Opinión Nacional

Héroes no, víctimas

Qué eterno se hace el vuelo que traslada un ataúd. Qué triste esa
llegada que no es tal para el pasajero inerte. Qué trágica esa reunión
que ya no va a festejarse con abrazos porque el recién llegado viene
traído en andas, silencioso. Muerto. Esa es la ceremonia que Chávez
procuró a los familiares de los cuatro oficiales venezolanos fallecidos en
Cochabamba al estrellarse el helicóptero usado por el presidente de
Bolivia, Evo Morales.

Desde Moscú, donde se encontraba en visita organizada de manera
unilateral y sin esperar que sus anfitriones rusos demostraran alguna
inclinación a recibirlo, Chávez tuvo la desfachatez de decir que quería
«rendir tribuyo a estos héroes de la revolución y mártires de la unión
suramericana». Que estaban, agregó, «cumpliendo misión de patria grande».

Con sus ojillos ya por siempre casados con una expresión porcina, y
embutido en sus lujosos trajes, desde Moscú, la ciudad más costosa del
planeta (según reciente medición internacional), rindió tributo… Qué
tributo. Habló paja acerca de cuatro jóvenes oficiales venezolanos que
encontraron la muerte, ¿en faena heroica? No. En el cumplimiento de una
orden personal de Chávez, que hace favores a sus amigos empleando para ello
lo que no le pertenece.

Qué más quisiéramos que mitigar la angustia de estas muertes con la
idea de que tuvieron algún sentido, que se han traducido en alivio para
alguien o garantía de supervivencia para otros. Esto es lo que ocurre
cuando los uniformados -conscientes, por cierto, de que con las insignias
viene el riesgo de perecer en el cumplimiento del deber-, entregan la vida
para salvar la de otros, cual es el caso de las operaciones de salvamento en
catástrofes naturales. Pero los oficiales venezolanos muertos en Bolivia no
estaban allí en labores de apoyo a Bolivia sino a las órdenes personales
de un individuo, el Presidente de ese país suramericano, que se encontraba
en brega proselitista, a las puertas de una medición electoral. Nuestros
muchachos acudieron a una cita con el infortunio cuando cumplían la orden
de destinar equipamiento militar venezolano, y sus pericias profesionales,
para favorecer una parcialidad política de un país extranjero. Como si no
hubiera en Venezuela urgencias que paliar y trabajos que cumplir.

Choferes del aire de un mandatario ajeno, soldados cuyo compromiso de
obediencia les impide elegir entre la gesta y el mandado innoble, cuál es
el heroísmo. ¿Mártires de la revolución? Chávez debería tener el
detalle de callarse antes de proferir semejante burla a la memoria de unos
oficiales y a la sensibilidad de un país. ¿Cuál es la revolución a la
que estos oficiales entregaron su vida? ¿La del festín de millones que los
ladrones de Pdvsa están celebrando con tal estridencia que los bancos
suizos deben negarse a recibir sus depósitos porque los cuentahabientes no
pueden explicar la procedencia de sus súbitas fortunas? ¿La de las compras
en efectivo de mansiones y penthouses? ¿La de los maletines de dólares a
diestra y siniestra?

Como buen miembro de la izquierda ágrafa, Chávez -que evita tan
enérgicamente incurrir en el heroísmo y cada vez que ha estado en riesgo
se las ha arreglado para asegurar su integridad y que sean otros quienes
hagan frente a los peligros- es al mismo tiempo muy aficionado a la épica
que arroja víctimas mortales. Desde luego, siempre que el muerto sea otro.

Y como su irresponsabilidad y su capacidad destructiva siempre están
cosechando muertos, se apresura a revestir su propio efecto letal con el
discurso del heroísmo. Estos cuatro oficiales (así como el que falleció,
también en Bolivia, el año pasado), no son héroes, son víctimas.

Víctimas de Chávez, de su afán de echárselas de magnate a costa del
patrimonio del país; de su criminal práctica de repartir dinero, equipos y
personas a otros países con la única razón de que están gobernados por
su coral de pedigüeños; y sin que las asignaciones sean aprobadas por la
Asamblea Nacional ni sometidas al escrutinio de institución alguna.

Todo lo que toca queda impregnado de la terrible predestinación de
Chávez, condenado a dejar un rastro de tragedia cuando las circunstancias
auspiciaban ventura. No hay que esperar nunca que su paso deje heroísmo ni
grandeza. Sólo víctimas. Pobre tipo, ése es su sino.

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