Opinión Nacional

Geopolítica y Revolución

En dos programas de radio de gran audiencia («Punto de vista», emitidos durante un total de cuatro horas (4 horas), los días 5 y 19 de agosto, por Radio Intercontinental de Madrid) un grupo de periodistas españoles me acosó con punzantes preguntas sobre Venezuela. En base a las grabaciones de ambos programas intentaré sintetizar al máximo (brutalmente) esas cuatro horas dedicadas a Venezuela.

Después de la relegitimación del Presidente, el principal problema de la política interior de Venezuela (y el principal enemigo de la revolución bolivariana) es la creciente influencia, en distintos niveles de gobierno, de un grupo socialdemócrata de amplio espectro. Esa «izquierda progresista» (que va desde los cubanófilos al MAS, pasando por los adecos recauchutados hasta los profesionales de los «derechos humanos» y del «indigenismo»), se quiere apropiar del proceso, presentándolo ante el mundo como propio. Dentro del partido comunista español ya se han echado las bases para viabilizar esta operación. Es curioso porque esas personas, en toda Europa, hasta hace pocas semanas, se referían al presidente (%=Link(«/bitblioteca/hchavez/»,»Chávez»)%) como «ese golpista».

El avance de esta tendencia hace prever importantes conflictos ideológicos dentro y fuera del gobierno, porque la socialdemocratización de la revolución es la perversión de la revolución, ya que implica automáticamente su desnacionalización: el vaciamiento de sus contenidos más profundos.

Visto desde este ángulo, el problema de la participación militar en la conducción estratégica de la revolución bolivariana no es una cuestión ni secundaria ni naïve. Constituye el núcleo del debate ideológico y, por lo tanto, la piedra de toque del rumbo futuro de la revolución. En sentido inverso tampoco carece de sentido la «cuestión cubana»: cuanto más próximos se encuentren ambos modelos, mayor será la influencia de la socialglobalización sobre Venezuela.

De tal manera, hoy, la revolución bolivariana se debate entre dos opciones excluyentes: la socialglobalista y la nacionalcontinentalista o bolivariana, propiamente dicha. Al igual que otras tantas veces en la historia del mundo, revolución y contrarrevolución coexisten, provisoriamente, dentro de un mismo proceso político.

Fuera de este debate, la política venezolana ha adquirido una dualidad esquizofrénica. Esto quiere decir que se ha escindido en dos partes irreconciliables una con la otra. Mientras la política doméstica se mantiene a nivel de gallinero, el Caudillo accede a la condición de líder internacional, en su doble función de Presidente de Venezuela y de la OPEP, con un poder en el mundo ya equiparable, como mínimo, al de cualquier jefe de Estado europeo.

La «clase política» venezolana ni se ha enterado de esta reencarnación del Caudillo. Pretende lo imposible: hacerle creer al mundo que ella, que no es nada ni nadie, puede existir sin Chávez. Pero mientras que con un solo gesto del Caudillo el barril del petróleo ha superado los 32 dólares, los «padres municipales de la patria», los socialglobalistas, sólo están preocupados por ocupar la mayor cantidad de cargos (municipales) posibles.

Hasta hace pocas horas esa «ala izquierda» del gobierno bolivariano estaba muerta en América y en el mundo. Ahora, por ejemplo, está muy preocupada en des-geopolitizar el reciente viaje del Presidente a países miembros de la (%=Link(«http://www.opec.org»,»OPEP»)%). Pero el enemigo auténtico no se deja engañar. Sabe que lo que está en juego es muy importante: la creación de un vector geopolítico a partir de la OPEP representa una gran alternativa de resistencia al mundo unipolar, o global.

Si a ese vector geopolítico se le suma la posibilidad de comenzar a continentalizar la revolución en la América Meridional, revalorizando la capacidad política de las fuerzas armadas, humilladas y destruidas por la globalización, estaremos en presencia de una poderosa realidad estratégica vitalmente transformadora. Es precisamente contra ella donde hoy apuntan las armas de la izquierda liberal-progresista, que fue siempre la otra cara de la moneda del poder imperial: en el siglo XIX británico y en el XX norteamericano.

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