Opinión Nacional

La batalla de Caracas: La madre de todas las batallas

Debemos ir unidos a ese combate por Caracas. Debemos ganarnos el derecho a encabezar el país en un futuro no muy lejano dando muestras de grandeza y desprendimiento. Debemos conquistar el derecho a ser considerados auténticos patriotas de esta causa por la Libertad. Todo lo demás es secundario. La Patria, sólo la Patria y nada más que la Patria.

Las extraordinarias ejecutorias del alcalde mayor Antonio Ledezma, quien con escasos medios y un asedio implacable, logró el prodigio de empañar la oscura gestión de su predecesor y la insignificancia de Jorge Rodríguez y Jacqueline Farías al frente de sus respectivos despachos, le asegura una victoria incuestionable ante la frágil y quebradiza figura del periodista Ernesto Villegas. Cabe pensar que el régimen, consciente de la imbatibilidad de Ledezma, escogió a Villegas para el sacrificio, enviándolo al matadero. Al que Ledezma ya ha enviado a pesos pesados del chavismo, incomparablemente superiores a Villegas, como Aristóbulo Istúriz. La derrota de Villegas no tendrá dolientes: la de un Jorge Rodríguez, un Pedro Carreño o un Diosdado Cabello sí los tendría. Con efectos reproductivos graves para la precaria estabilidad de Nicolás Maduro.

De modo que el problema no radica en la Alcaldía Mayor, prácticamente en manos de uno de nuestros políticos más señeros y experimentados. Si bien la oposición debiera no dormirse en los laureles y convertir su victoria en una auténtica avalancha. Caracas se lo merece. El problema, reconozcámoslo sin ambages, se encuentra en el Municipio Libertador. En donde han comenzado a darse todas las condiciones objetivas para obtener la más resonante victoria de este proceso comicial y cuya recuperación implicaría para la oposición hacerse con la Joya de la Corona: el corazón político administrativo de la República. Y sacudir de raíz el frágil edificio de la dictadura. Poniéndonos a un paso de la recuperación del Poder.

Las encuestas que hemos consultado, incluyendo las realizadas por encargo del régimen, además de mostrar un apabullante deterioro de los datos del respaldo popular al gobierno, dejan ver un sorprendente repunte de la oposición en todos sus frentes. Por primera vez en mucho tiempo, la figura del alcalde metropolitano no sólo descuella en su municipio, sino que supera a todos sus competidores oficialistas. Y la distancia entre el actual alcalde de Libertador, Jorge Rodríguez, y su más inmediato seguidor, Ismael García se ha acortado hasta hacer pensar que si esas tendencias continúan – y nada lo impide, dado el desastre descomunal en el que se hunde el castromadurismo – la oposición estaría a un paso de dar un golpe estremecedor, formidable e irreparable al tinglado neo dictatorial del régimen, carente de un reconocido liderazgo.

Lo que nada ni nadie pueden desmentir es el hecho de que si las fuerzas opositoras fueran divididas a esa contienda vital por el corazón de la República, sus posibilidades de victoria disminuyen proporcionalmente. Y no se trata, entiéndase bien, de los puntos porcentuales que se merman para el conjunto opositor en esta incomprensible competencia entre quienes apuntan al mismo objetivo: se trata del grave efecto de demostración que una puja de intereses personales y mezquinas ambiciones individuales podrían causarle al supremo objetivo opositor: sacar del poder al castro madurismo y acortar los lapsos de deterioro y devastación que la persistencia de la actual situación provoca en el cuerpo y en el espíritu de la Nación.

Lo digo sin consideración de mis personales preferencias. Y mi entrañable amistad con Antonio Ecarri, a quien considero uno de los cuadros jóvenes más valiosos y con más posibilidades de desarrollo político e intelectual de nuestro reservorio democrático. He señalado en un artículo anterior que independientemente de mis personales inclinaciones acepto y acato lo que la dirección nacional de la oposición y sus principales líderes han dado por bueno. Como acaté la elección de Henrique Capriles como nuestro líder nacional: porque obedeció a una decisión colectiva, mayoritaria. Aunque de nadie es desconocido mi compromiso existencial y humano con quien se retiró de la contienda para facilitar el proceso de escogencia de nuestro candidato presidencial. Y a quien considero un puntal para enfrentar los difíciles tiempos que se avecinan.

Créaseme: el hecho de ganar Libertador es infinitamente más importante y significativo que el nombre de quien encabece esa batalla. Una batalla colectiva, que sólo la soberbia puede atribuirse como propia y sólo el orgullo puede considerar exclusiva de tal o cual figura. Esta batalla es del pueblo, le pertenece al pueblo y debe conquistarla el pueblo. Tal como la que se librara palmo a palmo y puerta a puerta para impedir la caída de Leningrado en manos de las tropas hitlerianas.

Debemos ir unidos a ese combate. Debemos ganarnos el derecho a encabezar el país en un futuro no muy lejano dando muestras de grandeza y desprendimiento. Debemos conquistar el derecho a ser considerados auténticos patriotas de esta causa por la Libertad. Todo lo demás es secundario. La Patria, sólo la Patria y nada más que la Patria.

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