Opinión Nacional

La Academia tras las rejas

El viernes pasado, el estulto Ministerio Público del régimen bolivariano, solicitó la aprehensión del insigne jurista Allan Brewer-Carías, éste último, sufriendo el ostracismo por la infamia y las más bajas pasiones de quienes nos gobiernan. Tras cuatro años de aquel infausto abril de las desesperanzas, en medio de un proceso penal viciado con todos los desenfrenos de la arbitrariedad; los titulares de la vindicta pública han decidido golpear al Estado de Derecho y ordenar la encarcelación no sólo de un profesor emérito, sino nada menos y nada más que del más elevado exponente venezolano del Derecho Público en los últimos cincuenta años. Y más allá de lo que implique la orden de captura para la persona de Allan Brewer, se ha librado una oscura resolución contra la universidad ilustrada, la investigación sin límites y la creatividad científica independiente. En fin, con este mandato judicial, se coloca a la Academia tras las rejas del pillaje.

Ciertamente nos une una amistad con el profesor Brewer desde hace más de dos lustros. Una simpatía que ha devenido en cierta devoción y reconocimiento perenne a un académico fuera de serie, que rebasa los límites de lo personal. Este sentimiento es compartido por muchas generaciones que fuimos formados por la escuela de Brewer, y que ante el atropello, no podemos guardar silencio. Sin embargo, nos sorprende muchísimo el mutis hecho por autoridades y profesores universitarios ante esta opresión, que mañana, podría ser contra todos. ¿Ubi sunt, qui ante nos fuerunt? sería la mejor pregunta para los que callan y tienen todavía poder para hacerse sentir. Una mudez que los haría cómplices de las aberraciones y crímenes que a diario ejecutan los chavistas en nombre de un pueblo que hace tiempo dejaron de representar. Mucho menos, podemos darnos el lujo de asentir con nuestras cabezas, las falsificadas, peregrinas e ingenuas argumentaciones de sus acusadores sobre la autoría del “mítico” decreto del fugaz gobierno de Carmona Estanga.

Es cuesta arriba pensar, incluso para un ciudadano mediocre, que un jurista como Brewer-Carías, autor de casi 800 publicaciones jurídicas autorizadas y más de 40 años de docencia e investigación en las más prestigiosas universidades europeas y americanas, decida de un solo plumazo echar por tierra todo este patrimonio académico. Es incomprensible -y hasta criminal- culpar a alguien de la talla de Brewer como el cerebro que dio vida, aquella tarde, al más disparatado acto jurídico de borrar una Constitución por la fuerza del capricho. Sencillamente, todo este tonelaje de lodo lanzado contra Allan Brewer-Carías desde las trincheras marxistas de la Fiscal Luisa Ortega Díaz y sus camaradas, responden a las voces rastreras de la envidia.

Veritas odium parit [la verdad engendra enemigos], explicitaba con grandes bemoles el recordado Terencio, lo cual, encaja perfectamente con el vía crucis al que se le somete a Brewer. Y hoy, ante la infamia de un Ministerio Público sumiso a la oscura ignorancia, y ante la imposibilidad de vincular racionalmente al maestro con la sinrazón de aquél capítulo histórico, se apela a la violencia como mecanismo efectivo para asesinar la decencia académica. Los enemigos de Brewer, y por ende de la genuina universidad, saben que nunca triunfará este ardid de lo anodino. Qui habet aures audiendi audiat.

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