Opinión Nacional

García Márquez una vez más….

En el hermoso discurso que Gabriel García Márquez leyó en Cartagena de Indias, para agradecer el homenaje que se le rindió en el IV Congreso Internacional de la Lengua, con el triple motivo de su 80º aniversario, los cuarenta años de la publicación por primera vez de Cien años de soledad, y los veinticinco de haber recibido el Premio Nobel, comenzó diciendo lo siguiente: «Ni en el más delirante de mis sueños, en los días en que escribía Cien Años de Soledad, llegué a imaginar que podría asistir a este acto para sustentar la edición de un millón de ejemplares. Pensar que un millón de personas pudieran leer algo escrito en la soledad de mi cuarto, con 28 letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal, parecería a todas luces una locura».

No era para menos. Muy pocas veces, si es que ha habido otras, se ha acertado tanto en rendir un homenaje, tan merecido, como el de aquella tarde en Cartagena, el escenario ideal para ello, en una constelación de actos reunidos de una manera realmente providencial. Pues al ya dicho acierto del escenario escogido se aúnan otros motivos para celebrar el fastuoso acontecimiento. Uno de ellos el de la preciosa edición que de Cien años de soledad se hiciese con el patrocinio de la Real Academia Española, conjuntamente con la Asociación de academias de la lengua española y la valiosa colaboración de la Editorial Alfaguara, del Grupo Editorial Santillana. Otro, la presencia viva, mediante la palabra, tanto en dicha edición como en el acto central del homenaje, de un grupo de sus amigos más entrañables, coincidencialmente algunos de los más brillantes y famosos escritores hispanoamericanos, como Carlos Fuentes, Juan Gustavo Cobo Borda, Gonzalo Celorio, Sergio Ramírez y Tomás Eloy Martínez, dignamente escoltados por Víctor García de la Concha, Álvaro Mutis, Mario Vargas Llosa y Claudio Guillén.

No menos providencial fue la coincidencia de los motivos para ese homenaje, pues no es frecuente que se den en un mismo momento aquellos tres factores arriba señalados, coincidencia, por lo demás, muy garciamarquiana, enmarcada dentro de lo real maravilloso que distingue buena parte de su obra.

Para quienes conocimos personalmente a García Márquez desde mucho antes de ser célebre, desde cuando, en nuestro caso, vivía en Caracas «feliz e indocumentado», andando por estas calles en el ejercicio de uno de los oficios más fascinantes que existen, como es el de reportero, uno de los más estupendos efectos del privilegio de estar presentes en el homenaje de Cartagena fue el de constatar que el García Márquez de hoy es el mismo de entonces; que la gloria y los éxitos, por clamorosos que hayan sido, no se le han subido a la cabeza; que a los ochenta años sigue siendo el mismo muchacho de esos tiempos, tímido, cordial, con un fresco y espontáneo sentido del humor, que a veces disfraza su timidez de aspereza para eludir molestosos compromisos que violenten su natural tendencia a pasar inadvertido, nada fácil, por cierto, para quien va por el mundo con la fama persiguiéndole de manera tenaz e impertinente. Pero así es. Nada más emocionante que ver, aquella tarde de Cartagena, al Gabo de siempre, todo de blanco hasta los pies vestido, para decirlo parodiando a don Manuel Machado, recibiendo, con sonrisa y ademanes visiblemente nerviosos, la cerrada ovación de una impresionante muchedumbre, en la que fácilmente se percibía la presencia mayoritaria de gente joven, incluso de niños.

El éxito avasallante de Cien años de soledad se hizo patente desde su lanzamiento, en 1967, y se ha mantenido y aun acrecentado durante las cuatro décadas trascurridas, dato por demás significante, pues prueba que no fue un éxito fugaz ni un entusiasmo meramente generacional, como suele ocurrir aun con escritores del más alto rango.

