Opinión Nacional

La cacería de corruptos o contraloría social recompensada

En doscientos años de vida republicana el discurso moralista no ha servido de nada contra la corrupción. Tenemos dos siglos de deshonestidad político-administrativa. Ha sido una constante de nuestra historia, aún en los casos excepcionales de presidentes honestos cuyos gobiernos fueron desprestigiados por funcionarios corruptos de su mayor confianza. Faltaba lo que estamos viendo. Para celebrar, como es debido, el bicentenario de la corrupción republicana está en el poder desde hace catorce años una banda de ladrones que, con el mayor descaro y cinismo, viene consumando el más grande saqueo al patrimonio público, enriqueciéndose en cantidades inimaginables, de las cuales hacen alarde ante nacionales y extranjeros sorprendidos de la magnitud del robo.

El discurso moralista no ha prendido porque estamos en una sociedad hedonista, basada en el afán de lucro. Salvo escasas y honrosas excepciones se busca el poder político para enriquecerse. El que tiene poder político y no se enriquece pasa a la categoría de “pendejo”, no de figura respetable y venerable. El que se enriquece usando el poder político pasa a la categoría de “vivo”, festejado por admiradores que envidian su suerte. Los “vivos” siguen siéndolo después de perdido el poder, ya que por una ley no escrita los corruptos del gobierno anterior y los del gobierno siguiente, forman parte de la misma sociedad de cómplices como llamó a la venezolana un político liberal del siglo XIX. Pero incluso esa sociedad de cómplices tuvo muros de contención moral. Todos fueron dinamitados por el difunto, el peor y más nefasto asaltante del poder, que autorizó así el saqueo sin medida ni límite de la República. Desde entonces se viene efectuando una especie de continuo e interminable “caracazo” contra el patrimonio público, donde el que entra al gobierno sale, no con media res en el hombro sino con media hacienda pública en el bolsillo, quedando el “tírame algo” para los rateros, que los hay también en este desvergonzado robo a manos llenas.

El “caracazo” de corrupción que estamos padeciendo desde hace 14 años exige una respuesta eficaz y contundente, porque de lo contrario la sociedad venezolana jamás se recuperará de la infección de inmoralidad que se le ha transmitido desde el régimen. La corrupción es una enfermedad infecto-contagiosa de las peores y más difíciles de combatir. En este caso ya tiene manifestaciones purulentas. Hace pus, evidenciando que se ha extendido por la sociedad como una septicemia. Su cura requiere de un tratamiento enérgico. El antibiótico más poderoso para combatirla es usar cepas de la misma bacteria que la causó: el afán de lucro. Así como las bacterias que sirven de anticuerpos van destruyendo a las causantes de la enfermedad, así también nos proponemos usar el afán de lucro contra la corrupción. Es lo que llamo “cacería de corruptos.” Consiste en premiar con la mitad del botín recuperado del ladrón al que suministre la información cierta que permita la incautación. El que diga donde está el botín, tiene derecho a que se le recompense con la mitad cuando se le ponga la mano. ansmitido desde el renezolana jamo, sino con media hacienda pcci

El primer objetivo es sentar una escarmiento, haciendo justicia. Y la mejor justicia contra un ladrón es despojarlo del botín. Como estos han sido los más grandes ladrones que han pasado por el gobierno de la República, debemos organizar su cacería como un safari, que llamaremos elegantemente “contraloría social recompensada”, en la cual haremos que participe todo el pueblo. Indudablemente que habrá piezas de caza mayor, que son los señorones de la revolución, de cuyo rastro se encargarán los expertos con sabuesos amaestrados para detectar cuentas cifradas, comisiones de deuda pública, manipulación cambiaria y cuanta mascada gruesa esté rodando por ahí. Pero no serán ellos los únicos, porque en este safari “de mosquito para arriba todo es cacería.” A todo el que se mueve con un fajo de billetes malhabidos hay que apuntarle.

El segundo objetivo es reducir la corrupción a su mínima expresión en el futuro gobierno. El que vaya a robar deberá tener presente que por cada corrupto, hay mil mirones o contralores. Y cada mirón lo está cazando, a ver si se roba algo para dar la información y recibir la recompensa. Entonces la “contraloría social recompensada” tendrá un efecto disuasivo en la conducta de los funcionarios públicos. En este caso funcionará, no como antibiótico para combatir la septicemia de inmoralidad que nos ha infectado este régimen, sino como vacuna para prevenirla. Para que no haya una recaída.

http://jesuspetitdacosta.blogspot.com

 

@petitdacosta

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