Opinión Nacional

Infierno cotorrácua, ritos y desespero

Es asunto de fe, para uno y el que te conté, quél que va muriendo en pecado mortal, además de acabar mal, tiene el infierno como terminal. Los réprobos tienen aquí, para hacer pupú y pipí, su hogar de eterna desdicha, donde se sacan la chicha. Aquí juegan a la interfecta, amontonándose entre sectas, aniquilándose entre impíos, en hartazón de los podríos y en juicio de muerte universal, viviendo en prejuicio irracional dejan claro el fin de la inmortalidad personal.

El símbolo Quicumque confiesa que los que obraron mal irán al fuego eterno, y el Papa Benedicto XII declaró en su constitución dogmática Benedictus Deus que las almas en pecado mortal bajarán al infierno para ser atormentados en suplicios infernales. Aunque el Rey Cotorra no llegaba a las alturas de la sabiduría santa, la gritería de sus aullidos descendían a niveles y decibeles que transgredían la contaminación sónica, además de abrazar la escatología puerca que, indudablemente, reflejaba el recibimiento de los castigos de los impíos, que resucitan a cada instante en «él» como señal confesa de su eterna vergüenza y oprobio. En su afán de hacerse Dios, el Señor, el Omnipotente, fundamentándose en su esencia ortóptera, esta aflicción psíquica lo lleva a perder el juicio, y más aún por culpa de otro juicio, el Testaferrondini-mayamero, haciéndole aflorar irrefutablemente el fuego de su cerrazón anoplura y los gusanos que sus carnes pudren, todos abrazándose abrasivamente en el oprobio sempiterno e impío, donde se sumergen en el dolor de los chirridos e intentan revivir instantes de falsificación que no volverán y perecerán de la memoria.

Aunque el autobusero reposero se vista como el Victor Mature hollywoodense de otrora, cuando no hacía de Caballo Loco sino de galán en traje a rayas de mafioso, se recuerda que Jesús amenazó a los pecadores con el castigo del infierno, lugar que llamó gehenna de fuego, donde el gusano no muere ni el fuego se extingue, porque es eterno e inextinguible, como horno de suplicio infinito impregnado de tinieblas, aullidos y rechinar de dientes. Y aunque el Ojosbel Gobernotorius intente resurgir como Marlon Brando en Nido de Ratas siendo en realidad la derecha endógena boliburguesa que el Parlachita Tazcañón dixit, se recuerda a San Pablo señalando a los ignorantes y desobedientes que serán castigados a la eterna ruina, lejos de la paz del Señor y de la gloria de su poder, porque los impíos «tendrán su parte en el estanque que arde con fuego y azufre; allí serán atormentados día y noche por los siglos de los siglo».

Claro: es una realidad que estos Demonios Tristes no creen en el infierno y para ellos Jesucristo fue sólo el mal sueño de una noche de cristianos. No puede ser de otra manera, estando en el infierno y recibiendo los tortazos de la justicia divina, desconocen que ésta tampoco deja impune a los transgresores de la ley humana. Porque estos gozones que creen que el mundo es ciego y sordo jamás leerán a San Ignacio de Antioquia, a San Justino y a San Irineo, mucho menos el Martyrium Polycarpi, que seguramente traducirían como Martita en la carpita con polio. Pero -fíjese usted y venga pa´que los vea- la escolástica distingue dos elementos en el suplicio del infierno: a) la pena de daño (suplicio de privación), y b) la pena del sentido (suplicio para los sentidos). La primera corresponde al apartamiento de Dios que se realiza por el pecado mortal, cosa ésta que no les preocupa mucho a los Cotorrocuicas porque Dios no existe aunque esté en todas partes, incluyendo en el pueblo, además de que Dios los mandó primero palcarajo de esta manera: «¡Apartáos de mí, malditos!», «No os conozco», «¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios.» Y la segunda corresponde a la conversión desordenada de la criatura, cosa ésta que sí les preocupa y que estamos viendo en el avispero alborotado y de pantaletas al aire que sus pecados mortales destapan en Miami, salpicando hacia abajo, hacia arriba y hacia los lados de todo el Candydachurrial y de Tuti Le Mendachi del Cotorracacal.

