Opinión Nacional

Irrefrenable violencia

“La violencia llegó para quedarse”, pudiera decirse después de lo acontecido en los últimos quince días. Por ejemplo, damas agredidas por la Guardia Nacional, en Valencia; marcha opositora en La Guaira agredida por turbas chavistas; pacífica concentración opositora en Chuao disuelta violentamente a punta de perdigones y gases lacrimógenas por la Guardia Nacional; agresión chavista a dirigente calificado de Proyecto Venezuela en acto efectuado en la Plaza Bolívar de Caracas en homenaje al Libertador; agresión por horda chavista a equipo periodístico de Globovisión en las inmediaciones de la sede de la Vicepresidencia de la República, son algunos de los tantos sucesos violentos que registra la crónica política de los diferentes medios de comunicación, a lo cual habría que añadir la persistente postura del jefe del Estado de calificar a los órganos de comunicación colectiva con los peores epítetos (ahora todos son “basura”).

Bajo esa realidad es difícil, por no decir imposible, que prospere cualquier intento de diálogo efectivo entre oficialismo y oposición como lo pretende la misión internacional que ya ha visitado el país en más de una ocasión, la cual aspira, según trascendidos, a contar con una sede temporal que facilite los contactos entre unos y otros actores. Pero ese buen propósito luce cada vez más distante y remoto.

Los sectores de oposición, en particular los agrupados en la Coordinadora Democrática, estiman con razón que es inútil todo esfuerzo en favor de un acuerdo político con el oficialismo mientras la violencia no sea eliminada. Por ello, en la sociedad civil y en la política y, por supuesto, en la militar, se le presta tanta atención a hechos como los que se mencionan al comienzo de este comentario los cuales, entre otros aspectos, demuestran que no existe dentro del gobierno ni dentro de las organizaciones políticas que lo apoyan, la voluntad expresa de superar la profunda crisis de gobernabilidad que padece Venezuela.

Entretanto el régimen avanza en su proyecto autoritario pretendiendo engañar a la población con una supuesta “revolución bolivariana” que, en los años corridos de 1999 a la fecha (mandato presidencial de Hugo Chávez Frías), presenta como obra sobresaliente de gobierno un indiscutido e indisimulado aumento de los niveles de pobreza, a lo cual debe agregarse, entre otros “logros”, la creciente corrupción que se ha enseñoreado de la administración, elevada a límites insospechados que le han ganado al país la indeseable posición de contarse entre alguno de los más corruptos (Transparencia dixit).

No es pesimismo enfermizo el motivo por el cual densos sectores de la población manifiestan su desgano e indiferencia frente a las propuestas de resolver la crisis que nos agobia a través de recursos institucionales como los establecidos en la Constitución de la República Bolivariana. Lo que pasa es que al oficialismo no se le cree y mucho menos al primer mandatario a quien no se le puede negar que se ha revelado como un artífice del doble discurso, facultad despreciable en el ejercicio del gobierno y que en nada contribuye a la sensatez y seriedad con la cual deben manejarse los asuntos de Estado. En ese terreno, el presidente de la República no es, de ninguna manera, el ejemplo a seguir.

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