En estos días jubilares se ha vuelto sobre lo que es el más alto elogio que pueda hacerse de un autor y una novela, como es su comparación con don Miguel de Cervantes y con Don Quijote. Es bueno recordar que tal paralelo no es nuevo ni caprichoso. El primero en proponerlo fue Carlos Fuentes, quien leyó el manuscrito de la novela meses antes de su publicación, y fue tal el impacto que le produjo que en esos mismos días le escribió una carta a Julio Cortázar, en la cual le decía: «Te escribo impulsado por la necesidad imperiosa de compartir un entusiasmo. Acabo de leer Cien años de soledad: una crónica exaltante y triste, una prosa sin desmayos, una imaginación liberadora. Me siento nuevo después de leer este libro, como si les hubiese dado la mano a todos mis amigos. He leído el Quijote americano, un Quijote capturado entre las montañas y la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso debe inventar el mundo a partir de cuatro paredes derrumbadas. ¿Qué maravillosa recreación del universo inventado y reinventado! ¡Qué prodigiosa imagen cervantina de la existencia convertida en discurso literario, en pasaje continuo e imperceptible de lo real a lo divino y a lo imaginario!».

No deja de ser asombroso el hecho de que semejante elogio haya salido de otro de los grandes novelistas hispanoamericanos, de la misma generación de García Márquez, habida cuenta de lo remiso que suelen ser los escritores a elogiar a sus pares, en un mundo como el de ellos, donde parecieran predominar las envidias y las mezquindades entre quienes, más que amigos y colegas se sienten rivales.

Desde ese juicio, tempranero y comprometido, de Carlos Fuentes, el parangón se ha repetido innumerables veces. Recientemente he releído Cien años de soledad, por primera vez desde su primera lectura, el mismo año de 1967, en un ejemplar de la primera edición en que, por cierto, hay una fraterna dedicatoria, que despierta la curiosidad de todo el que la lee: «Para mi compadre Alexis, con la gratitud de un sinvergüenza sacado de apuros, y con mi amistad, Gabriel. 1967». Fue escrita en un entonces muy conocido bar de Sabana Grande, y nos acompañaba el inolvidable Domingo Miliani, el único que sabía a qué picaresca travesura alude la dedicatoria, y de cuyas consecuencias yo lo hubiese librado. Aquella vez leí la novela exactamente en tres días, del 11 al 14 de agosto, según dejé anotado en sus páginas. En esta ocasión invertí quince días, del 14 al 29 de abril, en una nueva lectura lenta, sin la acuciante curiosidad de aquella otra, saboreando con fruición cada párrafo, siguiendo, fascinado, el hilo de la escritura sin duda genial, reconstruyendo en mi imaginación cada episodio. De esta relectura surgió como definitiva una convicción que ya antes había tenido, pero que ahora se afianzaba de modo inconmovible: Gabriel García Márquez es hoy el único clásico vivo de la lengua castellana, aplicando el término «clásico» en el mismo sentido con que se les atribuye a Cervantes, Góngora, Quevedo, Calderón de la Barca o Lope de Vega.

Sé que esta afirmación, tan rotunda, motiva la incredulidad de mucha gente. Unos la atribuirán a una amable y fraterna exageración. Otros la calificarán de arbitraria. No faltará quien vea en ella una lisonja intencionada. Todos pensarán que es desproporcionada, basados en que García Márquez está lejos de ostentar la aceptación unánime de que gozan hoy los monstruos sagrados que arriba mencioné. Sin darse cuenta, quizás sin saberlo, que ninguno de ellos gozó en vida de tal unanimidad, y mas bien fueron blancos de diatribas y negaciones, y hasta motivos de burlas e irónicas alusiones. El reconocimiento de la genialidad de un escritor y su calificación de clásico suelen venir con la muerte. Entre ellos mismos suelen decirse cosas pesadas y sátiras festivas, no siempre placenteras. Se sabe, por ejemplo, que don Francisco de Quevedo y fray Félix Lope de Vega, insignes bebedores, alternaban muy seguido la enemistad y la reconciliación, ambas ocurridas generalmente en el ambiente bohemio en el cual vivían y rivalizaban. En una ocasión, en que en medio del bullicio de una taberna se habían reconciliado después de una de sus habituales peleas, don Luis de Góngora improvisó una coplilla alusiva al hecho, rebosante de ironía: «Hoy hacen amistad nueva, / más por Baco que por Febo, / don Francisco de Quebebo / y Félix Lope de Beba».

