Opinión Nacional

Iglesia y vida

La tentación en la Iglesia desde sus orígenes es permanente y doble: refugiarse en otro mundo, evadiendo las responsabilidades de éste o confundir el Reino de Dios con los reinos de este mundo. Entre esos dos abismos va el camino de Jesús y de sus seguidores.

Recientemente, los obispos latinoamericanos se reunieron en Aparecida, Brasil en su V Conferencia General para examinar cómo la Iglesia ofrece la vida, la verdad y el camino de Jesucristo a nuestros pueblos. El debate previo se simplificó en la palestra mediática: como la Iglesia se ocupa de la justicia social-decían unos- los que buscan a Dios la abandonan y buscan sectas más espirituales. Ciertamente también dentro de la Iglesia hay corrientes “espiritualistas” que quieren una Iglesia más desentendida de las angustias y de las alegrías de la gente y más lejana de los rostros sufrientes de los pobres y de sus esperanzas.

Pero el dilema de Jesús no es el otro mundo frente a éste, sino lo “espiritual” frente a lo “carnal”. Dar de comer al hambriento y curar el cuerpo enfermo del paralítico son obras espirituales, mientras que la soberbia y el odio, tan inmateriales, son “carnales”, es decir contrarias al Espíritu. Las acciones de los economistas y gerentes que incrementan miles de empleos dignos y hacen funcionar impecablemente los hospitales públicos, son “espirituales” porque defienden la vida del hermano; no así los que desde el templo desprecian al pobre, y luego de los rezos le quitan las oportunidades de trabajo y de vida.

Algunas de las páginas más logradas de “Aparecida” son las diez del capítulo 8 titulado Reino de Dios y Promoción de la Dignidad Humana. “Ser discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos, en Él, tengan vida, nos lleva a asumir evangélicamente y desde la perspectiva del Reino las tareas prioritarias que contribuyen a la dignificación del ser humano, y a trabajar junto con los demás ciudadanos e instituciones en bien del ser humano”(398).

Jesús, desde el pobre y el excluido, hace visible la presencia transformadora de Dios. Así lo reconocieron sus seguidores galileos. La afirmación radical de la vida de los negados de la tierra rescata la dignidad humana de todos, por encima de poderes que reducen a las personas a cosas desechables. “Jesucristo es el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre”. Desde ahí “brota también la solidaridad como actitud permanente de encuentro hermandad, y servicio, que ha de manifestarse en opciones y gestos visibles principalmente en la defensa de la vida y de los derechos de los más vulnerables y excluidos, y en el permanente acompañamiento en sus esfuerzos por ser sujeto de cambio y transformación de su situación” (408).

“La opción preferencial por los pobres exige que prestemos especial atención a aquellos profesionales católicos que son responsables de las finanzas de las naciones, a quienes fomentan el empleo, los políticos que deben crear las condiciones para el desarrollo económico de los países, a fin de darles orientaciones éticas coherentes con su fe”(409).

Para el sentido cristiano fiel al Evangelio, “todo proceso evangelizador implica la promoción humana y la auténtica liberación sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad” (413).

Hay el peligro de que toda esta orientación quede secuestrada en el reducido mundo clerical y se vuelva intranscendente. Los obispos nos señalan el camino contrario: “se deben diseñar acciones concretas que tengan incidencia en los Estados para la aprobación de políticas sociales y económicas que atiendan las variadas necesidades de la población y que conduzcan hacia un desarrollo sostenible”(417).

Desde luego, nada de esto será posible sin “la globalización de la solidaridad y la justicia internacional” (420), dado que todo se ha vuelto interdependiente. La ética debe ser operante en los negocios y en la política y para lograrlo “hay que trabajar por una cultura de la responsabilidad a todo nivel que involucre a personas, empresas, gobiernos y al mismo sistema internacional” (422).

Es el camino espiritual del Dios trascendente y no domesticado por los poderes de este mundo para convertir la política, la economía y la responsabilidad social de los hijos de Dios en vida y defensa humana para todos.

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