Opinión Nacional

Infalibles y patriotas

Los científicos del Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN), el más importante del mundo, acaban de anunciar el descubrimiento de algo misterioso y elusivo que buscaban desde hace medio siglo: el ahora llamado bosón de Higgs, cuyo fundamento teórico lo formuló hace medio siglo el físico Peter W. Higgs.

Con base en la información publicada por el diario The New York Times, se trata de algo así como haber encontrado el Santo Grial de la ciencia, fenómeno cuya existencia permite explicar el origen de la materia y del universo. También El País de Madrid hizo resonar sus campanas, pero en un tono menos hiperbólico, quizá porque los españoles son más viejos y cínicos que sus colegas estadounidenses. En todo caso, los redactores hispanos, al reseñar el espectacular descubrimiento, se limitaron a citar a los informantes del CERN: «Hemos franqueado una nueva etapa de nuestra comprensión de la naturaleza».

¿Vieron el desfile del jueves? ¿En qué se asemeja a esta declaración? ¿La casi nada que lo explica casi todo? La verdad es que no parece que aquí se necesite ningún centro avanzado de estudios científicos para desentrañar el enigma de nuestro proceso revolucionario.

Sencillamente no hacen falta los detectores gigantes de partículas empleados por el CERN, casi 20 mil toneladas de sofisticación tecnológica entregados a la tarea de hacer visible la dichosa «partícula de Dios», una muestra del cosmos tan poco sólida que equivale a un gran vacío, pero hecho de materia.

Muchos chavistas, tal vez porque son aún más jóvenes que los europeos y hasta que los americanos del norte, y además porque sufren de una credulidad irreducible y casi infinita, se aferran habitualmente a las creencias más enigmáticas con sorprendente espontaneidad. De ahí que estos días Hugo Chávez se haya atrevido a excederse a sí mismo en su afán por serlo todo, empezando por su infalibilidad, virtud que siempre caracterizó a los dirigentes más estalinistas de la Unión Soviética y nos reveló la clave que necesitábamos para medio entender la naturaleza esencial del actual proceso político venezolano: «Quien no sea chavista», sentenció impávido hace un par de semanas, «no es venezolano».

El martes pasado, rodeado de sus nuevos generales y almirantes, le dio una vuelta adicional a esta intolerable tuerca totalitaria.

Para ser patriota, y elevó los ojos al cielo, ¡ay, Jesús mío!, además de ser chavista, se tiene que ser militar.

Tibisay Lucena nos informaba que el CNE no regulará las cadenas de radio y televisión presidenciales, porque el uso de este recurso mediático es legítimo y resulta necesario para que el Gobierno pueda dar a conocer sus logros.

Nada casualmente, Andrés Izarra, ministro de propaganda del régimen, no tardó mucho en reiterar esta verdad apremiante. En efecto, anunció a los cuatro vientos que las cadenas son imprescindibles.

A partir de estos ejemplos rudimentarios, sobre los que bien podría elaborarse el prólogo de un útil Manual del Buen Venezolano, la conclusión a la que llegaríamos es tan amenazante como una visión anticipada de la Venezuela que nos espera al doblar la esquina si Chávez o alguno de sus sucesores potenciales se salen con la suya el 7 de octubre.

En primer lugar, un país reducido a menos de la mitad de su población; es decir: un país cuyos habitantes, por no ser unánimemente chavistas, se habrían comprimido en un inaudito «bosón» de silencio existencial y vacío material. Chavistas y al final del cuento hasta militares todos los que queden, porque, de acuerdo con la voz suprema de la revolución, quien no tenga la fortuna de ser miembro de la FAN desaparecerá a no ser que busque a tiempo consuelo a su mengua en las gloriosas milicias revolucionarias. Sobre ese tumulto organizado en pelotones y regimientos de rotundos patriotas infalibles, sólo se escucharía una voz de mando, tajante y naturalmente infalible en todo.

Faltan tres meses para las elecciones de octubre. ¿Qué llegará a ser más fuerte y categórico entonces? ¿La soberana voluntad de los electores, articulada libremente en las urnas electorales y defendida con firmeza insoslayable a pie de urna, o el ventajismo oficial amparado en el patriotismo chavista, la infalibilidad militar y la vocación franciscana de muchos dirigentes de la oposición? ¿Se impondrá al final la convicción democrática de la mayoría de los venezolanos o terminará Venezuela, en manos de gobernantes infalibles y patriotas, transformada en ese casi vacío absoluto que ahora acaba de hacerse milagrosa realidad a orillas del lago Lemán?

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