Porque esta historia en pleno desarrollo, con sus suplicios de privaciones y sus liberaciones de los Secretos de Palacio, y con sus suplicios de los sentidos y sus defensas delirantes Patas Parriba, provienen de una bacanal de disfrute y goce orgásmico-dineraria y testaferrondiniaria que por lo bajito es insólito y que por lo alto es un saqueo monumental todo envolvente y todos incluyentes, con seres de rapiña habilidosos recogiendo vómitos y otros enseres excretados por los rabos de quienes osan llamarse rabolucionarios, rapiña voluminosísima que se constituye en la Sabiduría Oculta del Botín del Reino, porque -teniendo el don de la ubicuidad- ha estado en todas partes a la chita callando y raspando hasta los centavos más inverosímiles, a manos de antojo llenas, sirviendo a Uno y a los Otros Más Vivos, con la discreción de las sectas más enanas manteniendo el pillaje todo terreno en el secreto de los pocos más encumbrados y privilegiados del Club de Mando, con unos y otros tapando y salvando cara ante la avalancha de pecados mortales, capturando las lochas y los medios más sensibles para rellenar el Invisible y Voraz Apetito Capitalista de la Razzia Cotorrocuica. Era y sigue siendo éste un carnaval orgiástico gigantesco y multidisciplinario, con todas las arcas y áreas monárquicas de inversión y gasto cubiertas, y encubiertas por la Unicidad de una Sola Garra, larga y engarfiada como la del primer Nosferatus de dientes puyúos, donde todo bicho de uña viene armado de mansiones, autos de carrera, aviones, maletines, donaciones, comisiones y regias vidas de faraones y emperadores que encantan, embrujan y causan la envidia de los Cortesanos más deleznables; todo envenenando a escala nacional e internacional cualquier poder que se presente ávido, afanosamente buscando la garantía de permanecer eximidos ad aeternum de la Sagrada Escritura que promete lanzar al fuego del infierno a los degenerados que pecan ajenos a su propia mortalidad. ¡Con razón el susto de que me matan de golpe! ¡Sobrevivir, divino sueño!
¿Y ahora qué? Unos enjaulados en el suplicio de la privación cantan, con do de pechos que no dejan a ningún Cotorrocuica Superior por fuera, y quizás pensando ya con dolor y desesperación que el infierno puede ser entendido en un sentido más que metafórico, y que «fuego» es más que dolores puramente espirituales, que entra con el peso del remordimiento a la conciencia y que -al decir de escolásticos y teólogos modernos- supone la existencia del fuego físico como agente de orden material. Y en cuanto a eso de que hay un suplicio de los sentidos, donde arden los espíritus malignos, lo explican Santo Tomás, San Agustín y San Gregorio Magno, que algo de mejor hicieron al hablar sobre la sujeción de los espíritus al fuego material, que es instrumento de lo que se llama justicia divina. Porque presos ahí, no se dispone del libre movimiento, porque se autoliquida la propia libertad. Y esto es lo que intenta evitar y desviar el dolor, el grito y la desesperación del nunca bien poderado Rey Cotorra. Y…

¡Oh. Cuán difícil es ambicionar la gloria de la eternidad! ¡Oh, qué duro es ignorar el dogma de fe según el cual las penas del infierno son las que duran toda la eternidad! ¡Oh, qué recule es saltar como gallina clueca para encubrir la amenaza de los Candydachurrios y sus alforjas pecadoras igualmente cantarinas y tan llenas de lo mal habido del latrocinio, que en la privación y el sin sentido interpretarían a coro el suplicio final! ¡Ay, cómo se pasa de Cotorra a Mono Aullador! ¡Me quieren matar, me dan un golpe! ¿Intenciones sin culpables? ¡Ay, Cotorrín: queriendo eternizarte, te das la muerte y el golpe a ti mismo! Pero lo eterno son las penas que te das en vergüenza y confusión. Fuego eterno, suplicio eterno, ruina eterna; el epíteto «eterno» tiene una duración muy prolongada, y siempre limitada. Así lo prueban los lugares donde se habla de «fuego inextinguible», o de la «gehenna, donde el gusano no muere ni el fuego se extingue»; e igualmente lo evidencia la antítesis «suplicio eterno – vida eterna». Recuerda: «el humo de su tormento (de los condenados) subirá por los siglos de los siglos», es decir, sin fin. Otra cosa de la Sagrada Escritura, Cotorrácuo: la «restauración de las cosas» no se refiere a la suerte de los condenados, sino a la renovación del mundo que tendrá lugar con la venida de otro que no eres tú, ni de alguno de los Candydachurrios atrapados con tantos pecados mortales testaferrondiniosos.

Lo que de los Testaferrondinis privados imitan ahora los Cotorrocuicas en casa, en evidencia de su interactividad 2.0 mutua, es sólo el concierto de un canto único. Aquellos para disminuir la pena, los de acá para desviarla y retrasarla. Pero en el caso del Candydachurrial Cotorrácuo, la concertación está en la regresión al ruidoso pasado reciente cuando no se era tan ruinoso, para revivir al Rey que fue y obligarlo a comprar sus silencios, y así no aparecer mucho hablando de lo que no pueden justificar, hacer que se vote o no vote por «él», porque por ellos la cosa es peliaguda; y lanzar cuanto humero de potes y trapos rojos permita el repertorio, aquellos de cuando eran sólo pobres engañando a pobres y no estos ricachones impregnados de riqueza que lo que digan no lo creen ni en sus casas, todo lo cual va dejando más claro ante la audiencia la imposibilidad de que sea posible aplicarles la doctrina platónica de que el fin de todo castigo es la enmienda del castigado. Los castigados que aquí habemus no se enmiendan y se abrazan a los conjuros del Rey que tan incomprensiblemente los ha hecho billonarios. Pese a todas las verdades birladoras hasta ahora reveladas y las que están por venir, no se dan por aludidos y esperan que los demás nos conformemos y les entreguemos el silencio sumiso de los pendejos que tanto aman. Lo cual obliga a suponer que la voluntad de los condenados está obstinada inconmoviblemente en el mal y que por eso es incapaz de verdadera penitencia. Quizás requieran de la gracia para convertirse que demuestran sus Testaferrondinis de Miami, quienes ya no creen tanto en la eternidad infinita del Pecador Mayor, criatura que no es capaz de cualidad infinita alguna y ha de conformarse con la duración infinita de su calvario.

