Opinión Nacional

Intragable régimen retro

Cada vez que alguna ocasión nos obliga a hacer un recorrido por la Venezuela que despertó a la muerte de Juan Vicente Gómez para iniciar un trayecto que la ha conducido hasta el presente, vemos que el impulso principal de esa trayectoria tiene un solo nombre: el petróleo. Una y otra vez hemos de concluir que sin él, sin su entrada abrupta en nuestra historia, ésta sería otra.

En esta historia el petróleo produjo muchas cosas. Hoy quiero fijarme en una de ellas: el paisaje de la cocina. Atención, no se trata de la «cuisine», donde también ha habido importantes cambios: el más destacado -aunque mucha gente no se dé cuenta de ello- el que el oficio de cocinar pasara de una tarea gris y pesada (y a ratos despreciable), a ser una de las actividades más chic en nuestro presente. Y que ya no se hable de «cocinera», sino de chefs (y a ratos también de «chefas», según el «bolilenguaje»).

Pasamos de un paisaje repleto de leña, carbón y brasas, a uno inundado por el olor -o la «peste», si su olfato era muy sensible- del kerosén. Todavía recuerdo la enorme innovación que fue la cocina con este combustible. Ella rápido abriría paso a las cocinas a gas y a los modernos espectáculos de las que exhiben sus «placas vitrocerámicas».

Rápido le hizo compañía lo que hoy sería una muy modesta nevera, pero que en aquellos tiempos de cambios que te cortaban la respiración, eran lo nunca visto ni oído, como que las llamábamos «frigider». De pronto, no sólo teníamos hielo -infaltable compañía del asequible whiskicito- sino cervezas y refrescos fríos. La maravilla de las maravillas. La nevera, sí señor, nos liberó de tener que salar carnes y pescados.

Luego llegarían en alocada carrera las batidoras eléctricas y un milagro nunca imaginado: los hornos de microondas. Imagínense, poder calentar cualquier cosa en un santiamén y no temerle al pollo congelado recién salido del «friser». ¿Quién podría dudar que este cambio del paisaje de la cocina estaba garantizando la emergencia de una «nueva ama de casa? Lo que no habían logrado ideologías ni legislaciones sociales de última generación, lo estaba logrando… ¡el capitalismo pitiyanqui!

Por fin, esa «nueva mujer de hogar» no sólo podía ser -en el verdadero sentido del término- una reina de su cocina, sino que también se liberaba de la turbadora dependencia de un anacrónico «outsourcing»: la mujer que, semana tras semana se llevaba los trapos sucios para devolverlos relucientes y planchados. Con la lavadora automática, y su hermana gemela: la secadora (por fin, ya no tenía que exhibir el pantaletero y demás trapos íntimos como banderas colgando de las «cuerdas de ropa») y coronándolo todo, la hermosa y regordeta plancha eléctrica a vapor.

Teníamos, pues, un ama de casa tecnologizada; con las ventas de electrodomésticos, convertidas en los nuevos templos de una población encantada. Y no fue solo el privilegio de quienes con desdén VTV tilda de «burgueses». No, porque las avenidas San Martín y Nueva Granada de Caracas, con sus equivalentes en otras ciudades, dan fe de que las mujeres de menores recursos igualmente cayeron en la fascinación. Todos vivimos el cambio de paisaje.

Lo que no tuvimos ni tiempo ni espacio mental para captar fue que, observándonos con sigilo (como el lobo feroz a la inocente caperucita que iba por el bosque a ver a su abuelita), estaba una banda retro. Una que anhelaba que permaneciéramos con la leña y el carbón. Incluso, que quería nos quedásemos en los tiempos anteriores a la proeza de Polar: con el molino manual que transformaba en masa al maíz pilao, para prestos disponerlos sobre el budare. ¿Será esa la razón oculta del recalcitrante odio a Polar?

Y a esa banda retro le dimos el poder en el día más terrible de nuestra historia reciente, sin sospechar que terminaría siendo una mazamorra sui géneris: ¡la ultraizquierda de manos de la Guardia Nacional! ¿Pudo alguien imaginar semejante «fin de fiesta»?

Lo que sí es inimaginable es que los venezolanos vayan a echar por la borda, porque sí, a sus neveras, sus hornos de microondas, sus lavadoras y secadoras y sus planchas a vapor; y menos para seguir a Chávez en su ruta tuiteresca, ya que los apagones no les permitirán «colgarse» de sus interminables sermones. Eso sí que es una ilusión mortal de un líder de ocasión.

No. Venezuela no retornará al pasado decimonónico donde el régimen quiere verla congelada. Inmisericorde apartará a la banda retro y seguirá adelante. Y ese desenlace kandanga se acerca presto.

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