Opinión Nacional

Hacia otro lado

Detener la propagación del SIDA, así como disminuir los casos de tuberculosis y paludismo para el año 2015 es uno de los objetivos que la Comunidad Internacional se ha planteado para el nuevo milenio. A pesar del compromiso sellado por casi todos los países son muy pocas las zonas donde se ha conseguido reducir la propagación de estas enfermedades.

Las consecuencias sociales y económicas que estas tres enfermedades tienen en algunas regiones son enormes. El Producto Interior Bruto de muchos países puede descender un 8% en el 2010 sólo a causa del SIDA. En Zambia, el 20% de los adultos han contraído el VIH. Estos niveles de SIDA no sólo impiden el bienestar presente, sino que casi anulan cualquier esperanza en un futuro próximo.

Onusida afirma que hay 40 millones de personas infectadas con el VIH. De éstos, sólo 4 millones tienen acceso a la terapia antirretroviral, la única efectiva. La enfermedad se ceba con los indefensos, niños infectados desde su nacimiento y mujeres. Éstas tienen más probabilidades de contraer el virus. No sólo por una razón biológica, sino también porque la discriminación, la falta de educación y las obligaciones a las que se ven sometidas provocan que el 64% de los infectados en los países no desarrollados sean mujeres.

El paludismo es una enfermedad infecciosa que sólo se da en zonas tropicales o sub-tropicales. La ausencia de eficacia en los sistemas sanitarios, los movimientos de población y la poca higiene son los factores que permiten su desarrollo. Se calcula que este año podrían morir 700 mil niños a causa de esta enfermedad, es decir, uno cada 30 segundos. Sin embargo, es improbable que el paludismo ocupe los primeros minutos de un sólo telediario occidental o se organicen campañas de emergencia para paliar la catástrofe.

La tuberculosis se contagia como un resfriado, basta inspirar unos pocos bacilos para contraer la enfermedad. El aumento demográfico, las malas condiciones de vida, los movimientos migratorios y la malnutrición se señalan como las causas de su propagación. La mayor parte de los casos se registran en el sureste asiático. Pero es en África donde la enfermedad provoca mayor número de muertos. Además, los portadores del virus del SIDA ven multiplicadas por 10 sus posibilidades de contraer la enfermedad. Se calcula que cada año mueren cerca de dos millones de personas debido a la tuberculosis. De ellas, 400 mil son seropositivos.

A pesar de estas cifras, no se realiza una investigación para combatir la enfermedad desde la década de los sesenta. Y la vacuna, creada en los años 20, se ha demostrado ineficaz. Los estudios demuestran que alguien infectado de tuberculosis, si no recibe tratamiento, llega a infectar entre 10 y 15 personas cada año.

Y mientras esto sucede, el derecho a la propiedad intelectual de las grandes farmacéuticas prevalece sobre el derecho a la atención médica, sobre el derecho a la vida. Y hay quien regula la ayuda contra la pandemia según sus intereses. Los miles de muertos que se agolpan en estas estadísticas no mueren por la enfermedad que contraen, sino por haber tenido esta enfermedad siendo pobres. No es sólo un virus el que les mata, son también las estructuras que permiten su propagación. Y de eso estaban contagiados desde que nacieron.

Ahora que se cumplen 60 años de la liberación de Auschwitz, el mundo asiste a otro holocausto. Esta vez no es el fruto de un plan premeditado, sino de la situación de pobreza de una gran parte de la humanidad, que permite la fácil propagación de varias enfermedades infecciosas. Este holocausto no diferencia ideologías ni razas, sólo quien puede pagar una medicina. Y para que se produzca no hace falta crear ningún campo de concentración, esta vez, basta mirar para otro lado.

Alberto Senante
Periodista

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