De tal manera, los Cotorrocuicas, en este instante y gracias al legado salvatorio e ineludible de sus socios Testaferrondinis encanados para la creación de la Camerata Barrocamente Armoniosa de La Florida, piensan en las desigualdades que existen dentro de su tanta igualdad Cotorrácua. No es tanto que ahora Venezuela es de todos ellos ni de que unos sean más iguales que otros, gran filosofía sabanetaria, sino de que la cuantía de la pena de cada uno de los condenados es diversa según el diverso grado de su culpa. Los concilios de Lyón y Florencia declararon ya hace algún tiempo que las almas de los condenados son afligidas con penas desiguales, algunos con embajadas y otros privilegios enmaletinados por el universo mundo, que ahora serán más riesgosos por aquello de la privación ipsofacta de movimiento. Ahora la situación no se refiere exclusivamente a la diferencia específica entre el castigo del solo pecado original y el castigo de los pecados personales, también nos da a entender la diferencia gradual que hay entre los castigos que se dan por los distintos pecados personales ahora igualmente penales. Aquí hay sutilezas y juicios más severos que no deben pasar por debajo de la mesa, recordando a San Agustín: «La desdicha será más soportable para unos condenados que para otros.» Y la justicia exige que la magnitud del castigo corresponda a la gravedad de la culpa, sea esta imperialista o algo más diminuta.

Es decir: los Candydachurrios no pueden seguir pasando por go, cobrar doscientos y seguir en un jolgorio de minicidio y golpe mediático-plusplúsico con grupitos tristes clamando por lo que definitivamente nunca fue. Eso es tan mortal como aplicar la dictadura monda y lironda, que más que salvadora sería totalmente enterradora. Con toda reserva y milicia, el suicidio por vía del genocidio es el pecado mortal superior. Y ahí, camaradas, todo terminaría de írseles de las manos, por más bien que se les pague a los escribas y escribientes, que ya también agotan el bofe de la insultadera descarriada. Así es que, antes del desgañite totalmente totalitario por su propio colapso interior, tengan a bien la lectura de Santa Faustina Kowalska dándonos una visión del infierno, y sustitúyase, si se quiere, la palabra Dios por la de Pueblo:

«Hoy fui llevada por un ángel a las profundidades del infierno. Es un lugar de gran tortura; ¡qué imponentemente grande y extenso es! Los tipos de torturas que vi: la primera que constituye el infierno es la pérdida de Dios; la segunda es el eterno remordimiento de conciencia; la tercera es que la condición de uno nunca cambiará; la cuarta es el fuego que penetra el alma sin destruirla; es un sufrimiento terrible, ya que es un fuego completamente espiritual, encendido por el enojo de Dios; la quinta tortura es la continua oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven unos a otros y ven todo el mal, el propio y el del resto; la sexta tortura es la compañía constante de Satanás; la séptima es la horrible desesperación, el odio de Dios, las palabras viles, maldiciones y blasfemia. Estas son las torturas sufridas por todos los condenados, pero ése no es el extremo de los sufrimientos. Hay torturas especiales destinadas para las almas particulares. Estos son los tormentos de los sentidos. Cada alma padece sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionados con la forma en que han pecado. Hay cavernas y hoyos de tortura donde una forma de agonía difiere de otra. Yo me habría muerto ante la visión de estas torturas si la omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido.

Debe el pecador saber que será torturado por toda la eternidad, en esos sentidos que suele usar para pecar. Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma pueda encontrar una excusa diciendo que no hay ningún infierno, o que nadie ha estado allí, y que por lo tanto nadie puede decir cómo es. Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, he visitado los abismos del infierno para que pudiera hablar a las almas sobre él y para testificar sobre su existencia. Los demonios estaban llenos de odio hacia mí, pero tuvieron que obedecerme por orden de Dios. Lo que he escrito es una sombra pálida de las cosas que vi. Pero noté una cosa: que la mayoría de las almas que están allí son de aquellos que descreyeron que hay un infierno. Cuando regresé, apenas podía recuperarme del miedo. ¡Cuán terriblemente sufren las almas ahí! Por consiguiente, oro aún más fervorosamente por la conversión de los pecadores. Suplico continuamente por la misericordia de Dios sobre ellos.»

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