Opinión Nacional

Inermes frente a las catástrofes

Tan preparados están para la guerra y tan pingües beneficios proporciona que, cuando no hay enemigo, hay que inventarlo, porque la colosal maquinaria bélica no puede detenerse. Submarinos, portaaviones, acorazados, aviones con y sin piloto, tanques, obuses, cohetes de corto y de largo alcance, con ojivas nucleares y sin ellas… Sin embargo, para defendernos de las catástrofes que asolan el mundo, nada. Si se tratara de fenómenos infrecuentes, podría explicarse. Pero son recurrentes. Y, como no forman parte de la defensa tradicional, las estructuras de seguridad –con una visión muy miope de lo que seguridad significa – no las han incluido en sus estrategias y carecen de los recursos personales y técnicos necesarios para prevenirlos o, al menos, reducir su impacto.

Inermes, a pesar de que las Naciones Unidas, durante el decenio de 1989-1999, estudiaron con detenimiento (recabando el concurso de los mejores especialistas) las medidas que deberían adoptarse antes e inmediatamente después de los sucesos. Tuve la oportunidad, como director general de la UNESCO en aquel momento, de poner en marcha las acciones a desarrollar con el entonces secretario general de las Naciones Unidas, Javier Pérez de Cuéllar. Al término del periodo indicado, se publicaron las medidas más adecuadas –Gestión de las catástrofes naturales–, y la Asamblea General de las Naciones Unidas siguió periódicamente su actualización a través de la UNESCO.

Pero, como sucedió con las recomendaciones para el desarrollo social y sostenible, las fórmulas aconsejadas por el sistema de Naciones Unidas fueron olímpicamente despreciadas por los grupos plutocráticos de los “globalizadores” (G-7, G-8…).

Las medidas a adoptar se establecieron sobre:

Desastres hidrometereológicos: ciclones, huracanes; inundaciones; sequía; tornados; temperaturas extremas; rayos… Desastres geológicos: terremotos, volcanes, tsunamis, corrimientos de tierra, glaciares… Desastres medioambientales y tecnológicos: incendios.

Los cuatro objetivos principales de la Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres (ISDR) son: incrementar la conciencia pública sobre el riesgo, vulnerabilidad y reducción de los desastres a escala global; favorecer el compromiso de las autoridades; provocar la participación interdisciplinar; y aumentar el conocimiento científico.

Una de las contribuciones recientes más importantes es el proyecto GAP (Guard, Anticipation and Prediction) de la Unión Europea sobre las amenazas a la “salud global”, que une a los desastres naturales los nucleares, grandes epidemias, catástrofes industriales y terrorismo.

Hoy, los efectos del cambio climático, el deshielo, los gases con efecto invernadero y, en particular, el anhídrido carbónico, pueden formar parte de los temas a abordar por un Consejo de Seguridad con un ámbito de competencia ampliado. Las cuestiones que requirieran fuerzas armadas se confiarían a los cascos azules y, siguiendo la propuesta de Nicole Guedj, debería favorecerse la constitución de los cascos rojos como fuerza supranacional exclusivamente humanitaria para actuar, precisamente, frente a las catástrofes naturales o provocadas. En España se ha constituido en el años 2005 la UNE (Unidad Militar de Emergencia), que ya ha demostrado su capacidad de acción (incendios, etc.).

A la ineficacia e incapacidad de reacción demostrada en el socorro y rehabilitación en casos de terremotos, inundaciones, etc., se añade ahora la marea negra por el vertido de grandes cantidades de petróleo, debida a la imperdonable codicia de una empresa de extracción de petróleo a gran profundidad que no disponía de los recursos que pudieran garantizar las eventuales averías. Se pretende, indebidamente, que el presidente Obama asuma culpas que sólo corresponden a la petrolera británica. Un vertido de esta naturaleza no es un huracán.

A principios de la década de los noventa pusimos en marcha el GOOS (Sistema Global de Observatorios de los Océanos) para poder anticipar tsunamis y denunciar a los transportistas de petróleo que lavan en alta mar los fondos de los tanques en lugar de utilizar las instalaciones portuarias apropiadas.

¿Hasta cuándo seguirá la mayoría de la población mundial dejando, impasible, que las cosas sucedan como siempre? Creo que ya no será por mucho tiempo. Porque la nueva tecnología de la comunicación permite la progresiva participación de la gente, hoy espectadora, y empezará a formar la red global que, tanto a escala mundial como local, fortalecerá la democracia genuina, la transición desde una cultura de imposición, violencia y guerra a una cultura de diálogo, conciliación y paz. Desde una economía de mercado a una economía global sostenible. Desde una estrategia de seguridad exclusivamente territorial a la de una seguridad alimenticia y sanitaria frente a las catástrofes.

Un nuevo concepto de seguridad es apremiante a escala mundial. La conciencia ciudadana, conmovida por las catástrofes, puede colaborar eficazmente para lograrlo.

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