Opinión Nacional

Guerrilla comunicacional y milicias

El vocablo guerrilla, en cualquier idioma, incluyendo el arameo del cual lo ignoro todo, significa partida armada presta a la emboscada, al asalto, a la liquidación física del enemigo, a matar. De manera que el rebusque semántico del ministro Navarro, trastocando el valor de la palabra, no pasa de ser un patético esfuerzo por halagar al Bellaco dominante, quien disfruta dando mandoblazos con el sable de Bolívar a sus más cercanos colaboradores. Adolfo Hitler organizó la juventud hitlerista. Niños y adolescentes, reclutados e indoctrinados por los “pedagogos” de Goebbels, alineados en formación militar, dispuestos a inmolarse en la defensa imposible de Berlín y de la confortable guarida del Führer. El tenebroso pasado, con nuevo empaque y el rótulo “Socialismo del Siglo XXI”, se levanta amenazante. Pero, a pesar de sus argucias y avances, estamos a tiempo de frenarlo en seco. 40 años continuos de vida y accionar democrático, no pueden ser barridos por la vacua palabrería de un sociópata secundado por mangantes con merecida fama. Una sociedad medianamente informada, no soporta impasible la inmensa perversidad, incapacidad e incompetencia de un gobernante que, teniendo desbordante apoyo popular y dinero a borbotones, haya conducido la nación a una crisis, por demás inimaginable, donde lo económico-financiero es una brizna comparada con la degradación moral, social y política que acosa al venezolano, sin distingos de estratos. Por eso, a semejanza de cuantos autócratas le antecedieron, ataca por la línea más débil del entramado social. La infancia y la adolescencia. Con igual saña arremete contra ciudadanos de edad avanzada. Con estudiantes, jóvenes trabajadores y ancianos crea unas milicias con el propósito de amedrentar al ciudadano y, para mayor abyección, las equipa con uniformes, medias y botas recicladas, y armamento chatarra. Allí está la nuez de su crimen. No se puede construir una sociedad minando la mente-espíritu de sus integrantes, mucho menos degradando el pasado y decapitando el futuro. Pero ese ha sido y será el accionar fascista y comunista, una vez asaltado el poder. Crean especies de madrasas para cargar de odio la mente de los niños y adolescentes, y estimular el resentimiento de los mayores. Los preparan para la inmolación y desbrozan el camino a la frustración que les sobrevendrá, al topar con los 40 años de ejercicio democrático que aguardan para derrotarlos. La oposición es diferente. Con el triunfo que se barrunta, el proceder estará a tono con las exigencias de la civilidad. Es menester combatirlos. Unificados y sin miedo. Con gallardía. No perseguirlos como a ratas ni aplastarlos como cucarachas, aun cuando han hecho meritos para ello. La justicia, despolitizada, caerá sobre quienes optaron por delinquir. No somos hijos de Monteverde, Morales, Boves, Rosete, de Antoñanzas o de Zamora. Somos herederos de Bello, de Miranda, de Bolívar, de Salias, de Lamas, de Gallardo, de Rodríguez, de Gallegos y, como si fuera poco de Vargas, “el albacea de la angustia”.

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