La calificación de «clásico» discernible a García Márquez no se fundamenta, por cierto, sólo en Cien años de soledad, comopudiera creerse, aunque, de hecho, esta novela por sí sola hubiese bastado para ello. Pero la obra narrativa de Gabo, tejida en torno de Cien años de soledad, forma una unidad perfecta. De La hojarasca, su primera novela, dice el mismo Carlos Fuentes, «surge el universo creador de García Márquez», y es verdad: en las novelas y en los cuentos anteriores a Cien años de soledad comienzan a tejerse los hilos que conducirán a esta. Y las novelas y los cuentos posteriores seguirán el mismo rumbo, ratificándose en muchos aspectos, pero también renovándose en otros. Tal es asimismo el criterio de Mario Vargas Llosa, quien afirma: «El proceso de edificación de la realidad ficticia, emprendido por Gabriel García Márquez en el relato ‘Isabel viendo llover en Macondo’ y en La hojarasca, alcanza con Cien años de soledad su culminación: esta novela integra en una síntesis superior las ficciones anteriores, construye un mundo de una riqueza extraordinaria, agota ese mundo y se agota con él».

Muchos piensan, ciertamente, que Cien años de soledad pesa demasiado sobre las novelas que la siguen. Ocurre que, de manera natural pero equivocada, los fieles lectores de García Márquez están siempre a la espera de una nueva novela suya, que “supere” a Cien años de soledad. Por eso cada vez que aparece una nueva obra de su autoría se abalanzan sobre ella para devorarla, con la ávida esperanza de que sea, esa sí, la que destrone a Cien años de soledad. Y cuando concluyen su lectura se sienten defraudados, rumiando la decepción porque la nueva novela, sin desconocer su grandeza, y hasta su genialidad, no complace plenamente sus expectativas. No comprenden que la pretendida emulación entre la obra de 1967 y las posteriores es injusta, que un novelista no tiene por qué rivalizar consigo mismo, buscando siempre la obra que mate a las anteriores. En otras ocasiones he dicho que Cervantes, precisamente, escribió muchas novelas, pero una sola vez produjo El Quijote, lo cual no significa que las Novelas ejemplares, por ejemplo, empalidezcan ante el brillo de las aventuras del Ingenioso Hidalgo.

Así ocurre también con García Márquez. Los valores y la genialidad de Cien años de soledad no opacan en lo más mínimo los que ya se percibían en La hojarasca (1955), en El general no tiene quien le escriba (1961) y en La mala hora (1962/1966), ni los que luego irán apareciendo en El otoño del patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981), El amor en los tiempos del cólera (1985), El general en su laberinto (1989), El amor y otros demonios (1994) o Memoria de mis putas tristes (2004). Cada una muestra lo suyo, pero son como piezas de un rompecabezas que encajan muy bien, cada una en su lugar, alrededor de una pieza mayor, que sería Cien años de soledad. Sin todas y cada una de ellas el rompecabezas no podría ser armado.

La comparación de Cien años de soledad con El Quijote es justa y pertinente, partiendo de una caracterización que también tempranamente hizo Mario Vargas Llosa al calificarla de novela total, aplicando inteligentemente un sagaz concepto de Georg Lukacs: «Cien años de soledad es una novela total, en la línea de esas creaciones demencialmente ambiciosas que compiten con la realidad real de igual a igual, enfrentándose una imagen de una vitalidad, vastedad y complejidad cualitativamente equivalentes. Esta totalidad se manifiesta ante todo en la naturaleza plural de la novela, que es, simultáneamente, cosas que se creían antinómicas: tradicional y moderna, localista y universal, imaginativa y realista Pero Cien años de soledad es una novela total sobre todo porque pone en práctica el utópico designio de todo suplantador de Dios: describir una realidad total, enfrentar a la realidad real una imagen que es su expresión y negación. Esta noción de totalidad, tan escurridiza y compleja, pero tan inseparable de la vocación del novelista, no sólo define la grandeza de Cien años de soledad: da también su clave. Se trata de una novela total por su materia, en la medida en que describe un mundo cerrado, desde su nacimiento hasta su muerte y en todos los órdenes que lo componen –el individual y el colectivo, el legendario y el histórico, el cotidiano y el mítico–, y por su forma, ya que la escritura y la estructura tienen, como la materia que cuaja en ellas, una naturaleza exclusiva, irrepetible y autosuficiente».

