Opinión Nacional

La caída y sus lecciones

(%=Image(2460972,»L»)%)Una amiga germano parlante traduce correctamente el título de la película: es el hundimiento, más libremente se podría traducir como el naufragio. Pero, más allá del nombre que se le haya dado en español, es un testimonio que todos los habitantes de este mundo convulsionado y enloquecido deberíamos ver, especialmente quienes padecemos regímenes que coartan las libertades y vulneran la democracia. Muchos articulistas y analistas tanto venezolanos como extranjeros han llegado a comparar a Chávez con Hitler, éste a su vez equiparó recientemente al ex presidente español José María Aznar con el Führer.

Se pueden contar por miles las caricaturas que le colocaban al primer ministro israelí Ariel Sharon unos bigotitos y un uniforme o gorra con esvásticas, para hacerlo ver como el clon del más grande genocida en la historia de la humanidad. Hoy es natural que se hable de Ahmadinejad, presidente de Irán como de un nuevo Hitler o una reencarnación de éste, por su vociferado propósito de liquidar al Estado de Israel. Ese facilismo comparativo nacido de la manera superficial como se aborda la historia reciente -60 años no es nada- banaliza sin duda la figura de un criminal sin parangones. Uno solo podría casi comparársele, José Stalin, pero la vergüenza cómplice de quienes por muchos años callaron ante sus crímenes masivos y hasta los justificaron, impide que se rinda homenaje a los más de veinte millones de seres humanos que hizo asesinar o dejó morir de hambre, frío y enfermedades en campos de concentración y de trabajo esclavo conocidos como Gulag.

¿Cuántos fueron los muertos de Mao en China, de Kim il Sung en Corea del Norte o del Jemer Rojo en Camboya? Se hace muy poca referencia a esos crímenes contra la humanidad porque sus perpetradores no perdieron la guerra y hasta allí no pudieron llegar los fotógrafos de prensa ni las cámaras de televisión. Un alto oficial norteamericano que visitó en 1944 un campo de concentración para prisioneros políticos en la Unión Soviética, creyó que se trataba de una fábrica; hasta ese punto llegaba el camuflaje para fines de opinión pública internacional.

La pregunta que nos hacemos una y otra vez en cada uno de estos casos es ¿qué hace posible que un solo hombre se erija en dueño absoluto de las voluntades de todo un país y pueda asegurarse lealtades para cometer los más abominables crímenes? Esa es, en mi opinión, la virtud esencial de La Caída: mostrar como generales y oficiales del más alto rango y nada menos que formados con el rigor militar prusiano, pudieron transformarse en títeres manejados a su antojo por un ser delirante y fuera de sus cabales.

La película no muestra el comportamiento de Hitler desde que llega al poder en 1933, de manera que no pretende etiquetarlo como un loco lo que justificaría en cierta medida su conducta genocida. Al limitarse a los días finales tiene como objetivo mostrarnos el fanatismo de algunos de los más cercanos colaboradores del Führer o Líder, pero sobre todo el servilismo cobarde de la mayoría. Algunos -los menos- compartían el delirio final del autócrata pero los más sabían perfectamente lo que ocurría solo que les aterraba contradecir al jefe máximo.

¿Por qué habría de infundirles tanto temor un hombre ya derrotado y evidentemente despegado de la realidad? Porque se había tejido, durante trece años, una red de adulación y de conductas acríticas e incondicionales que no podía romperse ni esos momentos en que todo se había derrumbado. Son especialmente dignas de resaltar las relaciones entre quienes rodeaban a Hitler en esos días finales en el bunker de Berlín: la mayoría se odiaba entre sí, la desconfianza recíproca era la norma. Bastaba que alguno pretendiera hacer una leve crítica o ver las cosas con ojos realistas, para que los demás lo acusaran de traidor a la patria y sobre todo al Führer.

Éste ya no era más que una sombra sin otro poder que sus rabietas e insultos, pero había logrado como la mayor parte de los autócratas, que sus incondicionales temieran unos de los otros. Tanto se arrastraron a los pies del Líder para ganar sus favores, tantas fueron las zancadillas de unos a otros para colocarse lo más cerca posible del jefe, tanta la pérdida del más remoto vestigio de amor propio y dignidad; que al final todos esos generales y oficiales de alto rango que formaban el anillo de confianza de Hitler, no solo se hundieron con él sino que permitieron que la población civil alemana -su propio pueblo- sufriera de manera indecible por no producirse una capitulación oportuna.

Evidentemente es un exabrupto comparar a Chávez con Hitler, lo que no es nada descabellado es comparar a sus acólitos con los de aquel. Todas las evidencias muestran que son la misma cosa: no importa su inteligencia, cultura, experiencia, edad, grado militar, formación académica, todos deben adular al comandante, acatar sus órdenes por descabelladas que sean sin hacer siquiera un gesto de duda.

Algunos incluso, proponen acciones más absurdas que las que se le han ocurrido al Líder porque eso (creen ellos) les permite ganar puntos. La crítica está totalmente enterrada y en cuanto a la autocrítica dudamos mucho que alguno tenga tiempo o disposición para practicarla aunque sea en silencio. Hombres y mujeres pierden su condición de seres pensantes para transformarse en marionetas de un teatro en que monsieur Guignol es Chávez.

Desde que vi La Caída no hago más que preguntarme si los miembros del Poder Moral, los magistrados del Tribunal Supremo, los diputados de la Asamblea Nacional, los directivos del Consejo Nacional Electoral, ministros y oficiales vieran esa película ¿se reconocerían en esos seres aterrados ante un hombre delirante que los convirtió en cosas?

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