Opinión Nacional

Huyéndole al problema

Es grande el peso que tienen en la generación de la violencia los valores, actitudes y conductas aprendidas. Importantes agentes educativos lo saben, pero parece no importarles. Tienen otras prioridades. Hay mucha gente de poder involucrada. Agencias de publicidad, vendedores de películas, estaciones de televisión, periodistas promotores de programas truculentos y comerciantes inescrupulosos que han constatado que sus productos se venden si respaldan programaciones violentas y morbosas. Tienen por excusa que ellos no son los que inventan la barbarie, sólo la muestran a la gente. Salvadores que impiden que se nos oculte la realidad. Esas poses muestran su cinismo.

No están solos en la propagación de la agresividad verbal, física y moral. Los acompañan fundamentalistas de la política que someten al escarnio público a quien no comparta sus doctrinas de exterminio. Consideran indeseable a quien no esté al servicio de sus dogmas. Repiten frases huecas como que fulano es el “enemigo”, o que hay que acabar “como sea” con el adversario. Educan y reclutan gente para prepararse para la lucha “a muerte” contra quien, según ellos, representa el mal.

Faltarían páginas para señalar a quienes, desde diversas trincheras, han sembrado y siembran de odios los caminos de Venezuela. Lo curioso es que en estos días les he visto y leído declarar muy preocupados por el recrudecimiento de la violencia, por la proliferación de secuestros y asesinatos, como por la situación de inseguridad general que se vive, como si el lenguaje que ellos usan a diario fuese un bálsamo para la comunidad, preventivo de excesos, o garantía de ecuanimidad a la hora de impartir justicia. Como si sus discursos y sus procederes nada tuvieran que ver con la exacerbación de la violencia en nuestra sociedad.

Cualquier ciudadano alerta entiende las consecuencias de los mensajes virulentos y de tener líderes violentos, en especial en el campo político y en los medios de comunicación. Saben qué tipo de sociedad produce. Las raíces económicas y políticas del problema que hoy trae de cabeza al país no hay que buscarlas con lupa. Están a la vista.

Por otra parte, las instituciones públicas portadoras de las herramientas para luchar contra desviaciones como la delincuencia están penetradas por ella. Pasa en tribunales y en las policías. Ocurre con bufetes dedicados a la defensa de mafias. No todos en el lado del Estado están luchando contra el flagelo. Unos cuantos lo fomentan y protegen. Otros, se cruzan de brazos, por impotentes o por ineptos.

El que dirigentes políticos que pudieron luchar contra el establecimiento para llegar al poder y luego abordaron esquemas maximalistas como el cambio de una Constitución y la apropiación por vía electoral de todas las instancias de decisión pública, no puedan enfrentar con éxitos la conformación y conducción de las policías, revela que estaban preparados para la capitalización del descontento y la proclamación de llamativas consignas, pero no para la adopción de medidas que aseguren la seguridad a los ciudadanos.

Tienen que diseñar políticas y aplicarlas. Seleccionar y preparar a los policías. Remunerarlos debidamente. Darles protección social. Capacitar esos cuerpos para el trabajo de inteligencia y para las tareas de prevención. Hacerlos eficientes en el combate diario contra el delito. Ser responsables de ellos. De eso, entre muchas otras cosas, se trata el gobierno. No de concentrar más poder, que en eso se les ha ido el tiempo. Ejérzanlo debidamente.

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