Novela total es, pues, Cien años de soledad, como lo es también El Quijote. En ambas la vida se da en su total y absoluta integridad. Son novelas polisémicas, en la medida en que abarcan una enorme variedad –prácticamente todos– de los significados que la vida tiene para los seres humanos. Allí tienen respuesta todas las interrogantes que se hace el hombre acerca de las razones de su presencia en el Planeta. Ambas sirven de escenario a todos los sentimientos, emociones y pasiones que las personas son capaces de sentir a lo largo de su periplo vital. En las dos se pone de manifiesto el espíritu de aventura que es consustancial con el ser humano, y asoma la nobleza de unos seres enfrentados a la perversidad de otros. Igualmente la filosofía, hecha sabiduría popular, alienta a los hombres y mujeres que pueblan sus páginas. Particularmente interesante es el clima de humor que predomina en las dos novelas. Un humor festivo, pero no meramente cómico, que mas bien induce a la reflexión y a la toma de conciencia.

Mucho se ha dicho que Gabriel García Márquez es el paradigma absoluto del realismo mágico. Lo es, pero sólo en Cien años de soledad, donde su prodigiosa imaginación convierte en mágica la realidad circundante. El resto de su narrativa se ubica mas bien en lo real maravilloso. La diferencia entre ambos conceptos es clara. El realismo mágico linda con la fantasía, y en todo caso consiste en ofrecer una realidad real transformada en realidad mágica, en magia, es decir, en algo supuestamente sobrenatural. Ello se logra mediante diversos procedimientos dentro de la creación literaria. En el caso de Cien años de soledad este procedimiento tiene su base principal en la exageración, en la hipérbole desaforada. En Cien años de soledad abundan los episodios que, siendo hechos comunes y corrientes, son expuestos por el novelista con un tan alto grado de exageración, que los hace inverosímiles, por mágicos y, por tanto, sobrenaturales e impropios de seres humanos normales, no obstante lo cual, o quizás por ello mismo, logran encantar estéticamente al lector. En cambio, lo real maravilloso se da cuando el narrador describe y narra los hechos sin agregarles nada más allá de su realidad objetiva. Se basa en la existencia en la naturaleza y en la vida real de hechos insólitos, que son presentados tal como son, como han sido o como ocurrieron, mediante un lenguaje y unas técnicas narrativas especiales, capaces de convertir aquella realidad inalterada en materia estética. No hay en la literatura de lo real maravilloso nada de fantasía, y no obstante lo insólito, lo raro o poco común de tales hechos, su relato resulta plenamente verosímil.

Pues bien, mientras Cien años de soledad está llena de hechos supuestamente mágicos, fantasiosos e inverosímiles, las restantes novelas de García Márquez ofrecen hechos –sucesos y personajes– insólitos, pero verosímiles, nada fantasiosos ni pretendidamente mágicos o sobrenaturales. En Cien años de soledad todo es hiperbólico, y hasta desmesurado. Abrimos la novela por cualquier página, y a poco tropezamos con sus típicas exageraciones: Úrsula necesita trasladar a José Arcadio Buendía a su dormitorio, y pide ayuda para hacerlo: «No sólo era tan pesado como siempre, sino que en su prolongada estancia bajo el castaño había desarrollado la facultad de aumentar de peso voluntariamente, hasta el punto de que siete hombres no pudieron con él y tuvieron que llevarlo a rastras a la cama» (p. 123). 0 se recrea la leyenda del diluvio extremando sus proporciones hasta lo insólito: «Llovió cuatro años, once meses y dos días. (… ) Lo malo es que la lluvia lo trastornaba todo, y las máquinas más áridas echaban flores por entre los engranajes si no se les aceitaba cada tres días, y se oxidaban los hilos de los brocados y le nacían algas de azafrán a la ropa mojada. La atmósfera era tan húmeda que los peces hubieran podido entrar por las puertas y salir por las ventanas, navegando en el aire de los aposentos» (pp. 267/268). En un episodio matan de un tiro a José Arcadio, sin que se sepa quién: «Tan pronto como José Arcadio cerró la puerta del dormitorio el estampido de un pistoletazo retumbó en la casa. Un hilo de sangre salió por debajo de la puerta, atravesó la sala, salió a la calle, siguió un curso directo por los andenes disparejos, descendió escaleras y subió pretiles, pasó de largo por la Calle de los Turcos, dobló una esquina a la derecha y otra a la izquierda, volteó en ángulo recto frente a la casa de los Buendía, pasó por debajo de la puerta cerrada, atravesó la sala de visitas pegado a las paredes para no manchar los tapices, siguió por la otra sala, eludió en un curva amplia la mesa del comedor, avanzó por el corredor de las begonias y pasó sin ser visto por debajo de la silla de Amaranta que daba una lección de aritmética a Aureliano José, y se metió en el granero y apareció en la cocina donde Úrsula se disponía a batir treinta y seis huevos para el pan. –¡Ave María Purísima! –gritó Úrsula» (p. 118). Para colmo el cadáver, en el cual por cierto no se halló herida alguna, despide un olor a pólvora que resiste todos los esfuerzos por eliminarlo: «Tampoco fue posible quitar el penetrante olor a pólvora del cadáver. Primero lo lavaron tres veces con jabón y estropajo, después lo frotaron con sal y vinagre, luego con ceniza y limón, y por último lo metieron en un tonel de lejía y lo dejaron reposar seis horas. Tanto lo restregaron que los arabescos del tatuaje empezaban a decolorarse. Cuando concibieron el recurso desesperado de sazonarlo con pimienta y comino y hojas de laurel y hervirlo un día entero a fuego lento ya había empezado a descomponerse y tuvieron que enterrarlo a las volandas. Lo encerraron herméticamente en un ataúd especial de dos metros y treinta centímetros de largo y un metro y diez centímetros de ancho, reforzado por dentro con planchas de hierro y atornillado con pernos de acero, y aun así se percibía el olor en las calles por donde pasó el entierro» (p. 118/119).

