Opinión Nacional

Hugo Chávez: un mal necesario

Hoy en día todos los estudiosos de la Historia están de acuerdo en que Juan Vicente Gómez fue un mal necesario. Venezuela salió malherida de la Guerra de Independencia. En el libro Los días de la ira, las Guerras Civiles en Venezuela, 1830-1903 (Antonio Arráiz, textos recopilados por Néstor Tablante y Garrido, Vadell Hermanos Editores, Valencia, Venezuela, 1991) se informa que entre el 1º de enero de 1830 y el 31 de diciembre de 1903 Venezuela padeció 39 revoluciones. En ese mismo período hubo siete años en los que se combatió todos los días. El país había perdido el 25% de su población durante la Guerra de Independencia, y con las guerritas civiles no podía recuperarse, hasta que Gómez, en 1903, acabó con la preeminencia de los caudillitos regionales, obra que remató durante su gobierno (1908-1935) con la creación de una red de caminos y otra de telégrafos, que unificaron el país. Pero ese país unificado, a partir de 1922, y especialmente desde 1929, fue víctima del petróleo, ese “oro negro” que, con la excepción de los países ya desarrollados, ha sido un elemento corruptor de todo lo que toca. Venezuela no escapó a esa realidad, y a pesar de la influencia de Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Juan Pablo Pérez Alfonzo, Gumersindo Torres, Alberto Adriani, Arturo Uslar Pietri y un puñado de personas de buena intención, la Venezuela democrática, por petrolera, se corrompió radicalmente. No hablo sólo de corrupción administrativa, sino de todas las formas de corrupción posible, como la demagogia, el populismo, el facilismo, la falta de patriotismo, la inexistencia de Estado de Derecho, la anomia y todas las formas que puedan imaginarse. En 1998, cuando era evidente el dominio de esa corrupción total, el teniente coronel Chávez Frías pareció, para muchos, un camino para apartar el país de esa corrupción, pero resultó, en la práctica, todo lo contrario. Su gobierno ha sido la exacerbación de todos los males y las vilezas que poco a poco habían ido creciendo. La corrupción, en los diez años en que ha estado al frente del Estado, se ha multiplicado hasta lo imposible. Una de las muestras de esa triste realidad es el hecho de que tantos venezolanos hayan resultado víctimas de la estafa del Stanford Bank. No estamos hablando de multimillonarios, ni siquiera de ricos, sino de gentes que, por desconfiar del país, puso sus pocos ahorros en manos de quienes los usaron mal. Prácticamente no ha habido en los últimos diez años quien haya creído en el país como para invertir en su porvenir. Y todo el que ha podido, ha preferido poner sus ahorros en dólares y sacarlos de Venezuela. Eso es otra forma de corrupción, no de corrupción administrativa, sino de descomposición del país. Y es en ese sentido que creo que el teniente coronel Chávez Frías, al ser la magnificación de todo lo malo, de la corrupción del país, está obligando a la sociedad a reaccionar, a verse tal como es, a horrorizarse de su propia realidad y buscar, por fin, un camino diferente, radicalmente apartado de la corrupción del “oro negro”. Y entonces la Historia, a la larga, lo considerará un terrible revulsivo, una espantosa enfermedad causada para matar el cuerpo y obligar a que otro cuerpo se haga presente. En pocas palabras: un horrible mal necesario.

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