Opinión Nacional

Fútbol y nostalgia

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Cuando me enteré que River jugaría con América en el Estadio Azteca, pensé que era una gran oportunidad para ir con mis hijos a ver un partido de fútbol. A pesar de mi origen argentino, mi presencia en los estadios ha sido escasa, prefiero evitar las aglomeraciones. Pero los nueve juegos consecutivos perdidos por América auguraban que el estadio estaría vacío, y que podría ver ganar a mi equipo con comodidad.

Sin boletos, y con mucha tranquilidad, fuimos en familia hacia el monumental campo de juego.

¡Cuánta ingenuidad la mía! Los seguidores del club más popular de México siguen a su equipo “aunque gane”. Aquello era un verdadero hormiguero, y por supuesto, los espacios de estacionamiento estaban totalmente saturados. A nuestro alrededor, gente todo tipo pasaba vestida con los colores de su equipo, con banderas y con gorros. Vimos ancianos, bebes en brazos de su madre, señores con aspecto intelectual, señoritas que parecían salidas de revistas de modas, adolescentes en bandas, señoras de alta sociedad, y a todos los sectores sociales unidos por la misma pasión.

Ante mi automóvil, detenido por el embotellamiento, la gente corría para ver jugar a su equipo, con bastones, en sillas de ruedas, con oxígeno. Iban corriendo, caminando, gritando, sonriendo.

¿Qué pasó aquí? ¿No que nadie iría a ver un equipo perdedor? Era una fiesta.

Regresamos a casa y alcanzamos a ver los últimos veinte minutos del partido por televisión.

River perdió por cuatro goles a tres frente a América. Pero no me entristeció. Al contrario, la experiencia de ver esa miscelánea social alentando a sus jugadores, me puso de buen humor, y hasta un poco melancólica.

Y me preguntaba por qué, a pesar de que mis intereses y mi ámbito profesional están alejados del fútbol, me emocionan y acongojan los noventa minutos de un partido.

Los pensamientos me transportaron a mi infancia. Reviví la imagen de mi padre, un hombre inteligente y preparado, conservador y serio. Le gustaba leer y tenía en sus ojos la nostalgia heredada de sus ancestros inmigrantes.

Recuerdo los domingos en la tarde. Un aparato de radio en forma de cajoncito, con perillas y un dial grande en el centro, se apoyaba en una repisa diseñada expresamente para sostenerlo. Transmitía la voz de un relator de fútbol, que con frases dichas a una gran velocidad describía un partido de fútbol, “pasión de multitudes”. Patrocinaba la transmisión la “cabalgata deportiva Gillette”.

El fútbol no era la afición prioritaria para mi padre. Sin embargo, en la melancolía de las tardes de domingo, recorría la cocina con pasos lentos y constantes, tomaba mate y fumaba al mismo tiempo.

Sentada en una silla, lo veía caminar en silencio. Sólo se escucha, como música de fondo, la transmisión del juego. En mi ignorancia completa de las reglas y de los jugadores, no podía identificar por el relato cómo se estaba desarrollando el juego. Pero algunas frases se grabaron a fuego en mi mente.

El fútbol estaba presente en esa casa de un suburbio bonaerense; estaba enclavado en esa familia de clase media con aspiraciones de mejora. A medida que el encuentro llegaba a su fin, y la yerba se iba lavando, mi padre comenzaba a salir de su letargo.

Aquella tarde, sin poder aguantar más la curiosidad distraje a mi padre del relato del radio y le pregunté:

– Papi, ¿para qué equipo juega Corner?
– ¿Corner? -, me devolvió la pregunta con confusión, mientras sostenía en la misma mano el mate y el cigarrillo.

– Sí, Corner. Siempre juega. En la radio dicen: “Corner número”, y otro contesta: “Siete”.

– Nena, Corner es el tiro de esquina, no es un jugador -, me contestó con suficiencia de gran entendedor.

– Ahhh, yo pensé que era un jugador y que decían el número de su camiseta.

Sonrió sin mostrar los dientes, pero se notó en el brillo de sus ojos, que provocó gracia mi pregunta absurda. Movió la cabeza de un lado a otro y siguió caminando de un lado a otro de la cocina, con una mano en el bolsillo del pantalón.

Tal vez en ese momento, mi padre pensó que de haber tenido un hijo varón, las charlas sobre fútbol hubieran sido más profundas. Pero también tengo la convicción de estaba feliz con sus dos hermosas y regordetas hijas, y que disfrutaba viendo de lejos, y con cautela, ese mundo femenino que lo rodeaba.

Hoy me encuentro en una situación simétrica a la de él. Dos varones adolescentes, desafiantes y sabelotodos, comparten mi espacio y me llenan de sus ruidos. Veo con cautela, y no tan de lejos su mundo masculino. Por atrevida, o por que no tengo opciones, toco la puerta y paso.

Y en ese afán de compartir, me subí los juegos más altos de los parques de diversiones, fui a conciertos de desconocidos grupos juveniles, paseé por el mercado en el que se reúnen los punk, los dark y los emos, vi “Alien contra Depredador”, me pinté tatuajes de henna y me hice trencitas indias en el pelo.

El fútbol fue otra excusa para compartir. Ayer fue la camiseta de River, pronto me pondré la de Boca. Lo importante es vivir la pasión, el ambiente, los goles, y decirle al equipo: “aquí estoy, aunque ganes”.

Fútbol, pasión de multitudes. Fútbol, bendito fútbol, que fusionas las clases sociales en un único grito. Fútbol, que enseñas lealtad, compromiso y trabajo en equipo. Fútbol maravilloso, que me llevaste hasta mi padre y me acercas a mis hijos.

“Los atributos deben estar al servicio de la eficiencia”. César Luis Menotti

Rosana Lecay es argentina, con residencia en México. ( )

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