. Cerrar el paso al Golpe de Estado es un imperativo democrático.

Existe la necesidad imperiosa de reconstruir la convivencia ciudadana, y se extiende, en la sociedad, de un lado y del otro, la convicción de que esta agenda solo será viable si Hugo Chávez sale de la Presidencia de la República por métodos pacíficos. Esa salida tiene que abrirse paso por medios institucionales, constitucionales y populares.

La agenda de los moderados pasa por dichos espacios, sobretodo por la acción del foro político por excelencia, la Asamblea Nacional. Por eso esta agenda tiene como actores fundamentales a los partidos políticos. En torno a la necesidad de estructurar racionalmente esta agenda, y de dotar de dirección coherente las acciones futuras se conformó, hace pocos días, una coordinadora, integrada por una docena de organizaciones de la oposición, para caminar en la resolución pacífica de la crisis actual. He aquí la agenda cívica, aquella que, partiendo de la convicción de que sólo un camino institucional puede evitar que la agenda radical nos llevé al desastre, coordina los caminos de la concordia.

Esta agenda depende de un importante conjunto de concesiones, de reconocimientos mutuos. La oposición institucionalista ha de estar convencida de que el chavismo es una fuerza legítima, y que tiene, y tendrá, presencia real, política y socialmente. Toda Venezuela viable, toda gobernabilidad futura, pasa por aceptar la presencia del chavismo en el escenario de nuestro país. Igualmente, en el seno del chavismo moderado se ha venido extendiendo, de manera responsable y sentida, una dramática convicción, el camino de resolución del caos y de la crisis venezolana pasa por un profundo cambio en todos los poderes públicos, incluyendo al Ejecutivo Nacional. Es imperativo que los sectores más moderados del oficialismo le abran las puertas al cambio institucional, llevando los diálogos a negociaciones reales de poder.

En estas difíciles horas el papel de los moderados ha de ser defender el juego limpio y sostener la preeminencia de la lógica de los adversarios que se reconocen y respetan sobre la lógica del enemigo que se niega y se destruye. Hay que cerrarle el paso a los intransigentes.

Importante es reconocer que el diálogo es difícil, no se trata de una catarsis inocua para los actores, se trata de abrir los espacios a las transacciones de poder en los espacios legítimamente habilitados para esto.

El papel de Acción Democrática, del MAS y del miquilenismo

Hemos dicho que los partidos políticos adquieren la máxima importancia en medio de la crisis en la que vivimos. Dentro de las estructuras políticas venezolanas es importante destacar el papel que le toca jugar a Acción Democrática, al Movimiento al Socialismo (en sus dos bloques) y al llamado miquilenismo. La primera del lado de la oposición democrática, la segunda como enlace entre ambas posiciones, y el tercero del lado del chavismo moderado.

Acción Democrática es la más importante organización política de la oposición, ha jugado limpio dentro de la institucionalidad democrática durante el régimen de Chávez, tiene una gran cantidad de concejales y alcaldes, tiene varios gobernadores e importantes líderes regionales y, lo que es más importante, tiene la más importante fracción parlamentaria de la oposición. Dentro del juego institucional Acción Democrática debe tener la mayor iniciativa, por representación, importancia y experiencia, del lado de la oposición.

De manera similar, el Movimiento al Socialismo, aun dividido, tiene una relevante presencia en concejos municipales, alcaldías y gobernaciones, y es un puente de enlace evidente entre diversos sectores. Tiene una destacada experiencia parlamentaria y cuenta con líderes capaces de llevar seriamente una apertura política. La actitud asumida responsablemente por Rafael Simón Jiménez, del lado del oficialismo, y por Carlos Tablante, entre otros, en el campo de la oposición, será muy útil para asumir los compromisos que el diálogo y la negociación implican.

Luis Miquilena ha sido un operador político por excelencia. Su ascendencia dentro de los sectores más diplomáticos y moderados del chavismo es reconocida ampliamente, el liderazgo que ejerce puertas adentro de la estructura oficialista lo coloca en el centro de importantes debates políticos. De esta manera, el miquilenismo, junto con otros sectores moderados del oficialismo, que no siguen necesariamente la figura del anciano operador, tendrá un destacado papel en las negociaciones políticas que han de abrir el compás de las futuras salidas institucionales.

Los caminos democráticos

¿Pero de que salida concreta estamos hablando? La salida institucional pasa por un conjunto de compromisos y negociaciones entre los moderados, chavistas y antichavistas. Por una parte, implica la apertura política para avanzar en la renovación del Poder Ciudadano, caminar hacia la sustitución de Isaías Rodríguez, Clodosvaldo Russián y Germán Mundaraín por personajes que gocen de ecuanimidad y consenso. Permitir la conformación de un nuevo Consejo Nacional Electoral plural que garantice unos próximos comicios, regionales y nacionales, que gocen de la mayor credibilidad posible por parte de actores suspicaces.

Para la oposición democrática la agenda tiene que agregar una avanzada en los referenda revocatorios contra las autoridades regionales, alcaldes y gobernadores. Finalmente ambas agendas deben coincidir en el proceso de Enmienda Constitucional que lleve a la reducción del período presidencial, al establecimiento de la segunda vuelta en los comicios presidenciales y, en caso de ser posible, a la eliminación definitiva de la reelección.

La olla de presión finalmente podría abrirse sin explotar. Los próximos comicios, con un conjunto de poderes creíbles e incluyentes, podrían de esta manera llevarnos por un camino pacífico a la modernización que el país requiere. La sociedad estaría salvada de su más peligrosa pesadilla.

Sólo los caminos democráticos e institucionales, en el marco de la Constitución de 1999 y de la Asamblea Nacional, nos apartarán del abismo de la guerra civil y del sinsentido del golpismo. Sólo el avance de la agenda cívica nos puede llevar a la concordia. Solo la resolución pacífica y constitucional nos puede evitar la tragedia histórica a la que los sectores más radicales apuestan. La pregunta es, ante una salida pacífica e institucional, ¿alguien seguiría apostando a la violencia?

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