Por la hipérbole García Márquez desemboca en el realismo mágico. Es eso, la exageración, lo que convierte personajes y sucesos en mágicos, vale decir, en sobrenaturales o simplemente inverosímiles. Otras veces es la invención deliberadamente mentirosa lo que hace de esa novela un ejemplo paradigmático del realismo mágico, como la escena en que Remedios la Bella se eleva al cielo.

En cambio, en las otras novelas de García Márquez no hay ni personajes ni episodios inverosímiles. Quizás podamos calificar de insólita la espera del Coronel de una carta que nunca llega, en El Coronel no tiene quien le escriba, pero no por ello dejará de ser un hecho verosímil. Como insólito es el crimen que da tema a Crónica de una muerte anunciada, sin que ello los convierta en irreal. Tampoco es irreal, por insólito que parezca, el amor tanto tiempo postergado de Florentino Ariza y Fermina Daza en El amor en los tiempos del cólera. Ni lo es la trágica historia de Sierva María en El amor y otros demonios. Menos aún hay fantasía, aunque sí imaginación, en El otoño del patriarca, antes bien, muy real sigue siendo en Hispanoamérica la presencia inquietante y fatídica del dictador, realizado o en potencia. Los episodios de la vida tormentosa del Libertador en sus años postreros, plasmados en El general en su laberinto, alternan la realidad con la ficción, pero en ningún caso hay en ellos elementos irrealizables e inverosímiles. Y nada más definitivamente real, aunque el argumento sea inventado y el episodio central resulte insólito, que el amor paradójicamente cuasiplatónico de un anciano profesor de noventa años con una putica adolescente, que para colmo era virgen, en Memoria de mis putas tristes.

Estas novelas, pues, se inscriben dentro del concepto de lo real maravilloso formulado por Alejo Carpentier, y no dentro del realismo mágico, donde sí se mueve a sus anchas Cien años de soledad. Esto no quiere decir, no obstante, que Cien años de soledad sea una novela fantástica. Todo lo contrario, los personajes y los hechos que en ella se narran y describen son de una realidad abrumadora. Numerosos críticos han señalado los referentes reales de personajes y ocurrencias. El realismo mágico es, en realidad, una fórmula de tratamiento estético de esa realidad objetiva y concreta. Una manera, entre muchas otras, de convertir la realidad veraz en ficción, pero sin que esa realidad pierda su entidad de tal.

Se sabe que don Miguel de Cervantes abrigó durante algún tiempo la ilusión de venir a América, atraído por el mito de los indianos. Nunca logró hacerlo. De haber podido, seguramente hubiese escrito Cien años de soledad cuatro siglos antes que Gabriel García Márquez.

Caracas, 27 de mayo / 1 de junio de 2007.

(Conferencia leída en el acto de homenaje a Gabriel García Márquez realizado por la Academia Venezolana de la Lengua conjuntamente con el Grupo Editorial Santillana)

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