Opinión Nacional

José

José, ese es tu nombre; puede ser el de cualquier otro joven como tú en un país donde el nombre del padre de Jesús es la forma en la que muchas madres ofrecen a sus hijos al Señor.

El azar me permitió conocerte , primero de lejos, luego de más cerca y finalmente al encontrarte en el camino y llevarte seguro hasta la puerta de tu casa.

Te vi primero al ir en la cabecera de una marcha pacífica, acompañando y animando a miles de jóvenes y de menos jóvenes como yo. Me impactó tu energía, saltabas, gritabas, parecías el batutero de una banda marcial. Ibas con tu “arma” en la mano, esa que parecía inyectarte pasión y seguridad por lo que hacías… nuestra bandera tricolor. La empuñabas con seguridad; con una hermosa habilidad la ondeabas, haciéndome ver en tu figura la misma que vemos en los óleos que recogen imágenes de las gestas heroicas de la independencia.

Por alguna razón, en un trecho caminaste de un lado y no al centro en tu puesto de batutero. Fue entonces mi primer encuentro cercano contigo. Tu bandera se había enredado en alambres de púas. En un acto solidario por querer ayudarte a recuperarla, otro joven quiso desprenderla, pero con el ímpetu propio de la juventud, sin importar mucho las consecuencias. Fue entonces cuando recibí el segundo impacto de tu parte, al oírte gritarle “NO, no la rompas, mi bandera no”. Entonces pegaste otro gran salto -de esos llenos de energía que dabas a la cabeza de la marcha de estudiantes- la desprendiste y, una vez en tus manos, la abrazaste y con un amor sorprendente dijiste “esta no, esta es mi bandera”. Al verte y escucharte me pregunté ¿en cuántas luchas lo habrá acompañado su bandera para amarla tanto? Y volviste a tu puesto de batutero, con “tu arma”, tu pasión, tu energía y tu convicción.

Horas después, a varios kilómetros de distancia de donde te dejé, luego de haber logrado nuestro objetivo (rogarle a la OEA que nos escuche), te encontré de nuevo. ¿El azar? ¿El destino? No lo sé. A cualquiera de las dos le doy las gracias por la oportunidad de haberte conocido, José. Ya no te acompañaba una multitud, ibas completamente solo; ya no saltabas con tu energía sorprendente, pero estoy segura de que la llevabas dentro; subías una cuesta con la cabeza gacha, señal de tu justificado cansancio; aun empuñabas tu “arma”con el mismo amor, llevabas el tricolor bien entrelazado entre tus brazos.

 

¿Dónde estudias? En la USB, Matemáticas. ¿Eres dirigente estudiantil? “Nooo, que va. Soy solo un muchacho que quiere hacer algo por su país.”

José, fue un honor conocerte. Nos encontraremos de nuevo en el mismo camino que tres veces nos permitió toparnos en una tarde de este febrero de calle. Estoy segura de que tu convicción, tu pasión y tu energía seguirán dándonos bríos – a los jóvenes y a los no tan jóvenes – para lograr nuestro objetivo: una Venezuela con un maravilloso futuro para ti y para los millones de jóvenes que ha parido nuestro país.

Entretanto te reitero mis últimas palabras al bajarte del carro…

¡DIOS TE BENDIGA!

 

 

 

 

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