Opinión Nacional

Golpe y porrazo

Para quienes creemos al pie de la letra la conseja churchilliana de que la democracia es el peor sistema de gobierno…..exceptuando a todos los demás, nos resulta literalmente trágico que en la Venezuela del 2002 la palabra «golpe» esté tan de actualidad como el mundial de futbol.

Opositores y partidarios del régimen chavista hablan de «golpe de Estado» como si se tratara de la cosa más natural del mundo. Muchos a favor y otros tantos en contra, la posibilidad de una salida de fuerza a la profunda crisis de gobernabilidad que padecemos parece, en opinión de expertos y observadores, un hecho casi inevitable.

Aunque resulte urticante para algunos, si un activo no se le debe regatear a segundo gobierno de Rafael Caldera es que tranquilizó políticamente al país. La Venezuela que encontró Chávez, en febrero de 1999, y a pesar de todos los pesares habidos y por haber, era una nación con grandes expectativas de cambio, pero pacífico. Alejada de la violencia del quinquenio precedente (1989-1994: 27-F, 4-F y 27-N), y dispuesta a reformarse a sí misma, pero sin apelar a métodos violentos.

Bastaron tres años y medio para que el fantasma de la violencia política volviera a ocupar un lugar privilegiado, como no había ocurrido de esa manera desde los lejanos tiempos del siglo XIX. Es evidente que la responsabilidad con mayúscula recae en la demencia conflictiva de Chávez. Esa obsesión tan suya de polarizar, antagonizar, colidir y hostilizar a diestra y siniestra.

Esto no lo digo desde mi condición de opositor inaugural y radical al régimen chavista. Esto lo dicen buena parte de los principales colaboradores que ha tenido el presidente Chávez a lo largo de su gobierno, y que hoy, por algo será, lo denuncian desde la acera de enfrente. Me refiero a Guaicaipuro, Peña, Miquilena, Armas, Urdaneta, al mismo Arias Cárdenas, Angela Zago, Pablo Medina, Escarrá, Riera, Puchi, Salazar, Rosendo y para usted de contar.

Cuando en un país de «cultura democrática», un gobierno de legitimidad electoral se transforma en un régimen hegemónico, para quien las propias leyes que se ha dado se vuelven una especie de «papel toalé», no cabe sino el resultado que ahora trajinamos. El célebre cuero seco de Guzmán Blanco, que cuando se le aplasta por un lado se levanta por el otro.

En otras democracias del mundo, algunas de las cuales, por cierto, se supone que sirvieron de «inspiración» para redactar la Constitución Nacional de 1999, una crisis cataclísmica como la venezolana sería conjurada a través de la soberanía popular: que la gente se pronuncie y ponga o quite. Si Chávez dice promover la democracia «participativa

La llamada Carta Magna «bolivariana» lo permite, a diferencia de la Constitución anterior de 1961. Nada más lógico, entonces, que se facilite desde el poder una salida pacífica, participativa, cívica y constitucional. Ahora y no para las calendas griegas.

Pero no. Chávez en sus trece y al que no le guste que se la cale. Esa es la intransigencia que está pavimentado el camino para el cacareado golpe. No se puede justificar el uso de la violencia para «resolver» conflictos políticos e institucionales. Rechazo con firmeza el espejo de Colombia. Ojalá y Chávez se diera cuenta que en sus manos está permitir que eso no suceda.

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