Opinión Nacional

Justificaciones e incongruencias

En el encuentro de pelota profesional, Venezuela pierde su primer juego frente a República Dominicana y el presidente Chávez consuela al pueblo manifestando que nuestro equipo había corrido con mala suerte. Para justificar lo imposible y excusar la derrota, la fatalidad se atribuye a una mala estrella.

Pareciera que el justificar cada mal paso se hace costumbre. Carga con la culpa de muchas de nuestras desgracias nacionales para evitar la reflexión que nos desnuda una verdad dura y atroz. La actitud que asumimos frente al juego de pelota es la que tenemos cara al país. El fracaso es responsabilidad de otro, nunca propio.

El equipo venezolano perdió porque el contrario fue superior. Así de simple. El asunto es ver la realidad sin tapasol, asumirla de frente y planificar el futuro inmediato en consecuencia. Sin justificaciones. Así, nuestras actuaciones políticas están llenas de incongruencias justificadas erigidas con argumentos de arcilla. Veamos:

Abulia e incertidumbre reposan en el sofá, al tanto que el discurso de las descalificaciones en el vientre opositor siembra radicalismo y división cuando se requiere hacer de lado las diferencias para redimirnos. Se habla de unión pero enfrentando en dos aceras ‘colaboracionismo’ y abstencionismo.

¡Hay que acabar con los partidos! En pocas palabras, barrer lo que hay en lugar de encontrar lo que nos falta. Esencialmente gracias a esos partidos se desmantela la trampa que envuelve a Venezuela. ¿Cómo se percibe la democracia sin la existencia de partidos políticos? Se exige un nuevo liderazgo. Pero aparece una cabeza que se lance a una candidatura presidencial y es blanco de ataques para el descrédito.

Se exige movilización en la calle pero se envía un mensaje de peligro. En contrario se alude que el tiempo de marchas ya pasó. Quedarse en casa y no votar se convierte en una posición militante. Se llama a la desobediencia amparada en números mágicos con pies de barro. El país se pinta de rojo paralizando el disenso.

La situación exige buscar con profundidad en la conciencia y reconocer nuestros errores. Una pausa necesaria para empezar de nuevo. Sin consuelos blandengues. Con pantalones.

La población venezolana, de ambos lados, está cansada de incertidumbres y desengaños. Si la oposición quiere enrumbar al país por un nuevo sendero, tiene que hacer política. Si no prepara un buen equipo, unificado, con estrategias para jugar, la exigencia por las condiciones para unas elecciones limpias pierde sentido.

No nos hallamos ante un acto exclusivamente electoral, sino esencialmente político. Lo que está planteado es algo mucho más trascendente, como lo es sobrevivir a la tempestad y construir de nuevo instituciones democráticas.

Nos encontramos, como dice Luis García Mora, no en medio no de una confrontación, sino en medio de una guerra. Y en la guerra, se mata. Incluso los más arraigados sentimientos democráticos agonizan y terminan por sucumbir a la indiferencia.

La rendija democrática que conservamos es la participación electoral. Con todo lo que conlleva, a sabiendas que las condiciones erigidas no serán otorgadas en su totalidad. El juego es político. Y la política es el arte de la negociación. Guste o no. El radicalismo no negocia y por tanto no hace política sino guerras. Trae tragedias y desolación.

Es imperativo ser pragmático, sin excluir las demandas. Es necesario armar un equipo que recupere la participación popular y obtener el apoyo que llenó las calles en otros tiempos. Pero con un lenguaje que llegue a todos los sectores. Llenarse las botas de cerro y vender un programa materializable a corto y mediano plazo para empezar a resolver los problemas más graves. Nada fácil, pero sí posible.

Construir liderazgos de avanzada que hablen con la verdad en la mano. Sin demagogia. Mostrar lo difícil. Convencer de la necesaria participación de todos para la reconstrucción del país.

Al liderazgo que venga le queda la difícil tarea de combatir la decepción y el pesimismo que corre el riesgo de quedarse para imbuirnos en el peor de los males. Tomar el turno al bate y entrenarse para ganar. Sin justificaciones e incongruencias.

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