Opinión Nacional

La barbarie en el poder

Jamás en la historia de este país, y supongo que tampoco en la de
algún otro, se había oído a un presidente de la república decir tantas
locuras, tantas barbaridades, como las que dijo el teniente coronel
Hugo Chávez Frías el domingo 4 de noviembre en la Avenida Bolívar. Era
el Huno ante sus hordas que, por fortuna, no eran tan numerosas como
el Huno quería. Seguramente que estaba muy molesto, porque a él no
podían engañarlo como trataron de hacerlo con la población en general,
y sabía que la «marea roja» no tuvo mayor éxito. Fue fácil verlo,
porque en la página web de «Movilnet» hay una sección dedicada al
tráfico, en la que se puede ver en tiempo real lo que ocurre en la
Avenida Bolívar desde dos cámaras ubicadas en el edificio de Cantv,
justo a la mitad de la Avenida. Una mostraba desde allí hasta las
torres gemelas, y en ella se veía que apenas habría mucha gente en una
cuadra o menos, y que a partir de allí hacia atrás los no muy
entusiasmados rojos rojitos caminaban por espacios desiertos, y la
otra muestra desde allí hasta el antiguo Hotel Hilton, y se veía un
grupo importante frente al Museo de los Niños, y de resto, vacío. Y
recuérdese que ahora Movilnet es roja rojita, luego no se trata de un
truco de los capitalistas enemigos de la revolución, sino de la verdad
indiscutible. Y debe haber sido esa verdad lo que llevó a Chávez a
perder del todo la compostura y a amenazar con que va a arrasar con el
Este de Caracas y va a arrasar con los opositores. «En el supuesto que
esta minoría fascista logre llenar de violencia las calles, les
pasaremos por encima», dijo, y agregó que «la minoría fascista» debía
imaginarse «un millón de personas marchando por el Este quemando
chaguaramos y palmeras. Ese millón seríamos nosotros, no serían
ustedes, porque no llegan a un millón. No quedaría piedra sobre piedra
de esta apátrida oligarquía». Gritó como loco, amenazó con muertes,
con quemas, con negar los permisos para manifestaciones y con mil
barbaridades más. Se enredó y varias veces perdió el hilo del
discurso. Parecía loco. Un malandro. Un azote de barrio, no habría
hablado diferente a como lo hizo el que se supone que sea el primer
magistrado de la república. Es algo, repito, que nunca se había visto
en Venezuela. Pérez Jiménez, a punto de caer, la noche del Año Nuevo
1957-1958, no perdió la compostura ni habló como un simple
delincuente. Y esa realidad, de la que el país entero fue testigo,
requiere que la gente reflexione. ¿Puede ser Presidente de la
República alguien que usa ese lenguaje y que amenaza de muerte a
tantos venezolanos?

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