Opinión Nacional

Hasta un millón de cartas

El promedio mensual está en un millón de cartas: Miraflores, nervio
epistolar según la reseña periodística. La contabilidad no incluye los otros
despachos directamente dependientes de la presidencia ni las remisiones
telegráficas y, acaso, electrónicas.

Suponiendo el incremento sustancial de los archivos más recientes, tampoco
olvidemos los más antigüos e intermedios. Y es que, junto a la
documentación que vendrá, contamos con un patrimonio merecedor de todos los
cuidados, la sistematización y la publicidad que hicieron la inquietud de
Ramón Velásquez y Nora Bustamante.

Desdeñamos la conservación de los papeles, aunque dos o cinco años después
absurdamente digan que dejamos de cancelar un recibo de condominio, luz o
teléfono. Frecuentemente, las dependencias oficiales exhiben un basural de
obesas cajas sin destino, solicitando una y otra vez fotocopia de recaudos
que presumimos en su poder, configurada la otra carga parafiscal de las
diligencias creídas comunes. Por consiguiente, nada extraña que las
relaciones políticas tiendan a fundarse en el olvido permanente.

A José Saramago le costaría muchísimo novelar la burocracia weberiana en
Venezuela y el protagonista de «Todos los nombres» jamás hubiere
pensado en la inclusión de las fotografías en la ficha civil de su
perseguida. En una abusiva y quizá equívoca correspondencia, el país de las
dos o tres décadas con el litro de leche a Bs. 1,12 y el kilo de azúcar a
Bs. 1,oo, aprende ahora a ejercitarse en las alacenas, tanto como el país de
las informalidades puede cambiar si hay tribunales que hagan justicia,
valorando sin trampas las pruebas presentadas, hallando la utilidad
doméstica y ciudadana de los papeles guardados, redimensionando una razón
que escape de la represivamente compartida cuando sólo hemos privilegiado
los antecedentes penales y los prontuarios policiales.

Archivamos con esmero las manchas, quizá lo único de mediana eficacia. El
sentido del ahorro, con tendencia a expresarse en el almacenamiento,
recuperación y reposición de los alimentos, enseres y atuendos, puede
manifestarse en el de los esfuerzos para no repetir las diligencias
burocráticas y experiencias políticas, varias veces fallidas, retomando la
memoria colectiva.

Además, están pendientes los investigadores sedientos de las fuentes
primarias. Recordamos uno de los capítulos de la serie «Los nazis: una
advertencia de la historia», asesorada por Ian Kershaw y transmitida
por Vale T.V.: era muy elevado el porcentaje de detenidos y desaparecidos en
una apartada población de la Alemania del Este, en relación al reducido
número de sabuesos de la SS. Al abrirse los archivos policiales, después de
caer el muro berlinés, se encontraron miles de cartas delatoras de reales y
supuestas conspiraciones, incluyendo la denuncia del vecino por motivos
fútiles, revelado todo el trasfondo autoritario que hizo de Hitler una
costosa circunstancia.

En un trabajo que llegó a mis manos por azar, Guillermo Briceño Porras
advierte de inicio que «hablar de archivos es, en definitiva, conocer
los documentos del poder y el poder de los documentos», remitiéndonos
rápidamente al problema de la gobernabilidad, pues, resultan útiles para
asegurar la transparencia administrativa y el control de los actos de
corrupción. Legitimidad plenamente alcanzada con la creación de un Sistema
Nacional de Archivos a objeto de una mayor seguridad jurídica,
administración del tiempo, agilización de trámites y recuperación de
espacios.

Es natural que la sede del gobierno, como ocurre en todo el mundo, reciba
las pulsaciones del país, aunque podrá aseverarse que un millón de piezas
es el límite, pues, otras entidades u organismos públicos están llamados a
recibirlas y tramitarlas adecuadamente, colocado el acento en la
desinformación, la falta de credibilidad o la terca concentración del poder; tratándose de reiterar las afinidades ideológicas, dibujaría la sordera de
los partidos oficialistas que no las procesan siquiera emocionalmente; y,
además, nos convencería de aquellos hábitos anteriores a la estructuración
cultural del populismo, si se permite la expresión, pues, el «Boletín
del Archivo Histórico de Miraflores», que desafortunadamente ya no
recibo, nos ha ilustrado con curiosas peticiones de ayuda de algunas
familias pudientes al principiar el siglo pasado. Lo cierto es que no hay
una composición postal de las demandas políticas, pues, los envíos tienen un
carácter testimonial ( ex post facto), independientemente de la
movilización de los demandantes, excepto las inmediatas labores de
inteligencia que puedan suscitar.

Creemos en un texto legal específicamente destinado a los archivos de
Miraflores, la Asamblea y el Tribunal Supremo que cuente con la decisiva
contribución de la Escuela de Bibliotecología y Archivología de la UCV,
añadido el papiro audiovisual. La mensajería de palacio tiene implicaciones
más allá de las anécdotas contables.

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