Opinión Nacional

La bicha o la otra

¿En los tiempos que están por venir debemos quedarnos con la misma Constitucion o, por el contrario, aprobar una nueva Carta Magna para la era post-Chávez?Desde nuestra Independencia hasta hoy, quienes han llegado al poder en Venezuela  se han sentido constituyentes: dueños de hacer y de rehacer la Constitución.

No la ven hacia arriba, como algo superior a lo que deben someterse, sino hacia abajo: sometiéndola a cambios interminables desde afuera. Y afuera rigen leyes no escritas que, en la práctica, han pesado más que las otras.El primer artículo de esa Constitución no escrita es: «El que puede manda».

En su versión más primitiva (la guerra de todos contra todos), no hacen falta otros artículos. Cada caudillo es dueño de vidas y haciendas, mientras puede. Esta terrible inseguridad afecta incluso a los mismos caudillos, que, para reducirla, pueden hacer alianzas: crear una Constitución menos primitiva, aunque todavía inestable, porque nada garantiza su cumplimiento.Entonces, el reparto geográfico del poder (que fue el punto de partida de Páez para su Constitución no escrita) es el llamado cártel en el mundo económico: no competir ruinosamente por el mercado total, sino repartírselo por zonas, dentro de las cuales cada empresa (personal) es un monopolio exclusivo.

Es asi como, el Centauro de los Llanos permitió que los caciques locales hicieran de las suyas en zonas delimitadas, siempre y cuando no se extralimitaran. Fue un cártel organizado desde la Presidencia.La solución fue estable porque su gran constituyente logró imponerse como Supremo Árbitro. A costa de los caudillos locales, fue centralizando recursos suficientes para sofocar a cualquier ambicioso que se extralimitara. Pero no suficientes para sofocar el desafío de todos juntos.

Cuando vio que se extendía la falta de respeto al Supremo Árbitro, prefirió abandonar el poder. No creía que los aspirantes fueran capaces de ponerse de acuerdo para construir un nuevo cártel sin Supremo Árbitro, menos aún que aceptaran su Constitución como Supremo Árbitro (impersonal). Los Monagas creyeron que la solución estaba en una nueva Constitución escrita, pero el tiempo y las ambiciones de los demás los derrocó.

Muy lentamente, los liberales y conservadores al asaltar el poder fueron imponiendo una nueva Constitución no escrita, más o menos impersonal: el presidente de turno es el Supremo Árbitro. Nadie llega al poder para quedarse por siempre. Los aspirantes renuncian a las armas y al asesinato político. Se llega al poder desde abajo, no desde afuera.

Todos pueden participar, haciendo cola mansamente y aceptando que subirán hasta donde el Supremo Árbitro lo permita. Al terminar su turno, se retirarán tranquilamente sin crear problemas ni ser perseguidos por lo que se robaron. La impunidad es total frente a la ley escrita, no ante el Supremo Árbitro.

En fin, la tarea histórica hoy es lograr lo que no logramos desde la Independencia: el imperio de la ley escrita como Supremo Árbitro impersonal, por encima de todos los poderes legítimos e ilegítimos. Y para eso no hace falta una nueva Constitución, hacen falta nuevos ciudadanos comprometidos con su destino.

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